5 de Septiembre
Sábado XXII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 septiembre 2026
Meditación
Un sábado, nos dice hoy el evangelista, Jesús y sus discípulos atravesaban un sembrado. Durante la travesía, los discípulos iban arrancando espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Al verles actuar los fariseos de este modo, se dirigen a ellos censurando su conducta: ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?
El motivo de su censura es que hacían "lo que no estaba permitido en sábado", es decir, que obraban contra la ley del descanso sabático, que prohibía trabajar en sábado.
No se les acusa, pues, de robar en campo ajeno, o de substraer bienes que no eran suyos, sino de arrancar espigas (esto es, de trabajar durante el día del descanso sagrado), aunque lo hicieran con el fin de calmar el hambre (es decir, en situación de necesidad). Los fariseos, al parecer, sí admitían ciertas excepciones a esta ley, como la de llevar al buey o al asno a abrevar o la de rescatarlo si se había caído en un pozo. Pero para ellos "arrancar espigas" no era una excepción.
Tratando de justificar el comportamiento de sus discípulos, Jesús propone a los fariseos, a modo de ilustración, un ejemplo tomado de la historia del pueblo de Israel.
Se trata de lo que hizo el monarca judío David, cuando él y sus hombres, en una de sus frecuentes campañas guerreras, se vieron faltos y con hambre: entró en la casa de Dios (es decir, en el templo), comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros de batalla.
David hizo, por tanto, lo no permitido por la ley: comer unos panes "ofrecidos en sacrificio sagrado" (= consagrados), que sólo estaba permitido comer a los sacerdotes. Y no sólo los comió él, sino que los compartió con sus compañeros, haciendo un uso profano de los bienes sagrados (lo cual podía ser calificado de sacrilegio).
Sea como fuere, lo cierto es que David hizo lo prohibido por la ley, en situación de ¿extrema? necesidad (faltos y con hambre), y se sirvió de un alimento sagrado para saciar una necesidad corporal.
Jesús justifica esta actuación aludiendo al estado de necesidad (material) en que se encontraban aquellos hombres, aludiendo a la autoridad del personaje ejemplarizado, el gran rey judío.
Pues bien, si eso hizo legítimamente David, y Dios no hace acepción de personas, también es justificable que lo mismo haga cualquier persona, en situación de ¿extrema? necesidad. Ésa es la consecuencia moral que saca Jesús de la actuación transgresora y justificable de David.
De ahí que diga Jesús que toda ley, incluida la ley del descanso sabático, se hizo para el hombre, para el bien (integral) del hombre, para beneficio del hombre, y no al revés (no el hombre para el sábado).
Invertir los términos sería deformar las cosas queridas por Dios. Y suponer que el hombre ha sido hecho para la ley, de modo que tenga que sacrificar su vida en aras de la ley, es deformar el orden de las cosas. La ley está al servicio del hombre, de su dignidad, de su bien integral, de su vida. Y no al revés.
La ley del sábado se hizo para que el hombre pudiera descansar de sus afanes, para que pudiera glorificar tranquilamente a Dios, para que pudiera dedicar tiempo a su familia, para que pudiera recrearse en las obras de Dios... Y si eso conlleva arrancar espigas, bien hecho está, porque el sábado se hizo (lo hizo Dios) para facilitar la vida del hombre en la tierra, y no para dificultarla.
Ello no significa que el mismo Dios de la vida no pueda exigir el sacrificio de la vida temporal, en aras de un bien superior (como es la vida eterna), o que la ley del amor a Dios (o al prójimo) pueda exigir en ocasiones la entrega (martirial) de la propia vida.
Pero esta ley, que puede exigir la entrega de la vida disponible, no por eso deja de estar al servicio del hombre y del bien supremo de su salvación. Así que el hombre es señor del sábado, y el Hijo del hombre, que es también hombre, es también y con mayor razón señor del sábado.
Es verdad que las leyes se han dado para que se cumplan, y si éstas son justas han de cumplirse, y su no cumplimiento no justifica su promulgación. Pero toda ley tiene su excepcionalidad, y ésta hay que valorarla sin perder de vista que la ley se hizo para bien del hombre y de la convivencia social.
Si se olvida esta perspectiva incurriremos en un legalismo malsano y perjudicial, y haremos del hombre un esclavo de la ley o un incapacitado para discernir las situaciones personales. Las exigencias de la ley pueden resultar en ocasiones verdaderamente inmisericordes, y por ello es conveniente sentar este supuesto evangélico: que el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.
Act:
05/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()