28 de Septiembre
Lunes XXVI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 28 septiembre 2026
Meditación
Según nos dice hoy Lucas, los discípulos de Jesús se dedicaban a discutir quién es el más importante, posiblemente sobres sus cualidades terrenas y sobre los criterios que requería esa nueva sociedad que era el Reino de los Cielos.
Sabiendo lo que pensaban, Jesús llamó a un niño, lo puso junto a sí, y les dijo: El más pequeño de todos vosotros, ése es el más grande. Quien acoge a este niño en atención a mí, a mí me acoge. Y quien me acoge a mí, acoge al que me ha enviado.
Jesús habla a adultos, y les propone acoger a los niños como condición para entrar en el Reino de los Cielos. Y aquí está el dilema, pues ¿estaba aludiendo Jesús a la inmadurez psicológica, como algo propio de ese Reino? Porque lo que está claro es una cosa: que acoger a los niños no puede ser una regresión a la infancia biológica (cosa del todo imposible).
Acoger a un niño es más bien recuperar la conciencia de la pequeñez (algo connatural a los niños) y en cierta medida su docilidad, a la hora de confiar y dejarse guiar por lo que les dicen (= creer) los mayores. En definitiva, es recuperar la posibilidad de creer, pues ¿cómo podrán entrar en ese Reino los que se fían tan sólo de sí mismos (por cierto, tan equivocados), y no de los demás?
Freud diría que hacerse niño sería una regresión anómala o patológica en un adulto, pues según él ya hemos alcanzado la madurez para poder emanciparnos de este Dios que nos ha sido impuesto. Pero Jesús no es de la misma opinión, y por eso dice que para entrar en el Reino de los Cielos es necesario recuperar la conciencia de hijos de Dios.
Sí, hacerse como niños significa recuperar la pequeñez perdida, y desde ella empezar a entablar relación con Dios, pues ¿cómo querer entrar en el reino de Dios, y formar parte de esta familia de Dios, no sintiéndose necesitado de nada? Por lo menos, habrá que estar necesitados de Dios (al igual que todo niño está necesitado de su padre).
Hacerse como niños es volver a sentir la necesidad de Dios Padre. Y el que más sienta esta necesidad, ése será sin duda el que se va a ir haciendo más grande en el Reino de los Cielos.
Acoger a un niño es acoger estos valores. Y acogerlo en nombre de Cristo es acoger estos valores como los propios para la vida cristiana. Es en lo que consiste la infancia espiritual: en volver a sentirse hijo de Dios.
El evangelio también nos refiere que el apóstol Juan, uno de los Doce y con ese sentido exclusivista que nos caracteriza, dijo en cierta ocasión a Jesús: Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.
Aparentemente, Juan no soporta que un extraño (alguien que no forma parte de su círculo discipular) se sirva del nombre de su Maestro para hacer milagros y expulsar demonios, pues para él eso era usurpar una autoridad o un poder que no le había sido dado, aunque fuese en beneficio del prójimo.
Sin embargo, lo que en el fondo no tolera Juan es que aquel hombre se sirviera de un poder que sí le había sido conferido a él, y que él era incapaz de poner en práctica. Si fuese uno de los nuestros, viene a poner como excusa Juan, lo vería con buenos ojos.
Y aquí viene la respuesta de Jesús, el más interesado en el uso que se haga de su nombre: No se lo impidáis
, porque quien no está contra vosotros está a favor vuestro. ¡Qué apertura de miras la de Jesús! ¡Qué actitud tan universal y tan incluyente! El que no es nuestro enemigo, ni se posiciona en contra nuestra, es nuestro aliado y está a nuestro favor.Por el simple hecho de no poner obstáculos a nuestra labor, cualquier persona la estará favoreciendo. Pero aquí se trata de alguien que hace algo (echar demonios, invocando el nombre de Jesús), luego ese tal no puede luego hablar mal de sí mismo, o del poder que le ha proporcionado hacer su milagro.
Lo lógico es que el que hace algo en nombre de otra persona, sienta simpatía y admiración por esa persona, aunque no pertenezca al grupo de sus seguidores. En realidad, sin pertenecer visiblemente al círculo apostólico, forma ya parte de él por razón del vínculo que le une a su cabeza.
Jesús no excluye ni separa, sino que incluye y agrega hasta de forma imperceptible. Cualquier vinculación con Jesús, venga de lejos o de fuera, es apreciada como una vía de acercamiento. Cristo ha venido a unir, y no a distanciar o a separar. Es verdad que la indiferencia no es todavía apoyo o alianza, pero no lo olvidemos: El que no está contra nosotros está a favor nuestro, y quizás esté con nosotros.
Ya sabemos que entre estar en contra y estar a favor hay grados intermedios: ni en contra ni a favor. Pero Jesús prefiere obviar tales grados, para considerar en favor suyo a todos los que no están en su contra. Es una apreciación que puede dar lugar a amargas decepciones en la vida, pero Jesús está dispuesto a correr ese riesgo, con tal de no excluir ni alejar a nadie del radio de su influencia.
Ojalá que el Señor nos encuentre siempre en esta actitud de acogida respecto de los que no son formalmente de los nuestros.
Act:
28/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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