11 de Septiembre

Viernes XXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 septiembre 2026

Meditación

         Todo en esta vida está expuesto a la mentira, o a mostrar una apariencia engañosa de verdad. Y por eso cualquier examinador puede ser engañado. Si el corazón de un hombre está lleno de amargura, las palabras que salgan de su boca serán amargas. Y si está lleno de entusiasmo o esperanza, las palabras que broten de él serán entusiastas y esperanzadas.

         Si esto es así, a lo primero que debemos prestar atención es a la propia interioridad y a aquello que estamos almacenando en ella, porque podemos estar almacenando amor u odio (fe o desconfianza, esperanza o amargura...) y porque no podremos sacar al exterior más que lo que hemos atesorado dentro (si bondad, el bien; si maldad, el mal).

         No obstante, nosotros no solemos ser enteramente buenos (sin ninguna mezcla de maldad) ni enteramente malos (sin ninguna capacidad para el bien). Y eso significa que, aun siendo buenos, no dejamos de ser sujetos de reprensión o de corrección. De ahí la advertencia de Jesús:

"¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano "hermano, déjame que te saque la mota del ojo", sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano".

         Antes de intentar corregir el defecto (la mota) del hermano, por tanto, hemos de volver nuestra mira examinadora a nosotros mismos para corregir nuestro pecado (la viga), porque éste (impureza, soberbia, rencor, antipatía, envidia...) nos incapacita para ver con objetividad y claridad lo que debe corregirse en el hermano. Sólo tras la purificación de nuestras intenciones, sentimientos y juicios, estaremos debidamente equipados para proceder a la corrección fraterna.

         Esto es aplicable a todos los campos de la vida, porque mejorar el mundo que nos rodea (el de nuestra familia, comunidad, vecindad, laboriosidad...) supone una mirada previa (juicio) que nos permita conocer el mal que hay que corregir o sanar. Esa mirada previa debe ser limpia (purificada de los elementos distorsionantes que enturbian, deforman o impiden la visión real de las cosas), y debe ser una mirada comprensiva y compasiva que no persiga otra cosa que hacer mejores. Sólo así podremos empeñarnos, con eficacia, en su transformación.

         Y es que con frecuencia sufrimos el espejismo de creer ver motas en todos los ojos ajenos, motas que nos parecen vigas (como a Don Quijote, que le parecían gigantes los molinos de viento de la Mancha), mientras que nuestras vigas nos parecen motas insignificantes. De ahí que tengamos que tener sumo cuidado para no engañarnos a nosotros mismos.

         Hablar en este contexto de motas y de vigas que estorban o impiden la visión, es referirse a aspectos de la conducta humana que merecen ser corregidos o curados.

         Lo que sucede es que tendemos a ver mucho antes el defecto del otro que el propio, aunque el del otro tenga el tamaño de una mota casi insignificante y el nuestro el de una viga de grandes proporciones (quizás porque al otro le tenemos de frente, y a nosotros detrás).

         No obstante, mientras nuestra mirada esté impedida por un obstáculo insalvable, o por un cristal deformante, nunca veremos la realidad de las cosas con claridad, y confundiremos lo bello con lo feo, lo sano con lo enfermo, lo armonioso con lo defectuoso.

         Y si nuestra mirada está infectada de odio o rencor, proyectaremos ese mismo odio sobre lo que vemos, deformando su verdad y destruyendo su belleza. Y si en ella hay codicia o deseo de posesión, también reduciremos lo que vemos a la condición de objeto de deseo. Y si la viga nos impide ver lo que tenemos delante, estaremos siendo víctimas de un espejismo o de una ilusión imaginaria.

         Creeremos estar viendo lo que en realidad no vemos, y eso es vivir en la mentira. Pretender sacar la mota del ojo del hermano, sin quitar antes la viga que tenemos en el nuestro, es una hipocresía, porque no estamos en disposición de hacer esa operación con éxito.

         Aclaremos primero nuestra vista, y podremos actuar con posibilidades reales de apreciar el defecto del hermano, para ayudarle a corregirlo. Mientras tanto, abstengámonos de semejante intento, porque no seremos más que un ciego que pretende ayudar a otro ciego, y ambos caeremos en el pozo.

 Act: 11/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A