10 de Septiembre
Jueves XXIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 10 septiembre 2026
Meditación
La palabra de Dios de hoy nos invita a la imitación de aquel a cuya imagen hemos sido conformados, especialmente en nuestro bautismo: Cristo Jesús. Toda imagen reproduce los rasgos de su modelo, y hasta un hijo es también reproducción (al menos aproximada) de su progenitor. Sólo así tienen sentido la frase de hoy de Jesús: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.
En el comparativo (el como) radica la semejanza que hace posible la imitación. Es más, lo propio de los hijos es asemejarse a su padre, como ya dijo Jesús en otro momento: Amad a vuestros enemigos, y seréis hijos del Altísimo. ¿Y por qué? Porque estaréis reproduciendo en vuestras vidas el amor del mismo Dios, que es bueno no sólo con los que son buenos y agradecidos, sino con los malvados y desagradecidos.
Esta es la cualidad específica del amor de Dios, y ésta es la cualidad que debe resplandecer en sus hijos, que no pueden limitarse a amar como aman los pecadores (los que no son sus hijos).
Se está dando por supuesto aquí que los pecadores también aman y hacen el bien, aunque su modo de amar no sea el de Dios. En concreto, los pecadores aman a los que los aman, hacen el bien a quienes les hacen el bien y prestan a quienes esperan cobrar. Es en lo que consiste el amor natural, pues lo antinatural sería que un hijo desprecie a su padre, o que una madre odie a su hijo y desee su desgracia. Lo natural es que la gente bese las manos a sus bienhechores.
Pero lo natural no es para un cristiano lo único que importa, sino también lo sobrenatural, pues la naturaleza de un cristiano no es ya una simple naturaleza, sino una naturaleza gratificada y elevada a la dignidad de hijo de Dios, capacitada por el Espíritu recibido para reproducir en su vida los rasgos de Aquel de quien es hijo.
Luego lo natural para un cristiano es comportarse como lo que es: como hijo de Dios, imitando (= reproduciendo) a su Padre (que es compasivo y misericordioso), amando a los enemigos, haciendo el bien a los que le odian, bendiciendo a los que le maldicen, orando por los que le injurian, presentando la otra mejilla al que le abofetea, dando al que le pide, no reclamando lo que le sustraen.
Este es el rasgo distintivo de la conducta cristiana, porque ésta es la nota peculiar del amor de nuestro Dios y porque esto fue lo que caracterizó la conducta de Jesús (el Hijo por excelencia) desde el principio hasta el final de sus días. Así murió Jesús, orando por quienes lo injuriaban: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.
El amor a los enemigos, en sus diferentes formas y formulaciones, es por tanto el rasgo distintivo de nuestra conducta como cristianos. Es decir, como seguidores de Jesús y como hijos de Dios.
Este amor ha sido el rasgo más sobresaliente y llamativo en la vida de los santos, que son los que mejor han reproducido la imagen del Hijo. Todos ellos han tenido enemigos (el mismo Cristo los tuvo, y por eso murió en la cruz), y los han tenido sin estar en situación de guerra, sin haber tomado las armas, sin haber militado en un partido político, sin haberse enemistado con nadie.
Y es que a la bondad, y al que la refleja, siempre le salen enemigos: esos malvados con quienes el Padre se muestra compasivo. Por tanto, no digamos con tanta ligereza que nosotros no tenemos enemigos, o quiénes son esos enemigos a quienes hemos de amar. Porque puede suceder que no seamos lo suficientemente buenos para tener enemigos: ¡Ay, si todo el mundo habla bien de vosotros; eso es lo que hicieron con los falsos profetas!
Para tener enemigos hay que ser buenos, porque es la bondad plasmada en obras la que suele resultar molesta de ordinario, e incómoda para muchos que no la soportan porque les pone al descubierto su maldad. Es decir, que tan sólo la maldad es la enemiga irreconciliable de la bondad.
Por tanto, tener enemigos no siempre significa tener personas que son objeto de nuestro odio o menosprecio. Simplemente, significa tener opositores, bien porque se oponen a nuestras acciones (si es que éstas son buenas) o porque odian lo que representamos (a lo que desean dañar, mediante la maldición o la violencia).
Esos son los enemigos que tuvo Jesús, los que tuvieron los santos de todas la épocas, y a los que nosotros debemos amar, respondiendo al mal con el bien, a su maldición con la bendición y a su injuria con la oración.
Alguno puede pensar que esto es tremendamente ingrato, y que supone blanquear una vida que vive en el odio, continuamente injuriando, maldiciendo, agrediendo, robando y matando. Pero la óptica de Dios no es esa, sino otra, y consiste en tener el espíritu de mansedumbre de los hijos de Dios y del propio Hijo de Dios, que es manso y humilde de corazón. Esto tendría que ser lo natural entre cristianos, y lo que surge espontáneamente de los que poseen el Espíritu de Cristo.
Act:
10/09/26
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ordinario
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R C A B A
M U R C I A
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