15 de Octubre
Jueves XXVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 15 octubre 2026
Meditación
Jesús prolonga hoy su crítica a los fariseos por edificar mausoleos a los profetas, como si quisieran con ello rendir honor a los que en otro tiempo habían sido perseguidos y asesinados por sus antecesores (vuestros padres), de forma hipócrita.
Con ello interpreta Jesús que, dando sepultura a tales profetas, estarían reconociendo el asesinato perpetrado por sus asesinos, los cuales fueron sus padres, sin desaprobar (al mismo tiempo) la conducta homicida de sus antepasados. En efecto, edificar un mausoleo no es dar sepultura, sino mantener o recuperar la memoria de los fallecidos. En este caso, los fallecidos fallecieron por ser mensajeros de Dios, y sus asesinos asesinaron por desoír y pisotear el mensaje divino.
Según Jesús, este acto de enaltecimiento del profeta, por parte de los fariseos anti-profetas, era una muestra más de su cinismo e hipocresía, al rechazar a todo enviado de Dios y, al mismo tiempo, querer aparentar dar gloria a los profetas caídos (edificándoles mausoleos, sin renegar de la conducta ni mentalidad de sus padres, que eran las que les habían dado muerte).
Ello explica que los nuevos profetas, como Juan Bautista y el mismo Jesús (que se sitúa en el surco de esta tradición), sigan siendo desestimados y perseguidos a semejanza de los antiguos, como bien profetizó la sabiduría de Dios:
"Les enviaré profetas y apóstoles. A algunos los perseguirán y matarán. Y así a esta generación se le pedirá cuentas de la sangre de los profetas, derramada desde la creación del mundo. Desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario".
Es decir, que tanto esta generación como las que ha habido desde la creación del mundo, siempre han estado en la misma concordancia: asesinar profetas y luego edificarles mausoleos. Y ahí está el cinismo y la hipocresía.
Y es que son ellos (los fariseos) los que, con su juridicismo, se han adueñado de la llave del saber, con la intención de no entrar ellos (en este espacio de sabiduría) ni dejar entrar a los que lo intenten.
Éste es su gran pecado, y Jesús se lo echa en cara, sobre todo por adueñarse de la enseñanza para que nadie viniese con una doctrina distinta, ni enseñase por su cuenta, ni les diese a ellos lecciones, por muy enviado de Dios que fuese.
Tras estas imprecaciones (¡ay de vosotros!) difíciles de encajar, aquellos letrados y fariseos (nos dice el evangelista) empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua (de la misma manera que habían hecho sus antecesores, con los antiguos profetas) con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.
El propósito de tales preguntas era obtener pruebas para acusar a Jesús ante un tribunal civil, capaz de dictar sentencia de muerte. Como Jesús predice, acabarán colmando la medida de sus padres, al dar muerte no sólo al último enviado de Dios, sino al mismo Hijo.
De este modo, los fariseos colmaban la medida de sus padres y se hacían reos de aquella sangre profética que recapitulaba Jesús. Para esta mentalidad farisaica no había más antídoto que la humildad, pues sólo desde la humildad podrían reconocer la llave del saber en este nuevo Maestro que venía de parte de Dios. No obstante, eso es algo que no hicieron, ni reconocieron, ni quisieron siquiera considerar.
Act:
15/10/26
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ordinario
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