12 de Septiembre
Sábado XXIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 12 septiembre 2026
Meditación
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos, nos recuerda hoy el evangelista. El momento de este dijo importa poco, porque la locución de Jesús tiene valor perenne e intemporal, y por eso sigue vigente. ¿Y qué es lo que dijo? Lo dice a continuación: Por sus frutos los conoceréis.
Por sus frutos se conoce el árbol que los produce, porque ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Evidentemente no, y de una zarza nunca podrán recogerse uvas. Es lo que recuerda Jesús: Los árboles sanos dan frutos buenos, los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.
Entre el árbol y su fruto hay tal conexión que el uno (el fruto) muestra la naturaleza del otro (el árbol). Y decir naturaleza es decir bondad o maldad. Los frutos sanos revelan la salud que hay en su árbol, y los frutos dañados ponen de manifiesto la enfermedad que hay en su árbol. Y toda vida es fructífera, por el hecho de serlo.
Es verdad que hay árboles que no son frutales, pero aun así siempre ofrecen algún beneficio (aunque sólo sea la sombra que le ofrecen al caminante, o el oxígeno que vierten a la atmósfera). Es de lo que hay que estar prevenidos en 1º lugar: de las aparentes vidas estériles, a las que calificamos precipitadamente de carentes de fruto, cuando a lo mejor sí que lo están dando.
De hecho, la expresión "vida estéril" es casi una contradicción in términis, pues toda vida, por el hecho de serlo, nace, crece y se reproduce. Es decir, tiende a fructificar por su propio dinamismo. Por eso, habrá que observar más vigilantemente sus frutos (escasos u ocultos), porque también a ésta vida habrá que conocer por sus frutos.
Al hombre racional, sensato y equilibrado, se le conoce por sus frutos. Pero también se reconoce por sus frutos al austero, al sencillo, al generoso, al auténtico o al honesto. ¿Y cómo? Por lo que sale de él, en forma de palabras y acciones. ¿O acaso no reconocemos a las personas por su manera de hablar y expresarse?
Hay modos de hablar que manifiestan altanería, soberbia y engreimiento; o bien lo contrario (simpleza, humildad, realismo). Todos ellos son sus modos de actuar, y los que mejor revelan su naturaleza. Pues bien, también a estos hay que prestarles atención, si lo que queremos es conocer la verdadera naturaleza del sujeto que actúa. Tales son los frutos por cuyo medio podremos conocer al árbol (resp. vida) del que proceden.
Este es el criterio de verificación que Jesús ofrece para evaluar la verdad de una vida humana, cristiana, sacerdotal, educativa o profesional. Se trata de un criterio basado en la coherencia entre el árbol (= la vida) y su fruto (= el dar de sí de esa vida), y por eso es tan importante el testimonio en toda propuesta de vida.
Una vida cristiana, si es realmente tal y está insertada en el espíritu de Cristo, tendría que dar necesariamente frutos de vida cristiana (es decir, frutos enriquecidos con la savia del Espíritu Santo, que es la caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad; G
al 5,22-23).Cuando en una vida veamos florecer frutos que llevan esta marca, podremos tener la seguridad de hallarnos ante una vida cristiana. Que Dios nos dé su Espíritu para fructificar conforme a la naturaleza que nos proporcionó y a la gracia con que nos compensó
.Por otro lado, nos dice también hoy Jesús en el evangelio el requisito necesario para entrar en el Reino de los Cielos: ¿Por qué me invocáis "Señor, Señor", y no hacéis lo que hago? Es decir, que para ser miembro del Reino de los Cielos no basta con reconocer a Jesús como Señor, ni basta con alabarle, ni basta con elevarle súplicas. Sino que hay que cumplir su voluntad.
Para ser miembro del Reino de los Cielos es absolutamente necesario acatar la voluntad (que no es exigencia arbitraria) del Padre (que no es déspota ni dominador), y cumplirla. Y es que el reino de Dios no puede ser sino ese espacio en el que se vive como Dios quiere, conforme a sus normas y directrices, según su voluntad. Sólo así puede ser reino de Dios.
Sólo así puede ser cielo, pues si en ese Reino no se impusiese la ley del amor, o si en ese Reino no hubiese paz y armonía, o si en ese Reino imperase, como en la tierra, la ley del más fuerte o el dictado del egoísmo o la mentira... ya no sería de Dios, que es amor, verdad y paz.
Para que sea de Dios
este Reino, tiene que prevalecer su voluntad. En el cielo rige la voluntad de Dios, y por eso decimos en el Padrenuestro: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Por eso no podrán entrar los que no estén dispuestos a someterse a esta voluntad y ley. No es que Dios no quiere tenerlos en su Reino; es que no pueden vivir en un régimen al que no quieren ajustarse, porque sus actitudes le son contrarias.La existencia de tales habitantes en este Reino lo desvirtuaría, a no ser que se convirtiesen a este régimen de vida. Por eso, el cumplimiento de la voluntad de Dios se convierte en requisito para la entrada en su Reino. No obstante, a cumplir la voluntad de Dios también se aprende. El mismo Dios nos va enseñando a lo largo de la vida y al contacto con sus manifestaciones.
El que escucha estas palabras, nos dice también Jesús, y las pone en práctica obra como un hombre prudente que edifica su casa sobre roca. Edificar sobre roca y no sobre arena es de personas prudentes y sensatas. Sólo la firmeza de la roca podrá soportar lluvias, vientos y huracanes.
En cambio, lo edificado sobre arena, se desmoronará al más leve movimiento o fuerza contraria. Así edifica el hombre necio, sin prestar atención a los cimientos sobre los que edifica. Jesús entiende que su doctrina es un buen cimiento para edificar una vida.
Y como se trata de una doctrina para ser puesta en práctica (doctrina moral), sólo se considerará asimilada cuando sea llevada a la práctica. Hasta entonces no será una doctrina plenamente asumida, porque encuentra su verificación en su misma aplicación.
Esta es una doctrina que, aplicada en la vida de los santos, revela su verdad, su seriedad, su eficacia, su magnificencia y su robustez, pues es capaz de sostener esa vida hasta sus últimas consecuencias. Prestar atención a estas palabras ya es prudencia, y edificar la propia vida sobre ellas es máxima prudencia.
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