9 de Septiembre

Miércoles XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 septiembre 2026

Meditación

         El deseo de felicidad es quizás la aspiración más honda y persistente del ser humano. Ningún hombre se sustrae a él, y todos nuestros pensamientos, deseos y acciones están impregnados de este anhelo. Por eso encentran resonancia en nuestro corazón palabras como las que hemos escuchado hoy: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor o dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, o cuando os excluyan.

         Los hombres somos tan fácilmente engañables, que cualquier oferta (aún aparente o irreal) de felicidad nos atrae y nos seduce. Por eso sufrimos tantas decepciones en la vida, ¡y cuántas ofertas de felicidad en esta sociedad de consumo!

         La mayoría de las veces éstas serán ofertas de placer, pero no de felicidad, porque con frecuencia se confunde la felicidad con el placer. El placer sacia momentáneamente al hombre, pero acrecienta su apetito y provoca una sensación de infelicidad que puede acabar produciendo hastío, el sentimiento del sin-sentido y la náusea de la que hablaron nuestros filósofos existencialistas.

         En realidad, tras el apetito sensible (visual, gustativo, táctil) se esconde un apetito de trascendencia (de vida, de amor) que nada de lo que vemos, gustamos, oímos o tocamos puede saciar por sí mismo.

         La oferta de felicidad que hace Jesús es de otro género, y es compatible con las carencias que implican la pobreza, el hambre, el llanto y la exclusión. Vive del presente que otorga la confianza en Dios, pero se sustenta en el futuro al que nos abre la promesa del Señor, la posesión incomparable del Reino, el consuelo y la recompensa celeste.

         Las bienaventuranzas de Jesús (en parte, realidad dichosa; en parte promesa de dicha, porque si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos tan desgraciados como los demás hombres), ya habían sido anticipadas en cierto modo en Jeremías, cuando dijo:

"Dichoso quien confía en el Señor. Será como un árbol plantado junto al agua, que en año de sequía no deja de dar fruto; pues la confianza en el Señor le mantendrá fructífero. Y su contrario: Maldito quien confía en el hombre, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, y habitará la aridez del desierto".

         Jesús proclama: Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos incluso en vuestra carencia de pan, de techo, de vestido, de cultura, de salud... porque el Reino ha comenzado a ser vuestro, y vuestros los dones de Dios (en el que habéis puesto vuestra confianza).

         Esta es la gran recompensa del cielo que espera a los odiados, excluidos y proscritos por causa del Hijo del hombre. Y por eso, porque les espera esta recompensa, deben saltar de gozo y alegrarse ese día (a saber, el día de la exclusión o de la persecución).

         El que espera vive ya, en el presente, un anticipo de la realidad futura. Esto es, de la libertad, de la felicidad, de la vida que se espera. Por eso, dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Pero ¡ay de vosotros, los que estáis saciados, o los que ahora reís, porque tendréis hambre y porque lloraréis!

         Tras esta imprecación se esconde una promesa de infelicidad (o malaventuranza), que tendría que generar alarma si somos sensibles a las palabras de Jesús. A nosotros, los saciados de pan, se nos encomienda la tarea de saciar el hambre de muchos hambrientos, anticipando así en el presente la bienaventuranza de Jesús: Porque quedaréis saciados.

         A los pobres les podemos negar el dinero, amparándonos en el mal uso que pudieran hacer de él. Lo que no podemos es negarles el pan (la comida) que a nosotros nos sobra.

 Act: 09/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A