17 de Octubre
Sábado XXVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 octubre 2026
Meditación
Nos dice hoy Jesús que si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de Dios. Y si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. "Estar de parte de alguien" es dar testimonio en su favor, defenderle llegada la ocasión, hablar bien de él, mostrarse su partidario y formar partido con él.
Nosotros solemos ponernos de parte de nuestros familiares, y hasta quizás de nuestros colegas de profesión o afines ideológicos. Ahora bien, ¿hacemos lo mismo como seguidores de Cristo? Porque eso supondría ponernos de parte de las cosas, y personas, y afinidades de Jesús. ¿Qué otra cosa podría esperarse, si no, de nosotros?
Pero esto no siempre es así, porque a veces ocultamos que somos del partido de Jesús, o negamos ser amigos de los que van a misa, o en el trabajo nos callamos sobre nuestra propia ideología cristiana, para evitar acarrearnos problemas o por simple miedo a dar este paso (como le pasó a Pedro en el patio del sumo sacerdote, que negó conocer a Jesús).
Pues bien, nos dice Jesús que, si uno se pone de mi parte ante los hombres (porque ahí es donde hay que ponerse de su parte, ante los hombres y no ante los ángeles o los espectros), yo también me pondré de su parte ante los ángeles.
Para ponerse de parte de Jesús, no es necesario dar la espalda a la verdad y a la justicia. Al contrario, ponerse de parte de Jesús es mantenerse partidario de la verdad, la justicia y la misericordia, porque todo eso representa Jesús. Él quiere que seamos sus partidarios ante el mundo, y por eso él se compromete a estar de nuestra parte en el otro mundo (ante los ángeles de Dios), cuando necesitemos realmente de su defensa y testimonio favorable.
Esto puede parecer una simple alianza entre dos aliados que reclaman lealtad mutua. Y lo es. Pero es mucho más a nivel cualitativo, porque no es lo mismo que él nos asista ante el juicio final, a que nosotros le asistamos ante un compañero de trabajo. La diferencia es abismal.
Lo que Jesús espera de nosotros es que nos pongamos de su parte, que formemos parte de los continuadores de su misión y que estemos en la parte de los que sufren los injustos ataques del desprestigio esterilizador, de la acusación falaz y de la burla mordaz, por su causa.
Entre ponerse de su parte, y no ponerse de su parte, no hay estados intermedios. Porque no ponerse de su parte es ya una manera de negarlo, o de ser cómplices con los que lo niegan, tal como están las cosas. Como dice un dicho castellano, "quien calla otorga", en este caso acusando a Jesús.
En estos casos, dice literalmente Jesús, si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán ante los ángeles. Ya algunos padres de la antigüedad, como San Ambrosio, repararon en este cambio de sujeto. Porque no es ya el Hijo del hombre (Jesucristo) el que lo renegará ante los ángeles. Sino que lo renegarán. Es decir, tendrá adversarios que darán testimonio contra él, ante Dios y sus ángeles.
En tal caso, Cristo no testificará nunca contra de nadie, aunque otros sí lo harán, posiblemente quienes sí que supieron mostrarse siempre partidarios de Jesús y de su causa. Por eso, hablar contra el Hijo del hombre, aun siendo un pecado de maledicencia, es perdonable. Pero no lo es blasfemar o hablar contra (o mal) el Espíritu Santo.
¿Y qué diferencia hay entre el Hijo del hombre y el Espíritu Santo, para hacer esta discriminación? ¿Se trata de un hablar contra Jesús como puro hombre, mientras que el hablar contra el Espíritu Santo es hablar contra Dios? ¿Por qué un pecado es perdonable y el otro no? ¿No hemos vivido siempre en la Iglesia del supuesto de que todo pecado es perdonable si hay arrepentimiento?
San Ambrosio vio en la blasfemia contra el Espíritu Santo el pecado de los fariseos, que no estaban dispuestos a reconocer que en Jesucristo actuaba el Espíritu Santo. Es decir, el pecado de quienes nunca aceptaron que Jesús había venido de parte de Dios, y obró sus milagros como Ungido del Espíritu Santo.
Pues bien, esa ceguera de no querer ver en Jesús al enviado de Dios, es lo que San Ambrosio llamaría blasfemia contra el Espíritu Santo. Mientras se mantenga esta postura de obstinación, no hay posibilidad de abrirse a la acción misericordiosa de Dios a través de Jesucristo, y por eso el pecado es imperdonable.
Decir de Jesús que es un borracho, o amigo de malas compañías, o un revolucionario de las leyes judías, o un malhechor... no parece que sea obstáculo insalvable para obtener el perdón, si hay arrepentimiento. Pero decir de él que obra movido por el espíritu del mal, eso es ya situarse contra el Espíritu de Dios. Y esto no tiene fácil marcha atrás.
Dicho pecado no consiste, por tanto, en una simple blasfemia, sino en una ceguera obstinada que persiste en el camino contrario al amor de Dios. Si dejara de persistir, también sería perdonable a través del arrepentimiento. Pero eso no es algo que fácilmente suceda, pues el camino contrario recorrido puede ser ya muy largo, e irreversible.
Cuanto más tiempo permanezca una persona en este pecado, más alta habrá hecho la muralla de su autosuficiencia, y más difícil estará haciendo que ésta pueda ser derribada. Que Dios nos libre de contraer este pecado, prácticamente de irreparable efecto.
Act:
17/10/26
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M U R C I A
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