9 de Octubre

Viernes XXVII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 octubre 2026

Meditación

         El evangelista Lucas nos presenta hoy a Jesús realizando una buena acción. En concreto, liberando a un endemoniado del mal espíritu que le tenía poseído. Pero también nos dice que, entre la multitud, algunos decían: Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios.

         Sabemos por otras versiones del evangelio que los que sostenían y enarbolaban esta opinión eran los fariseos. Como no querían reconocer a Jesús como enviado de Dios, atribuían sus acciones, incluidas aquéllas que eran manifiestamente contrarias al espíritu del mal, a su condición de aliado de Belzebú (el príncipe de los demonios) y a las malas artes empleadas por él.

         Por arte de Belzebú tal vez pueda entenderse el recurso a la magia, como si los magos dispusieran de artes proporcionadas por los demonios para engañar a los seducidos por esas técnicas. O se podría aludir también al poder sobrenatural del demonio.

         Sea como sea, Jesús responde a esta crítica malévola con un razonamiento tan simple como cargado de lógica: Si quien echa a los demonios (de sus posesiones o fortalezas) es un aliado del demonio, ello vendría a significar que la guerra civil se ha instalado en el reino de Satanás, y eso haría imposible su supervivencia (pues un reino en guerra civil va a la ruina en un corto espacio de tiempo).

         No tiene ninguna lógica pensar, por tanto, que el que expulsa a los demonios sea su aliado. Más bien, la lógica lleva a pensar todo lo contrario, viniendo a razonar que si Jesús se ha declarado enemigo de los demonios, y expulsa a los demonios, más bien sea su enemigo. De cualquier forma, les cuestiona Jesús, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿por arte de quién los echan?

         Al parecer, Jesús no era el único exorcista de la región, y según testimonio del cronista Flavio Josefo muchos judíos solían practicar con éxito exorcismos. No es extraño, por tanto, que el Maestro de Nazaret se remita a ellos para constituirlos en jueces de sus críticos. ¿A qué poder o arte habría que referir estas acciones milagrosas protagonizadas por otros judíos? ¿También habría que atribuir al diablo tales acciones?

         Juzgando a Jesús, los fariseos se estarían constituyendo en jueces de aquellos otros exorcistas. Tras lo cual, concluye Jesús: Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

         Jesús se remite al sentido común, pues ¿no es más lógico pensar que si Jesús es el enviado de Dios, y el diablo es el enemigo de Dios, lo que esté haciendo Jesús es declarar la guerra al diablo? Sobre todo porque Jesús es el aliado de Dios, y no se dedica a otra cosa que a implantar el reino de Dios (el cual quiere destruir el diablo).

         La expulsión de los demonios se convierte así en una de las señales más clarividentes de la llegada del reino de Dios, pues el retroceso del demonio en su dominio es simultáneamente un avance del reino de Dios.

         Aquí, como en tantas otras cosas, lo que impera es la ley del más fuerte, recuerda Jesús. Y el demonio puede hacerse fuerte en su territorio. Pero si llega otro más fuerte, posiblemente le desarme y le arrebate el botín. Pues bien, ésa es la explicación de exorcizar de Jesús: quitarle el botín. ¿Y cómo lo consigue? Desarmándolo. ¿Y por qué? Porque es más fuerte que Satanás. Jesús es el más fuerte, y el que no está con él, está contra él, y el que no recoge con él, desparrama.

         La sentencia pronunciada por Jesús (el que no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, desparrama) suena muy excluyente, a diferencia de aquella otra (más amigable) que incluye a los favorables a su causa a los que no están en contra de ella (el que no está contra nosotros, está a favor nuestro).

         Aquí, en contraste con el aserto anterior, se considera adversario al que no está a favor de Jesús. ¿Y por qué? Por el contexto de quién es este adversario: los fariseos. Y es que la obstinación de los fariseos, tergiversando las cosas hasta el punto de hacer de Jesús un aliado del demonio, explica también que Jesús les atribuya un pecado (denominado blasfemia contra el Espíritu Santo) que no tendrá perdón jamás.

         Realmente, la maldad ha cegado a los fariseos, hasta el punto de querer tergiversar la realidad de las cosas, o de hacer ver al diablo donde está Dios, o de querer confundir el bien con el mal y viceversa.

         El pasaje evangélico se cierra con una alusión a la vuelta de los espíritus inmundos al lugar que abandonaron, dado que no encuentran una morada mejor que aquélla. En esta ocasión, los demonios ven reforzada su presencia con la compañía de otros siete espíritus peores. Evidentemente, el final de ese hombre resultará peor que el principio.

         Con semejante descripción parece como si Jesús estuviera invitando a no bajar la guardia frente al demonio, ya que puede volver en cualquier momento y dejar a sus víctimas en peor situación que la ya padecida. No obstante, siempre podremos acudir al que es más fuerte, al que dispone de capacidad para asaltar y vencer al fuerte. Porque el demonio es fuerte, pero el Ungido del Espíritu, el que obra con el poder de Dios, es mucho más fuerte.

         Ante el empuje de las fuerzas adversas, siempre podremos confiar en una fuerza superior a todas ellas, en la fuerza de Dios manifestada en Cristo Jesús.

 Act: 09/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A