10 de Octubre

Sábado XXVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 octubre 2026

Meditación

         El pasaje evangélico de hoy nos recuerda ese momento de exaltación en el que una mujer de entre el gentío, movida por el entusiasmo que suscitaba en ella la presencia de Jesús, levantó la voz sin ningún pudor y dijo con tono elogioso: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

         El elogio iba destinado a ese hombre que despertó en ella tanta admiración, y al que hubiera deseado seguramente tener por hijo. Pero toca de lleno a la madre a la que declara dichosa por haber llevado en su vientre y haber amamantado a un hijo como ése. También a la madre le reconoce el mérito de haber contribuido a la crianza y formación de ese hombre que merece toda su admiración.

         Al elogio de la mujer, sin embargo, Jesús no se limita a asentir, sin añadir nada. Al contrario, corrige, precisa y mejora esta apreciación: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Y así sitúa las cosas en un plano más hondo y decisivo que el biológico o el de las relaciones naturales.

         Para el Señor, los verdaderamente dichosos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Y esto porque se trata de una palabra dicha no sólo para ser oída con atención (de modo que quedemos bien informados), ni para ser reconocida en su autoridad o validez, sino para ser cumplida, pues concierne a nuestro modo de conducirnos en la vida y a nuestro destino final.

         Según esto, María sería más dichosa por escuchar la palabra de Dios y cumplirla que por haber parido y criado a un hombre admirable o al mismo Hijo de Dios, entre otras razones porque si fue la madre (biológica) de Jesús es porque antes escuchó la palabra de Dios y dijo: Hágase.

         Sin este asentimiento voluntario de María (que brotaba de una extrema disponibilidad para adecuarse a los planes de Dios), y sin este hágase (o activa apertura al cumplimiento de esa voluntad divina), no se hubiera hecho (no hubiera sucedido) ni la concepción ni el alumbramiento del Mesías, pues para ambas cosas Dios necesitaba la colaboración humana. Por eso entra en diálogo y ofrece razones o muestra caminos de realización: El Espíritu Santo vendrá sobre ti; la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Será una partenogénesis.

         Luego María fue dichosa (una dicha no exenta de sufrimientos) por haber tenido a ese hijo (un hijo que le reportó tanto alegrías como sufrimientos), y antes que eso por haber escuchado la palabra de Dios. Es decir, que por haber escuchado, y secundado esta palabra, tuvo al hijo. Y de no haberlo hecho, no lo habría tenido. Tener a Jesús fue efecto de la fe de María, y de una acción de Dios que reclamaba colaboración humana: ¿Quieres ser la madre del Mesías? Hágase conforme a tu querer.

         Y se hizo. Por eso hoy la declaramos dichosa y la reconocemos exaltada no por nuestras alabanzas, sino por Dios, que nos la presenta como señora (porque tiene el señorío de tantos corazones atraídos por su tacto maternal) y exaltada (puesta a la vista de todos para facilitar su acogida y favorecer su intercesión). Pero no podríamos verla exaltada si no hubiese permanecido firmemente asentada en la roca de la fe, con una confianza extrema en un Dios que la llevó a decir una y otra vez: Hágase tu voluntad.

 Act: 10/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A