22 de Octubre
Jueves XXIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 22 octubre 2026
Meditación
Encontramos hoy en el evangelio unas palabras de Jesús que, de escucharlas por primera vez, nos asustarían. De ahí que sea necesaria una explicación, aunque no tras ello dejen de provocarnos cierto desasosiego. En concreto, dichas palabras son: He venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
Respecto al fuego, Jesús no parece referirse al fuego controlado y reconfortante del hogar, ni al fuego lejano del astro solar, sino a un fuego arrebatador como el que se propaga por un bosque, o inflama una casa y se hace imparable. Es decir, se trata de un fuego que prende en el mundo y se extiende sin que nadie lo pueda detener.
Pues bien, este fuego no puede ser sino el del evangelio, cuyo mensaje es realmente incendiario y va directamente destinado a adueñarse de las conciencias, propagándose de casa en casa de una manera imparable, como si se tratase de una epidemia (según expresaron algunos autores paganos, a la hora de describir el incipiente cristianismo como "enfermedad contagiosa que se extiende por todo el Imperio"). En este caso, se trataba de una epidemia que lo que estaba propagando no era la enfermedad sino la salud.
El fuego que Cristo trajo al mundo no puede ser otro que el que ya anunció Juan el Bautista, cuando hablaba del bautismo de Jesús: Él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego. Se trata de un fuego, por tanto, que vino a destruir el pecado del mundo, con todas sus cabezas (la soberbia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza, la envidia, la avaricia) y hasta derramar la sangre (como hizo Cristo).
La lucha de Jesús fue una guerra sin cuartel, por tanto, contra el mal y contra el Maligno, hasta la muerte. Y esa fue una guerra que fue continuada por sus seguidores.
Porque Jesús deseaba un mundo libre de pecado, por eso ansiaba verlo ya ardiendo, sometido a ese proceso de conversión que lleva a cabo el fuego del Espíritu en nosotros, similar a esa "conversión que provoca el fuego en el leño, haciendo de él un ascua encendida" (como decía San Juan de la Cruz).
Respecto a la división, este fuego de Cristo, del que brotó la entraña del cristianismo, fue pronto causa de división de un Imperio Romano aparentemente en paz, llegando a incidir en el mismo núcleo familiar. En efecto, unos se dejaron incendiar por el mensaje, otros se mantuvieron al margen, y otros decididamente en contra. En resumidas cuentas el evangelio incendiario de Cristo fue un germen de división, constituyendo a unos en perseguidores y a otros en mártires.
Y ello en el seno mismo de la familia, la institución natural por excelencia y allí donde la unión era más fuerte y duradera. Es decir, aconteció el posicionamiento del padre contra el hijo y del hijo contra el padre. Allí hubo reproches de fanatismo, invocaciones al afecto paterno y a la piedad filial, intentos de soborno, llamadas a la sensatez, etc. Pero nada de esto evitó la conversión de muchos y el rechazo de los familiares más próximos.
El fuego, sangre y división del evangelio, por tanto, nada tiene que ver con las guerras de religión, ni con imponer por la fuerza la propia fe. Sino con la fuerza de la persuasión y del testimonio de vida.
Hoy se puede decir que el evangelio no es motivo de división familiar. Pero se puede decir a un coste quizás demasiado caro: al coste de silenciar nuestra fe, para evitar tensiones. ¿No será que se ha enfriado en nosotros el fuego que abrasaba el corazón de aquellos primeros cristianos?
¿No será que, para evitarnos molestias y rupturas, hemos decidido vivir en una paz aparente, a costa de perder las convicciones más profundas? ¿No habremos llegado, por una supuesta tolerancia hacia la conciencia de los demás, a la indolencia y a la indiferencia? ¿No será de nuevo hora de recoger la antorcha de la fe, para enarbolarla?
Porque corremos el riesgo de que nuestro fuego se vaya apagando, no queden más que cenizas, y lleguemos finalmente a la frialdad eterna. Éste sí que sería un abismo insalvable de división. Despojémonos, pues, del pecado que nos ata, para correr en la carrera que nos toca, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe... y prendió su fuego en nuestras entrañas: Cristo Jesús, nuestro Señor.
Act:
22/10/26
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ordinario
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A L
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R C A B A
M U R C I A
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