30 de Agosto
Domingo XXII Ordinario
Equipo de LiturgiaMeditación
Ya el profeta Jeremías se quejaba antiguamente con cierta amargura: Siempre que hablo tengo que gritar violencia y proclamar destrucción. Y eso le acarreaba desprecio y oprobio. Pero no tenía más remedio que decir lo que le sugería la palabra de Dios, que era como fuego ardiente e incontenible en sus entrañas.
Jeremías se había propuesto en alguna ocasión (renegando, en cierto modo, a su condición de profeta) no hablar más en nombre de Dios, pero no podía porque el fuego que latía en su corazón era más fuerte que sus tentaciones de deserción o de vida más cómoda.
Y es que el profeta, si lo es de verdad, se ve forzado a predicar lo que Dios quiere, y no lo que a él le gusta o puede agradar a sus oyentes (como si éstos tuviesen que aprobar o desaprobar el discurso, como portadores de la última palabra).
Hoy en día, la palabra de Dios que proclamamos nos sigue obligando a gritar muchas veces destrucción. El mismo Jesús nos lo recuerda, y por ese mismo motivo sube hoy a Jerusalén, donde padecerá mucho.
A pesar de saber eso, Jesús fue a ese lugar de padecimiento, porque su Padre se lo pide y porque esa es la voluntad de Dios. Su padecimiento acabará en una ejecución en el monte Calvario, pero ése no será el final, pues al tercer día de su muerte resucitará.
Al oír esto, el incrédulo Pedro, alertado e inquieto, le increpa: ¡No lo permita Dios! ¡Eso no puede pasarte! Es decir, no lo permita Dios, ni yo no lo permitiré. Por lo visto, Pedro se ha puesto al nivel de Dios, y por eso se permite decirle a Jesús que eso no puede pasarle.
Jesús reacciona de inmediato, haciéndole ver a Pedro que su modo de pensar no es el de Dios sino todo lo contrario: el de los hombres, e incluso el del enemigo de Dios y los hombres (Satanás).
De ahí las duras palabras de Jesús, que tuvieron que estremecer a un Pedro cuya sola intención había sido evitarle el sufrimiento: ¡Quítate de mi vista, Satanás, porque me haces tropezar! Tú eres para mí una piedra de tropiezo (= escándalo) porque pretendes (aun sin quererlo) apartarme de los planes de Dios y del camino trazado por su designio.
Jesús tiene claro que sólo el camino que conduce a Jerusalén, lugar de la condena y ejecución, y del triunfo del bien sobre el mal, y del amor sobre el odio y de la resurrección sobre la muerte, es el camino de salvación. De ahí sus consejos certeros e indispensables: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.
Es decir, que Jesús no sólo va a Jerusalén, sino que invita a su seguimiento, al tiempo que advierte de las graves implicaciones del mismo: Si alguno quiere venirse en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Irse con él es un acto de voluntad que responde a una llamada. Pero el que inicia el seguimiento debe saber que tiene que negarse a sí mismo, y no una vez sino muchas veces, constantemente y cuantas veces sean necesarias para mantenerse en el camino emprendido. La negación de sí mismo (o abnegación) debe ser una actitud permanente en la vida del seguidor de Jesús.
En realidad, la negación forma parte de la vida de todo hombre que se afirma en sus diferentes opciones. Generalmente, el que opta por una cosa tiene que dejar otras. De igual manera, el que opta por un estado de vida como el celibato, tiene que renunciar a otros como el de casado. No se puede ser a la vez algo y su contrario. Así, pues, la negación es el reverso de la afirmación, y en toda afirmación se halla implicada una negación.
Seguir a Jesús como al Maestro y Señor de nuestras vidas implica dejar de seguir otros magisterios y a otros señores, incluidas nuestras tendencias autodidactas o inclinaciones autonómicas.
Negarse a sí mismo supone muchas veces renunciar a apetencias propias, a proyectos personales, a aspiraciones legítimas, a ensoñaciones de independencia, a compromisos afectivos, a éxitos profesionales, a cierto desarrollo intelectual o al cultivo de ciertas cualidades, a la propia voluntad. Supone, por tanto, un sacrificio, en aras de una voluntad superior, más íntima y más luminosa que la propia.
La negación, por lo que tiene de negación, suele llevar asociado un componente de cruz y sufrimiento. De ahí que diga Jesús que tome su cruz y me siga.
La cruz es un elemento presente en toda vida humana, y para advertirlo basta prestar atención a su condición mortal y sufriente. Todos, tarde o temprano, acabaremos encontrándonos con la cruz, o las cruces, porque éstas son múltiples y variadas, en nuestro camino. Pretender caminar por la vida sin cruz es a todas luces una pretensión imposible. Puesto que esto es así, hemos de tomar nuestra cruz (tantas veces inevitable), y con ella seguirle.
El seguimiento de Jesús no nos va a eximir de la cruz, sino que va a añadir la suya a la nuestra. Es decir, incorpora a nuestra vida otras cruces que se agregan en razón del seguimiento o consorcio con él. Son esas cruces asociadas a nuestra condición de cristianos, entre las cuales se cuentan muchas renuncias, rechazos o desprecios indeseados, persecuciones previstas e imprevistas y martirios.
La cruz se suele presentar como una carga generadora de sufrimiento, y por eso se habla de "llevar la cruz" o de "cargar con la cruz" cuando tenemos un defecto congénito o adquirido, un complejo que nos retrae, una tara física o psíquica, un acontecimiento que nos deja heridos, la difamación que perdura en el tiempo, una pérdida relevante de salud, una limitación acentuada con la edad...
A estas cargas pueden sumarse todas aquellas que nos sobrevienen por el simple hecho de habernos incorporado al seguimiento de un crucificado y rechazado por el mundo. Y es que hacerse consortes de Jesús es compartir la suerte de alguien que fue arrojado de la ciudad y clavado a una cruz en la cima de un monte. Y eso implica compartir la suerte de alguien que fue tenido por un malhechor y por un mártir.
Nada tiene de extraño, pues, que entre sus seguidores haya también mártires, y no uno ni dos sino muchos. Al fin y al cabo, los cristianos seguimos a un mártir, que dio la vida (y por eso la perdió) por el evangelio y por anunciar la salvación.
Por mucho que pretendamos salvar la vida que actualmente poseemos (y muchos parecen dispuestos a emplear medios tan descabellados como la criogenización en este empeño), la perderemos, puesto que ésta es una vida temporal (la idea de la detención del envejecimiento humano parece más una ensoñación que una posibilidad real) y, por tanto, con fecha de caducidad.
Pero si perdemos la vida por el que ha perdido la vida por nosotros y por el evangelio, la salvaremos como él mismo la salvó, o la recuperó tras haber pasado por la muerte.
De nada sirve ganar el mundo entero si perdemos el alma o la vida. Sin vida no es posible gozar de la posesión del mundo, y no hay comparación entre ambos valores: el mundo (con todas sus riquezas) y la vida. El mundo no vale nada para el que no dispone de vida, y la vida resulta tan valiosa que muchos moribundos estarían dispuestos a entregar todas sus posesiones por recobrarla.
Pues bien, Cristo, el crucificado, pero también el resucitado, nos ofrece una vida que, por ser eterna, no tiene comparación con esta vida caduca y temporal, tanto en calidad como en cualidad (pues no tiene ni sombra de muerte)
. El Hijo del hombre volverá en su gloria al final de los tiempos, y entonces pagará a cada uno según su conducta.
Act: