1 de Septiembre

Martes XXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 septiembre 2026

Meditación

         Muy pronto la enseñanza de Jesús comenzó a provocar asombro en toda Israel, por estar revestida de una extraordinaria autoridad. El evangelista Lucas sitúa hoy esta enseñanza en Cafarnaum y en la sinagoga. Ya hemos señalado que la sinagoga y el sábado fueron los ámbitos escogidos por Jesús para su primera evangelización, y para eso tuvo que servirse de lo que le ofrecía la misma institución judía, con sus espacios y tiempos de convocación.

         El asombro provocado por su enseñanza se hace radicar en la autoridad con la que enseña, una autoridad no necesitada de autorización pues pertenecía a personas religiosas familiarizadas con la enseñanza de los letrados (o exegetas) del judaísmo.

         Pero en su comparación con el discurso de Jesús, el de los letrados no les causa ningún asombro. ¿Qué tenía, pues, esta palabra tan asombrosa de Jesús? ¿En que se diferenciaba de la de los letrados? ¿En qué radicaba la autoridad de esta enseñanza? Quizás en que era una enseñanza con sello de autor, con la originalidad, novedad y veracidad de alguien que hablaba desde sí mismo, desde la propia experiencia y con profunda convicción.

         Jesús hablaba del Padre como si lo conociese en persona, con la familiaridad (que tanto escandalizó a sus contemporáneos) propia de un hijo. También manifestaba tener un profundo conocimiento del alma humana y de sus dolencias y reacciones.

         Jesús no hablaba de memoria ni de oídas, sino con la convicción de los testigos. Jesús no contaba historias ajenas, sino vivencias personales. Y este conjunto de cosas era lo que daba autoridad, y fuerza de autor, a su enseñanza. Lo que predicaba era esencialmente suyo, tan suyo como de su Padre Dios: Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

         Pero a esto había que añadir otro elemento: el de la eficacia. Jesús enseñaba con autoridad porque su palabra era sumamente eficaz, y hacía realidad lo que en ella se significaba, poniendo inmediatamente en ejercicio lo que imperaba.

         Cuenta el evangelio que se encontraba en la sinagoga en ese preciso instante un hombre que tenía un espíritu inmundo. Es decir, un endemoniado que, en presencia de Jesús, reaccionó gritando a grandes voces: ¿Qué quieres de nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.

         Efectivamente, si Jesús había salido para liberar a los oprimidos por el diablo, en cierto modo ha venido para acabar con él. Jesús lo increpó (cállate y sal de él) y el espíritu inmundo, dando un fuerte grito, salió.

         La gente se preguntaba estupefacta: ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen. Luego también aquí, en este mandar que genera obediencia incluso en los espíritus que le son contrarios, ven sus contemporáneos autoridad.

         La palabra de Jesús tiene tal carga de autoridad que doblega voluntades y somete a los poderes del mal, que hace lo que dice, que provoca la retirada del demonio de los poseídos, que devuelve la salud a los enfermos y concede la salvación a los pecadores.

         No hay palabra con más autoridad que la palabra creadora, una palabra con tal eficacia y poder que nada se le puede comparar ni oponer resistencia, pues ¿cómo resistir una palabra con tal poder de creación, que ni la nada es obstáculo para su realización, ni enfermedad, ni la muerte ni el demonio?

         La autoridad de Jesús radica, pues, en su capacidad para generar obediencia. Luego al poder de persuasión que confería a su enseñanza su sello de autor, se unía (potenciando su autoridad) esta extraordinaria eficacia que le acompañaba en sus actuaciones milagrosas. Eso es lo que provocaba el asombro en los testigos de su enseñanza, contribuyendo a que su fama se extendiera enseguida por toda la comarca.

         A nosotros nos ha llegado el eco de esta enseñanza en los escritos apostólicos, que son recuerdos de la misma. Y en ellos también advertimos el sello de autor que la califica. No hemos sido testigos directos de la eficacia de esa palabra, pero nos fiamos del testimonio creíble de quienes lo fueron.

         Tampoco debe asombrarnos si partimos de un supuesto de fe. Es decir, si partimos del hecho de que aquel de quien procede esta enseñanza es el mismo Hijo de Dios encarnado. ¿Cómo no iba a hablar con autoridad y eficacia aquel a quien le adornaba esta condición de Verbo o palabra salida del Padre?

 Act: 01/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A