19 de Noviembre

Jueves XXXIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 noviembre 2026

Meditación

         El evangelio de hoy nos sitúa a Jesús terminando su larga caminata a Jerusalén, ante las mismas murallas de la ciudad. Teniendo a Jerusalén ante los ojos, nos dice el evangelista, Jesús lloró ante ella y, conmovido, dijo: ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no; está escondido a tus ojos.

         ¡Qué palabras más sugerentes para nosotros, en estos momentos en que ha vuelto a rebrotar de nuevo el conflicto entre judíos y palestinos! En efecto, por lo visto Jerusalén, la "casa (yeru) de la paz (shalem)", desconoce lo que conduce a la paz. Y mucho más desde que rechazó a Jesús, expulsándolo de sus murallas y crucificándolo como un malhechor.

         Previendo lo 1º, que Jesús anuncia entre enigmas e insinuaciones, Jesús se deja llevar por la conmoción. Y previendo lo 2º, que también había predicho ya Jesús, permite que las lágrimas broten por sus mejillas. Y todo ello a la vista de esa ciudad, la gran Jerusalén, que no le reconocerá como Mesías.

         Se trata de la ciudad santa, la ciudad que albergó a los dirigentes judíos, la ciudad que tendría que haber reconocido de inmediato al enviado de Dios. Pero no, la ciudad de la paz no fue capaz de reconocer al que vino a ella, de parte de Dios, como Príncipe de la Paz. Así presenta San Pablo a Jesucristo, como el que ha venido a traer la paz, derribando con su muerte el muro que separaba a judíos y gentiles: el odio.

          Aquí paz significa reconciliación profunda en un suelo común (la Iglesia cristiana) o lugar en el que pueden comulgar judíos y gentiles, una vez creado el hombre nuevo (el hombre reconciliado en el amor) en el que ya no hay distinción entre judíos y gentiles, hombre y mujer, esclavos y libres, porque todos han pasado a ser uno sin perder su distintivo racial, sexual o social.

         Es decir, que con la muerte redentora del Príncipe de la Paz (Jesucristo) surgió el nacimiento de ese hombre nuevo en el que se hizo realidad la paz (que vence al odio) y la reconciliación (con Dios y con los hombres). Y es que las resistencias humanas, a los planes de Dios, no pueden acabar con éstos.

         No obstante, la ciudad que mató al Príncipe de la Paz, y no reconoció el momento de su venida de parte de Dios, recibió por dicho acto una maldición perpetua. Y por eso Jerusalén ha sido desde entonces una ciudad siempre asediada y destruida, una ciudad en permanente conflicto e incapaz de encontrar la paz. Es lo que lamentó decir Jesucristo, con palabras conmovidas y premonitorias:

"Tus enemigos te rodearan de trincheras, te sitiarán, te apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro y no dejarán de ti piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida".

         Se trata de unas palabras que se cumplieron al pie de la letra, cuando los ejércitos del emperador Tito invadieron Jerusalén en el año 70 d.C (arrasando hasta la última piedra). O cuando lo mismo hizo Pompeyo el año 64 a.C, o cuando lo mismo hará Adriano el año 134 d.C (aniquilando 580.000 judíos y cambiando sus nombres por Aelia Capitolina y Palestina). No quedó piedra sobre piedra, ni habitante sobre habitante, ni siquiera su propio nombre. Se produjo la diáspora del pueblo judío, y sólo siglos después pudo conservarse el Muro de las Lamentaciones.

         Tras la II Guerra Mundial, los judíos supervivientes de la diáspora (donde también fueron siempre perseguidos) han vuelto a Jerusalén, pero ésta sigue sin ser para nada la Casa de la Paz, porque quizás sigue sin reconocer la venida a ella del Mesías, el Príncipe de la Paz, que vino de parte de Dios para derribar el muro del odio que separaba a los hombres.

         No reconocer a Jesucristo como Príncipe de la Paz (el bien mesiánico por excelencia) puede que tenga estas consecuencias, y no sólo para Jerusalén y los judíos, sino para todo aquel que no quiera reconocerlo. Él vino para reconciliar a la humanidad con Dios, con los demás hombres y con nosotros mismos, en una paz que derriba los muros del odio, de la envidia, de la codicia y de la soberbia. Ojalá seamos capaces de reconocer los momentos de la venida del Ungido del Espíritu y Sembrador de la paz.

 Act: 19/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A