17 de Septiembre

Jueves XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 17 septiembre 2026

Meditación

         El hecho narrado por el evangelio de hoy nos presenta algunas novedades relativas al perdón, que Jesús reparte como si fuera suyo y que tanto escandaliza a los fariseos, los cuales se preguntan: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?

         A juicio de los fariseos, Jesús se arrogaba un poder que no tenía o que no le pertenecía. Por eso, es precisamente entre fariseos, en casa de uno de ellos y en un ambiente festivo (un banquete) donde se produce la escena narrada: una mujer de la ciudad (una pecadora pública, porque si no fuera pública no se la conocería como pecadora) ungiendo los pies a Jesús.

         El pecado de la mujer es patente o manifiesto porque probablemente ella sea una prostituta. De hecho, sin previo aviso entra en casa del fariseo, se arrodilla a los pies de Jesús y se echa a llorar, regando los pies del maestro con sus lágrimas, enjugándoselos con sus cabellos, cubriéndolos de besos y derramando ungüento sobre ellos. Jesús le deja hacer, desatando las críticas de los comensales.

         Transcurridos estos momentos de tensión e incertidumbre, Jesús toma la palabra y se dirige a su anfitrión, el fariseo Simón, planteándole una cuestión en estos términos: Un prestamista tenía dos deudores. Uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?

         La respuesta del fariseo es juiciosa: Supongo que aquel a quien se le perdonó más. Es decir, que a mayor condonación de deuda mayor agradecimiento, y amar más sería "estar más agradecido". La gratitud se presenta, por consiguiente, como una consecuencia del perdón. Hasta aquí, el juicio del fariseo Simón.

         Tras esta breve interlocución, Jesús traslada al fariseo a la situación de esa mujer que acababa de sembrar el desconcierto entre los invitados, que no dejan de murmurar entre dientes: Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.

         Esta mujer, le dice Jesús a Simón, ha hecho por mí lo que tú te has ahorrado: Me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Y desde que entró no ha dejado de besarme los pies y me los ha ungido con perfume. Ha hecho, por tanto, mucho más de lo que manda hacer la cortesía con un huésped de honor.

         Esta secuencia de acciones es indicativa de que el amor de la mujer está fluyendo en su corazón y está aflorando por sus ojos y sus manos. Y ese ímpetu amoroso le ha llevado a hacer lo que ha hecho por Jesús, desafiando los respetos humanos y contraviniendo normas sociales. Por eso, dice Jesús, porque tiene mucho amor, le son perdonados sus muchos pecados.

         Según esto, el amor (= gratitud) no sería la consecuencia del perdón, sino la causa del perdón. Ése es el juicio de Jesús, justo lo contrario de lo que pensaba Simón. Es decir, porque ha dado muestras de tener mucho amor, merece recibir su perdón.

         El amor de Jesús es un amor obsequioso, capaz de sobreponerse a obstáculos y dificultades, ansioso de oír una palabra de perdón, anhelante de un bálsamo saludable para un angustiado corazón que no soporta ya el peso de la culpa. Es un amor que nace, por tanto, de la conciencia del pecado, del sentimiento de indignidad, hasta el punto de acudir a un sanador en el que ha depositado su fe y esperanza.

         El amor es, por tanto, la causa del perdón. Pero también es su efecto, pues porque ama mucho, mucho se le perdona, y al ser perdonado mucho, mucho amará, inmensamente agradecido al don recibido. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama, y al que tiene conciencia de haber recibido poco (un bien de escaso valor), tendrá poco que agradecer. La historia demuestra que de grandes pecadores han salido grandes santos, y San Agustín nos puede servir de ejemplo.

         El pecado no es, por tanto, un impedimento para el perdón ni para el amor, sino el no tener conciencia de pecado. Ése es el gran impedimento para el perdón, por haber perdido la capacidad de reconocer la propia culpa. Del mismo modo, el gran obstáculo para la gratitud es el no tener conciencia de lo mucho que hemos recibido. El amor a los demás brota siempre de la conciencia de los dones recibidos, y cuando el don recibido es el perdón, crecen los motivos para estar agradecidos.

         Aquella mujer oyó decir: Tu fe te ha salvado, vete en paz. Y se fue en paz. La fe en Cristo Jesús le había devuelto la paz, y desde entonces hemos de suponer que aquella mujer vivió marcada por esta fe y por este amor. ¡Qué hay de extraño en suponerla una buena discípula de Jesús!

         Reconozcamos nuestros pecados, más aún, confesémoslos, y seremos perdonados. No olvidemos que en la absolución hay dicha: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado.

 Act: 17/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A