24 de Septiembre
Jueves XXV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 24 septiembre 2026
Meditación
No es la primera vez que el evangelio alude a la fama de Jesús, la cual se iba acrecentado en la medida en que éste extendía el radio de sus actuaciones. Jesús y sus milagros han adquirido ya tal notoriedad (y sonoridad), que han llegado a oídos de los grandes jerarcas de la nación, concretamente al rey Herodes II de Judea (Herodes Antipas), sucesor de aquel Herodes I de Judea (Herodes el Grande) que provocó la matanza de los inocentes.
Por lo que se ve, en la corte del rey había diferentes opiniones acerca de Jesús. Unos decían que era Juan el Bautista redivivo (puesto que había sido decapitado no mucho tiempo atrás por orden del mismo Herodes). Otros decían que era una reencarnación o representación de Elías (del cual se decía que estaba para venir). Y otros decían que era simplemente un profeta equiparable a los antiguos profetas de la tradición judaica.
Herodes, por su parte, decía: A Juan lo mandé decapitar yo. Y efectivamente, él lo había mandado matar, luego no podía tratarse de Juan, a no ser que los muertos pudieran volver a la vida. ¿De quién se trataba entonces? ¿Quién es ese de quién oigo semejantes cosas? Si no era Juan, ¿quién era el que venía a continuar su misión, con una actividad similar? Y tenía ganas de verlo.
Lo que había en el deseo de Herodes, de ver a Jesús, respondía seguramente una curiosidad enfermiza, al estilo de ¿se parecería a Juan?, ¿hablaría con el mismo ardor?, ¿sería tan hiriente su palabra?, ¿tenía tanto poder como parar curar leprosos o resucitar muertos? En definitiva, ¿era real todo lo que se decía de él?
El deseo de satisfacer esta curiosidad era lo que movía a este rey realmente inseguro, ante la más mínima manifestación de poder en un ser humano. Y es que su poder era tan frágil, que podría tambalearse ante la simple noticia de una actuación prodigiosa.
También nosotros tendríamos que tener ganas de ver a Jesús, pero no como Herodes (para satisfacer la curiosidad despertada por la actividad enigmática de un personaje enigmático), sino para conocerlo mejor. Y si ya lo conocemos suficientemente, para disfrutar de su compañía y amistad, para gozarnos con la visión de su rostro y poder imitarlo mejor.
En todo caso, la expresión del rey Herodes es significativa, y revela una herida nunca cerrada y un sentimiento de culpabilidad, respecto de aquel Juan el Bautista cuya voz él había silenciado porque le estaba acusando continuamente (pero con justicia) de una conducta reprobable.
El fantasma de Juan lo perseguía, y sucede que los poderosos son más débiles y pusilánimes de lo que aparentan ser en su palacio. Y cuando les falla el más mínimo resorte en el que apoyan su poder, se desmoronan. Son ídolos con pies de barro.
Sin embargo, el profeta, cuanto más débil y debilitado parece, o cuando dispone de menos recursos o libertad de acción, más se acrecienta su figura y más crece su dignidad. Y más se afianza su misión, porque tendrá continuadores que tomen el relevo. Es verdad, los profetas resucitan porque siempre tienen seguidores, y porque el mismo Dios está detrás de ellos y de su misión, la cual no puede fracasar.
Act:
24/09/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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