20 de Octubre
Martes XXIX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 octubre 2026
Meditación
Nos dice hoy Jesús en el evangelio que tengamos ceñida la cintura y encendidas las lámparas, aludiendo a la actitud de vigilancia.
Tener ceñida la cintura significa mantenerse en disposición de emprender una tarea, servicio o trabajo. Es decir, significa estar listos para la acción. Pero esto supone una preparación previa, una ascesis capacitativa para esa labor, una disponibilidad mental para afrontar esa situación. O como dice Jesús, estar ceñidos o vigilantes, sobre nosotros mismos.
La imagen de las lámparas encendidas también tiene que ver con la vigilancia y con la luz. Mientras es de día no es preciso encender las lámparas, y nos basta la luz del sol para mantenernos despiertos y en acción. Pero llegada la noche, se hace necesario encender las lámparas para mantenernos despiertos y vigilantes. Esto sólo es posible con la luz que nos proporciona la fe.
Así se presenta la fe, como una luz que nos permite ver lo que no podemos ver con la luz de la visión (sensible) o con la luz de la razón (intelectiva). Y para ver al enemigo que hay que evitar, o al amigo que hay que recibir, no basta con estar vigilantes, sino que es preciso tener luz.
Es preciso tener esa luz que nos permita distinguir al amigo del enemigo, o encontrar el camino de salida o de entrada, o de sortear los obstáculos en nuestro recorrido hasta la meta. Sólo así, vigilantes e iluminados (por la fe), podremos reconocer al Señor que vuelve de la boda, apenas venga y llame.
Esta debe ser la actitud de los discípulos, en ausencia de su Señor y mientras aguardan su llegada. Estad, dice Jesús, como los que aguardan a que su señor vuelva, para abrirle apenas venga y llame. Puesto que nuestra existencia transcurre entre su primera venida (en carne) y su segunda venida (en gloria), hemos de estar como los que aguardan su vuelta, aunque sin dejar de disfrutar de su presencia actual (espiritual, sacramental y eucarística).
El esperado es el Señor y no cualquier otro, y por eso se le espera con expectación, y cuando llega se le abre con prontitud (nada más oír la llamada). Pero para eso hay que estar a la espera, ceñida la cintura y encendidas las lámparas.
Pues bien, dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela, pues como asegura Jesús: Dicho señor se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y esto tanto si llega al anochecer, o ya entrada la noche, o de madrugada (cuando empieza a esclarecer). Es decir, que lo importante no es ya cuándo llegue, sino lo que hará cuando llegue.
Lo que importa es que ese Señor nos encuentre despiertos y a la espera (en vela). Y si en algo nos desagrada la imagen del criado empleada por Jesús, ahí tenemos otra imagen: Ya no os llamo siervos, sino amigos.
Si el señor de la parábola se ceñirá ante sus criados, eso es porque hará una fiesta para ellos (los hará sentar a su mesa), y él mismo tendrá el honor de servirles, en este caso como señores (pues él los irá sirviendo).
La vigilancia esconde el deseo del deseado, que viene para sentarnos a su mesa tras habernos elevado de la categoría de siervos a la categoría de señores. Esto es lo que nos espera si aguardamos al Señor (el cual vendrá inevitablemente, lo queramos o no) con esta actitud de vigilancia y de fe, para abrirle apenas venga y llame.
Act:
20/10/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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