18 de Noviembre
Miércoles XXXIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 noviembre 2026
Meditación
Nos encontramos de nuevo hoy con una parábola de Jesús, en su camino hacia Jerusalén. En este caso, el evangelista precisa el motivo de la parábola: que había quienes pensaban que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro.
La proximidad de Jerusalén despertaba entonces, y quizás también hoy, la idea asociada del reino de Dios. Jerusalén era tan sólo la capital del reino de Judá, pero desde antiguo estaba llamada a ser también la capital del Reino mesiánico de los judíos.
La parábola de Jesús tiene que ver también con un reino. O mejor, con un noble que marcha a un país lejano para conseguir el título de rey y poder volver con semejante título. Justo antes de su marcha, el noble llama a 10 empleados suyos y les reparte unos bienes (diez onzas de oro) y les da un encargo: negociar con ellas durante su ausencia.
Al parecer, ese noble no gozaba de las simpatías de sus conciudadanos, porque estos deciden enviar tras él una embajada que promoviese por todas partes que el nuevo rey no fuese bien recibido. No obstante, el título de rey le fue concedido al noble, y cuando éste volvió con su titulación regia fue llamando a sus empleados para pedirles cuentas de su gestión.
El primero le presenta el resultado de su negocio, y es felicitado porque ha conseguido que la onza encomendada produzca 10 más. Su fidelidad en esta minucia le hace merecedor de responsabilidades más altas, y a partir de entonces pasará a regir 10 ciudades.
El segundo ha obtenido 5 onzas más, y por eso se hace merecedor del mando de 5 ciudades. El último, sin embargo, se presenta con la onza recibida, y cuando es preguntado al respecto contesta a su señor: Señor, la he tenido guardada en el pañuelo. Te tenía miedo porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras.
El último empleado se ha limitado, por tanto, a custodiar lo que se le dio (una onza), pero sin cumplir el encargo que se le dio (negociar con ella). Porque no se le dio la onza para que la guardara, sino para que negociara con ella. De haberla puesto en un banco, por ejemplo, hubiera podido conseguir por lo menos los intereses agregados.
Al parecer, lo que paralizaba e inhabilitaba a aquel empleado era el miedo ante las exigencias de su señor, que reclama lo que no presta y siega lo que no siembra (es decir, que exige más de lo que da). Pero es esta misma declaración mentirosa lo que le condena, pues si sabía que su señor era exigente, ¿por qué no se puso manos a la obra?
El calificativo que recibe aquel empleado es el de holgazán, por no haber puesto nada de su parte en la producción del capital encomendado. De ahí que no merezca que no se le encomiende más, e incluso que se le quite hasta lo que se le dio.
Por eso, concluye Jesús, al que tiene (porque ha producido más de lo que se le dio) se le dará (para que siga produciendo), pero al que no tiene (porque se limita a conservar lo que se le entrega), se le quitará hasta lo que tiene (lo que le fue entregado para negociar con ello).
Jesús nos induce de nuevo a pensar en nuestra vida como un tiempo de duración limitada, en el que se nos han encomendado unos bienes o capacidades (materiales, intelectuales, espirituales...) en diversa proporción, para hacerlos producir y multiplicarlos. Nuestro trabajo consiste precisamente en eso, en desarrollar hasta donde sea posible nuestra donación humana y cristiana.
No obstante, no se trata esto del desarrollo por desarrollo, sino del desarrollo personal que se pone al servicio del desarrollo de los demás, en orden a alcanzar la plenitud para la que Dios nos ha creado. Dios nos ha creado para ser felices, y eso no es posible en el estado de inconclusión en que vivimos, y mucho menos si no ponemos a rendir lo bueno.
La parábola nos invita, por tanto, a trabajar en los trabajos que Dios quiere. Y entre esos trabajos está el de la fe, un asunto también importante. La producción de esta onza, la de la fe, reclama laboriosidad y esfuerzo.
No podemos presentarnos ante Dios, un Dios que no se permite segar lo que no sembró, ni reclamar lo que no prestó (porque Dios siempre recoge de lo que él mismo ha sembrado previamente), con la fe que recibimos, como aquella onza de oro que fue nuestro bautismo, o con la fe que mantuvimos hasta la adolescencia.
No, no podemos presentarnos así ante Dios, sino con una fe (onza de oro) desarrollada y propia de adultos, acrisolada en la prueba y madurada en la oración y en la vida. De no ser así, podríamos ser condenados por holgazanes, y se nos podría acabar quitando aquella onza de la fe que se nos dio en su día, y que estuvimos trabajando tan sólo cundo fuimos niños o adolescentes.
La imagen del señor de la parábola, ese noble que aspira a conseguir el título para imperar incluso sobre los que no le aceptan como rey, y que es capaz de mandar degollar a todos sus opositores en su presencia, puede que no concite nuestras simpatías.
Pero así es la vida, y aunque es verdad que Dios es clemente y misericordioso (como el Padre del hijo pródigo, o el Buen Pastor de la oveja perdida), no por eso va a dejar Dios de ser exigente, sobre todo a la hora de reclamar qué es lo que hemos hecho, y qué es lo que hemos conseguido de más, respecto a los valores del Reino.
Act:
18/11/26
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