27 de Agosto
Jueves XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 27 agosto 2026
Meditación
El pasaje evangélico de hoy se presenta como una exhortación a la vigilancia, como recuerda Jesús: Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que, si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.
La venida del Hijo del hombre es tan imprevista como la llegada de un ladrón. Si el dueño de la casa supiera a qué hora habrá de producirse, estaría preparado para hacerle frente o para evitar que maniobrase, haciendo lo imposible para que el ladrón no obtuviese su botín. Pero los ladrones no suelen actuar a la luz del día, sino que buscan los momentos oportunos y actúan cuando nadie los espera.
Pues bien, el modus operandi del Hijo del hombre en su venida es similar al de un ladrón, aunque él no es un ladrón, pues no viene a llevarse nada que no sea suyo. Pero podemos tener también la impresión de que cuando nos arrebata la vida se lleva lo que no es suyo. ¿Es sin embargo así?
Las palabras de Jesús parecen tener un marcado carácter escatológico, y no aluden a cualquier venida o a una de esas múltiples presencias de Jesucristo que se hacen notar en la vida de un creyente, sino a la venida que cierra un ciclo existencial y que se hace coincidir con la clausura de este período. Es decir, con la muerte del hombre en su singularidad o de la humanidad en su conjunto.
Nuestra experiencia nos dice que la vida cesa en nosotros de la manera más inesperada y en las circunstancias más imprevisibles. Diversas son también las causas que nos arrebatan la vida (una enfermedad, un accidente, una agresión, una catástrofe, una infección...), e incluso hay muertes que se anuncian con cierta antelación (la muerte de un condenado, la de un enfermo incurable o la de un anciano que no puede prolongar más sus días).
Pero ni siquiera en estos casos se sabe exactamente la hora en que se va a producir, según lo dicho por Jesús: A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Hay enfermos que parece que van a morir al día siguiente, y luego duran meses o años. Otros, en cambio, parece que van a durar años y fallecen de repente. Es verdad que el suicida puede calcular con exactitud el momento de su muerte, pero también puede que le surjan imprevistos que no entraban en sus cálculos, y acabe desbaratando sus propósitos.
Sólo el dueño absoluto de nuestras vidas dispone de los datos para saber cuándo cesarán las vidas, y sólo él conoce nuestra fecha de caducidad. Y puesto que a nosotros se nos escapa, lo sensato es que estemos preparados. De nuevo, una invitación a la vigilancia que nace de la imprevisión de la hora.
No obstante, cabe preguntarse: ¿Por qué esta preparación? ¿Para qué esta vigilancia? La razón queda expuesta en la explicación que sigue a continuación. Porque somos administradores de unos bienes (entre los cuales se incluye la vida), que nos han sido entregados por el que es su dueño absoluto. Y porque el amo que ha depositado tales bienes en nuestras manos espera de nosotros fundamentalmente dos cosas: fidelidad y solicitud.
Creernos dueños de lo que administramos es cometer un grave error, e incurrir en un olvido que no dejará de tener consecuencias. Sería olvidar que semejante gestión va a ser juzgada, y valorada por el que nos ha encomendado esta tarea.
A veces, los bienes que Dios nos encomienda tienen un carácter marcadamente personal (unos hijos, unos pacientes, unos ciudadanos...). Pues bien, ese administrador (padre, médico, gobernante...), que Dios ha colocado al frente de esa servidumbre, ha de saber lo que Dios quiere de él: que reparta la comida a sus horas. Es decir, que preste el servicio que debe prestar, porque de esa gestión tendrá que responder ante Dios.
No se trata, por tanto, de responder ante la sociedad (que puede no exigirnos ciertas respuestas), ni ante aquellos a quienes servimos (que puede que no tengan derecho a exigirlo), sino ante el mismo Dios que es, en definitiva, el que ha puesto tales bienes en nuestras manos.
Pues bien, si actuamos con responsabilidad mereceremos la bienaventuranza: Dichoso el criado si el amo, al llegar, lo encuentra portándose así. Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes.
Una buena respuesta (= gestión) a la tarea encomendada tendrá como premio una mayor concesión de bienes, y eso acrecentará nuestra dicha.
Pero si al empleado le da por pensar que su amo está lejos y no puede controlarle, y que su vuelta no está próxima, y empieza a comportarse irresponsablemente (maltratando a sus subordinados, y abusando de la comida y la bebida), llegará el amo de ese criado el día y la hora que menos lo espere y lo hará pedazos, como se merecen los hipócritas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Todos somos empleados de este dueño ante el cual tendremos que responder, algún día, de nuestra gestión. Y el día no lo fijamos nosotros, sino él. Si hemos respondido según lo previsto seremos recompensados con el premio a la fidelidad; de lo contrario, seremos condenados a la pena de los hipócritas. Como se ve, lo que aquí se premia es la fidelidad en la ejecución del trabajo encomendado, del mismo modo que lo que se condena es la infidelidad.
A fin de cuentas, todos tendremos que pasar por un juicio. Y la exigencia en tal juicio dependerá de la capacidad donada, como recuerda Jesús: Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Sin olvidar, por supuesto, que la recompensa con la que Dios premia nuestros esfuerzos es infinitamente superior a las exigencias, y que nuestra aportación en cualquier asunto de la vida sólo es posible desde la previa donación divina.
Sin él, sin su aliento creador, o sin su dinamismo conservador, no podríamos hacer nada. Por tanto, sintámonos dignificados, y estemos agradecidos a ese Dios que nos ha querido asociar como colaboradores en su obra. Esto implica responsabilidad, y también la promesa de una vida más plena y gratificante.
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