14 de Octubre

Miércoles XXVIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 octubre 2026

Meditación

         El evangelio de hoy nos ofrece un pasaje en el que se hace más cruda la polémica de Jesús con los fariseos, en forma de unas imprecaciones (¡ay de vosotros!) que se sitúan en las antípodas de las bienaventuranzas (¡dichosos vosotros!). Es decir, que ahí es donde coloca Jesús a los fariseos: en el bando de las malaventurados. 

         ¡Ay de vosotros! equivale a ¡desgraciados vosotros! ¿Y por qué? Lo dice Jesús: Porque pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar sin descuidar aquello.

         El pago del diezmo era una obligación de carácter religioso que los fariseos se habían impuesto a sí mismos (y a los demás). Servía para sostener el culto ejercido por los sacerdotes, y éstos eran los destinatarios de ese diezmo. Pero al tiempo que cumplían esta obligación, descuidaban lo más importante: el derecho y el amor de Dios.

         Jesús parece acusarles de faltar a la justicia (a pesar del diezmo), puesto que el derecho debe ser lo que ampare y proteja la justicia. Y también de faltar a Dios, el cual es siempre misericordioso. Es decir, que Jesús denuncia su comportamiento injusto (a pesar de las apariencias de generosidad) y falto de misericordia ( porque el amor de Dios es esencialmente misericordia). 

         Los hombres religiosos tendrían que transparentar en su vida la justicia y la misericordia de Dios, y si esto no sucede no merecen semejante calificación, y se harían merecedores de la malaventuranza del Señor.

         Pero también se hacen merecedores de esta desgracia los que buscan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias de la gente por la calle. Jesús parece recrearse en subrayar algunos aspectos de la censura: Os encantan los asientos de honor; os encantan las reverencias.

         Pero eso no es sólo de ayer, sino también de hoy, pues ¿a quién no le gusta los honores? Quizás las reverencias nos parezcan excesivas, pero ¿a quién no le complacen los halagos y las alabanzas?

         Las personas somos vanidosas por naturaleza, y por supuesto que nos gustan los honores, aunque los disimulemos o disfracemos de aparente disgusto. Y respecto a los puestos de honor, puede que al principio nos hagan sentir incómodos, pero luego no podemos pasar sin ellos, y en el fondo es algo que nos complace.

         También nosotros estamos expuestos, por tanto, a esta censura de Jesús. Porque en nuestra conducta buscamos la ostentación de méritos, vivimos muy pendientes del juicio de los demás (sobre todo de los superiores) e incluso obviamos el juicio que sobre nosotros pueda tener Dios.

         La crítica de Jesús ahonda, por tanto, en el corazón humano, sobre todo cuando dice: ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo! Las tumbas no muestran a la vista lo que esconden, y tan sólo suelen mostrar sus hermosos mármoles exteriores (y no la la podredumbre de los cadáveres en descomposición, que es lo que realmente albergan).

         Pues bien, eso son los fariseos: tumbas sin señal, que la gente pisa porque no están señalizados. ¿Y qué significa esto? Que al contacto con los fariseos, la gente no sabe con quién trata, porque son como tumbas que esconden lo que realmente llevan por dentro.

         El vicio de la simulación es una enfermedad muy extendida también hoy en día, pues ¿quién no oculta ciertas cosas que le afean? ¿O quién no simula ser lo que no es? ¿O quién no recurre alguna vez a un disfraz?

         La hipocresía nos puede alcanzar a todos, incluso estimando la autenticidad. Por supuesto, esto no significa que tengamos que hacernos transparentes a la mirada de los demás, ni que a todos tengamos que hacer partícipes de nuestra intimidad. Pero sí significa que no podemos faltar a la verdad, ni deformar lo que somos, ni encubrir interesadamente lo que llevamos dentro.

         A Dios no podemos engañarlo, pues él conoce lo íntimo de nuestro corazón, y ante él no cabe ni el fingimiento ni la ocultación. Además, va a ser él, y no nadie más, quien definitivamente nos juzgue en su día. Los fariseos ya se vieron sorprendidos por el juicio de Jesús, y también nosotros lo seremos si refinamos nuestras vanidades con simulaciones contenidas. Ojalá que el Señor nos encuentre cada día más auténticos y amantes de la verdad.

 Act: 14/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A