28 de Agosto
Viernes XXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 28 agosto 2026
Meditación
Nos dice hoy Jesús que el reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas. Así presenta Jesús a los personajes del relato: todas ellas doncellas, con sus lámparas, y dispuestas a salir a esperar al esposo.
No obstante, nos dice Jesús que hay diferencias entre unas y otras doncellas, pues mientras unas (sensatas) esperaron la llegada de esposo bien provistas de aceite (para mantener encendidas sus lámparas), otras (necias) descuidaron este particular, y no repararon en ningún momento que no tenían el aceite necesario para alimentar las lámparas.
El esposo es el único que hace posible nuestro ingreso en el Reino de los Cielos, porque sin él no hay banquete de bodas, y el cielo consiste (entre otras cosas) en estar siempre con el Señor (como indica San Pablo).
Pero el esposo suele tardar en llegar, y la espera supone tiempo, y en ese tiempo hay que ocuparse en mantener la lámpara encendida. Tratándose de un período de espera, la lámpara a la que aquí se refiere Jesús no puede ser otra que la esperanza, la cual se alimenta de la fe (el aceite). Para esperar al esposo, por tanto, hay que tener fe en su venida.
Se trata del esposo que ya vino en carne mortal, y del que esperamos su vuelta gloriosa. Y sin la lámpara encendida de la fe no se puede reconocer al esposo como Salvador, como Señor, como Esposo. Para mantener encendida la llama de esta lámpara se exige una labor de mantenimiento, porque la espera puede ser larga y las condiciones existenciales poco propicias.
Puede que nos cansemos de alimentar la fe o de practicarla (que es un modo de mantenerla activa). Puede sobrevenirnos el cansancio en nuestro combate contra la incredulidad reinante. Podemos relajar la vigilancia frente a los enemigos no declarados o manifiestos. E incluso podemos acabar acostumbrándonos a vivir en la oscuridad. Si dejamos de esperar, el esposo no llegará para nosotros, se habrán cerrado las puertas del banquete y quedaremos fuera, en situación de desconocidos.
Los que se empeñan en no reconocer a Jesús como el Esposo que nos invita a su banquete de bodas, pueden acabar como desconocidos o ignorados por Dios. Y por tanto, como excluidos del Reino, puesto que no se abre la puerta a desconocidos. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora, nos recuerda Jesús, porque cuando sucede esto (cuando no se sabe el día ni la hora) lo sensato es velar, aunque esta vela haya que mantenerla durante un largo espacio de tiempo.
Esta es la lección que se desprende de semejante sabiduría: manteneos vigilantes frente a la tentación del abandono o del cansancio, con las lámparas de la fe encendidas. Sobre todo mediante la práctica o ejercicio de la fe.
Y una última aclaración a propósito de esa actitud de las doncellas sensatas, que se niegan a prestarles un poco de su aceite a las necias (que ven cómo se les apagan las lámparas por falta combustible). La respuesta de las sensatas a la petición de las necias (dadnos un poco de vuestro aceite) puede parecernos muy poco solidaria, sobre todo por su contestación: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.
No podemos pensar que en su intención estuviese el deseo de excluir del banquete a sus compañeras de espera, pues en ese caso esas 5 doncellas no serían sensatas sino malévolas. Pero tratándose de un asunto tan importante, en el que estaba en juego la felicidad eterna, actuaron con sensatez, no desprendiéndose de un aceite que podía serles necesario para ver venir al esposo.
No obstante, la insensatez ya se había instalado en las necias, que no habían previsto la tardanza del esposo y que habían ido dejando perder el aceite que luego necesitarían, para mantenerse en vela hasta el momento final. De hecho, quisieron ir a comprar a la tienda a medianoche, cuando a esa hora no hay ninguna tienda abierta.
Podemos añadir, además, un último argumento: la fe de las personas es intransferible, y no se puede prestar como se prestan unos zapatos o un vestido. El aceite que mantiene viva la llama de la fe es algo que se tiene que procurar cada uno personalmente, aunque lo pueda encontrar con la ayuda de otros en diferentes lugares (= tiendas).
La Iglesia proporciona esas fuentes en las que nutrir la fe, pero sólo nosotros, acudiendo a ellas personalmente, podremos adquirirlas. Nadie puede suplirnos en esta tarea, ni prestarnos su aceite, ni menos su lámpara.
Act:
28/08/26
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ordinario
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M U R C I A
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