16 de Septiembre

Miércoles XXIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 septiembre 2026

Meditación

         Jesús compara hoy a su generación con esos niños sentados en la plaza que gritan a otros: "Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos cantado lamentaciones y no habéis llorado". Es decir, como esos que esperan que los demás se muevan al ritmo que ellos tocan, y sintonicen con el tipo de melodía que ellos entonan, pretendiendo ser la medida de cuantos les rodean y contemplan.

         Jesús recurre a esta comparación para aplicarla de inmediato a la actitud que sus contemporáneos han adoptado ante dos personajes que, aunque de signo aparentemente distinto, han comparecido en la escena socio-religiosa de su tiempo: Juan el Bautista y el mismo Jesús. Porque vino (decía Jesús) Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Tiene un demonio. Y vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores.

         Aparentemente, Juan y Jesús adoptan conductas contrapuestas. Mientras el 1º se presenta como modelo de austeridad y ayuno, ni come ni bebe, el 2º actúa más bien como una persona normal, que se deja invitar a banquetes y bodas y que come y bebe de lo que le ponen, hasta ganarse la fama de comilón y borracho.

         Pero tanto uno como otro merecen la crítica negativa de quienes se sitúan ante ellos como jueces que sentencian con extrema facilidad y ligereza al modo de aquellos niños caprichosos que, sentados en la plaza, reprochaban a otros no cumplir con sus expectativas.

         Los ayunos de Juan son vistos como propios de alguien que está poseído por el demonio de la austeridad. Y las comidas y bebidas de Jesús como los de alguien que está dominado por el demonio de la gula o de la intemperancia. En Juan les desconcierta su extremismo ascético, y en Jesús su normalidad y su extrema familiaridad con publicanos y pecadores.

         Ambas actitudes son objeto de su crítica acerba, que brota de un narcisismo casi adolescente. Nada les satisface. Nada les parece bien. Hagan una cosa o su contraria, serán criticados. En el fondo hay una predisposición a no aceptar nada que proceda de ellos, porque los vetados son ellos mismos.

         Jesús parece hacer extensiva esa actitud que es característica de los fariseos a su generación. Porque fueron precisamente los fariseos, en su gran mayoría, los que no creyeron en Juan ni en Jesús como enviados de Dios. Jesús les echará en cara esta incredulidad en alguna ocasión. Y también a él le acusaron de estar poseído por el demonio o de obrar con el poder de Belzebú.

         Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios, les contesta Jesús. Es decir, que a pesar de las críticas e incomprensiones, los hechos (otra lectura dice los hijos) acabarán dando la razón a la sabiduría de Dios, que se ha manifestado tanto en Juan como en Jesús. Ambos son portadores de la sabiduría divina y ambos actúan (cuando comen y cuando no comen) en conformidad con la voluntad de Dios.

         Alguno podría pensar que la muerte con que ambos acaban su vida (uno decapitado por Herodes, y otro crucificado por Pilato) no les daba precisamente la razón. Pero hay una historia posterior a ese término que quita la razón a sus críticos, opositores y adversarios, y se la da a ellos.

         Es la historia de sus seguidores que les engrandecen y les aúnan, es la historia del cristianismo que brota de la resurrección de Cristo. Esta historia, con todos sus hechos martiriales y virginales, y con todos sus frutos, les está dando la razón, y con ellos dan razón a la sabiduría de Dios de que estaban investidos.

         Si esto es así, son los hijos de la sabiduría los que, con su seguimiento y testimonio martirial, están dando la razón a Jesús, dando la razón a la sabiduría con la que obraba y quitando la razón a aquella generación de mentalidad farisaica o narcisista.

         Ojalá que el Señor nos encuentre entre los hijos de esa sabiduría, y no como intérpretes carentes de sensibilidad para apreciar las manifestaciones de Dios en nuestra historia. Porque puede suceder que una mentalidad excesivamente crítica o cientifista nos impida ver, como a los fariseos coetáneos de Jesús, esas manifestaciones de Dios en nuestro mundo.

 Act: 16/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A