31 de Agosto

Lunes XXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 31 agosto 2026

Meditación

         El evangelio de hoy se inicia con la frase que cerraba la lectura evangélica del domingo anterior, presentando a Jesús ante sus paisanos de Nazaret como aquel en el que hallaban cabal cumplimiento las palabras proféticas de Isaías: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Es decir, yo soy aquel de quien habla Isaías, yo soy el que trae la buena noticia a los pobres.

         El pasaje evangélico de hoy se detiene a describir la reacción que aquella proclamación mesiánica (auto-proclamación) provocó en los oyentes de Jesús. La primera reacción fue de aprobación expresa y de admiración, con una mezcla de extrañeza y asombro que podía desembocar tanto en la incredulidad como en la adhesión ferviente.

         La razón de semejante admiración eran las palabras de gracia que salían de sus labios, de los labios del hijo de José, el hijo del carpintero. Así que ¿cómo esperar de él lo que ahora oían? ¿Cómo aceptar que el hijo de José fuera nada más y nada menos que el mencionado por el profeta Isaías, el portador de la buena noticia para los pobres?

         El que hasta entonces no había dado muestras de nada singular, no podía ser lo que ahora decía ser. Y la admiración contenida fue dando paso a la incredulidad. Mucho tendría que demostrar Jesús, para que creyeran en él.

         De ahí que Jesús diga: Sin duda me recitaréis el refrán "médico, cúrate a ti mismo", y haz también aquí, en tu tierra, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaum. Es decir, demuéstranos con hechos que eres realmente lo que dices de ti mismo, y haz aquí lo que has hecho en otros lugares.

         Esta exigencia brotaba de la desconfianza, y por eso Jesús les echa en cara esa desconfianza recurriendo a un dicho popular: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. E ilustra la frase con unos ejemplos tomados de su tradición, el de la viuda de Sarepta y el de Naamán el Sirio.

         Habiendo tantas viudas en Israel en tiempos de Elías, recuerda Jesús, éste sólo fue enviado a una viuda extranjera, en el territorio de Sidón. Y habiendo en Israel tantos leprosos en tiempos de Eliseo, éste sólo curó a un leproso extranjero, el sirio Naamán. ¿Y por qué? Porque ningún profeta es estimado en su tierra, y esta falta de estima acaba siendo un impedimento para su tarea.

         Jesús se equipara, pues, a los grandes profetas de la antigüedad, y censura en sus paisanos la incredulidad que también encontraron aquellos grandes profetas en su tiempo. Bastó esta simple comparación para despertar la furia de aquellos nazarenos que, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo para despeñarlo por un barranco. Pero no llevaron a cabo sus propósitos asesinos, porque aún no había llegado su hora, y Jesús no había cumplido aún su misión.

         Aquí concluye el hecho histórico. Pero la historia evangélica esconde siempre una intención teológica y salvífica. En este caso, la historia nos está diciendo: No seáis como aquellos paisanos de Jesús que se opusieron tan ferozmente a sus palabras, no seáis como ellos si no queréis veros privados, por falta de fe, del don que el vino a traer de parte del Padre.

         La incredulidad de los habitantes de Nazaret nos habla de que hay conocimientos que pueden convertirse fácilmente en un gran obstáculo para el verdadero conocimiento de una persona (prejuicios que dificultan el juicio acertado, conocimientos provisionales, parciales o imperfectos), y que acaban siendo una barrera para un conocimiento más completo. Sobre todo cuando al saber parcial se le da rango de saber total, o cuando uno cree saberlo todo de alguien y no deja lugar para la sorpresa.

 Act: 31/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A