19 de Octubre

Lunes XXIX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 octubre 2026

Meditación

         En el evangelio de hoy Jesús lanza una advertencia a unos hermanos que andan disputándose la herencia. En concreto, Jesús les dice: Mirad, guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

         En efecto, la vida sólo depende de Aquel que puede darla y quitarla, porque es su dueño y porque es el único que puede decir, como en la parábola: Necio, esta noche te van a exigir la vida. ¿A qué tantos afanes por tener más en la vida? ¿Y de qué sirve tener más, si la vida te va a ser quitada?

         Los dos hermanos piden a Jesús que medie en la disputa familiar, pero él lo rehuye y les contesta: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? En efecto, nadie ha nombrado todavía a Jesús juez mediador de las disputas. Lo que sí le han nombrado es profeta, o mensajero de Dios para advertir los peligros que puedan cerrarnos el camino de la salvación. Es a lo que recurre Jesús, cuando sentencia: Guardaos de toda clase de codicia.

         La codicia, siendo una, es múltiple y variada, y todo lo que se puede tener (dinero, ropa, conocimientos...) puede convertirse en objeto de codicia, puede ser deseado con avidez y puede ser motivo de disputas. Y eso es lo que les sucede a estos dos hermanos, que rivalizan por la herencia. Las riñas entre hermanos por la herencia es algo tan cotidiano en la vida, por lo visto, que no parece causar sorpresa sino a Jesús. Y todo por el afán de tener.

         En cualquier caso, hacer depender la vida de los bienes es ciertamente insensato, pues con más bienes ¿la vida va a ser más placentera? Quizás, pero ni siquiera esto es seguro. Lo que sí lleva consigo la posesión de bienes es un aumento de las preocupaciones, pues ¿cómo defenderlos de los ladrones?, ¿o cómo evitar su deterioro?, ¿o cómo aumentarlos? Luego aumentar los bienes significa aumentar las preocupaciones.

         Además, es comprobable que a menos medios hay quienes parecen estar más felices, o bien porque su falta de ambición les genera menos inquietudes, o bien porque estiman más otro tipo de bienes.

         Lo seguro es que la vida de uno, aun estando sobrado, no depende de sus bienes. Pues si dependiese de estos, bastaría con tener un buen almacén para prolongar los años de la vida. Pero la vida no es prolongable por ninguno de estos factores, y mucho menos perdurable.

         Para confirmar esta tesis, Jesús les propone una sencilla parábola: Un hombre rico tuvo una gran cosecha... y sus planes de futuro eran ambiciosos: construir graneros más grandes, almacenar bienes para muchos años y darse a la buena vida.

         Pero entre sus cálculos, aquel hombre rico no calculó algo que es básico: del futuro, que no dependía de sus planes. Contó muy bien todos sus bienes (para muchos años), pero olvidó si iba a disponer o no de esos años, pues eso era algo que no dependía de sus bienes, ni de su empeño ni de nada en el mundo, sino del Señor del tiempo y de la vida.

         Lo que has acumulado, ¿de quién será?, le pregunta parabólicamente Jesús a ese rico. A nosotros siempre nos queda el recurso (y quizás el consuelo) de poder responder: De nuestros herederos (haya hijos o no). La idea es consoladora, pero disfraza un rotundo fracaso: que vamos a morir.

         En esta vida todavía quedan bienes, gracias a Dios, mucho más valiosos que esos que solemos dejar en herencia (una casa, dinero, los recuerdos...), aunque desgraciadamente no se les haga caso.

         Son los bienes de arriba de los que habla San Pablo. Bienes como la generosidad, la esperanza... son bienes intangibles, pero verdaderos bienes porque nos hacen realmente ricos ante Dios y ante los hombres que saben apreciar lo verdaderamente valioso. Aspirar a los bienes mejores es dejar que esa vida nuestra, que está escondida con Cristo en Dios, desarrolle su potencial y crezca.

 Act: 19/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A