11 de Noviembre

Miércoles XXXII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 11 noviembre 2026

Meditación

         El evangelista Lucas nos presenta hoy a Jesús camino de Jerusalén, lugar donde completará su misión y su obra redentora. Mientras tanto, va dando muestras de lo que es capaz. En este caso, Jesús se hace el encontradizo de 10 leprosos que le asaltan pidiendo misericordia para su lastimosa situación.

         Los leprosos se paran a lo lejos porque tienen prohibido acercarse a los sanos, y su lepra era vista como una verdadera maldición. No obstante, no sienten ningún rubor al gritar: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros.

         Ni siquiera se atreven a pedirle la curación, aunque Jesús entiende que eso es lo que quieren, y por eso les concede la salud. Pero lo hace de la manera más discreta y menos notoria, limitándose a enviarles a los sacerdotes (que eran los que tenían que acreditar a los que estaban realmente limpios, y podían reintegrarse de nuevo en sus tareas ordinarias).

         Durante el trayecto, aquellos leprosos advierten que están limpios, sin apenas percatarse que la nueva situación les ha venido de aquel de quien habían reclamado compasión. Jesús se había apiadado de ellos, y por eso estaban limpios (aparte de que también ellos habían obedecido su mandato: Id a presentaros a los sacerdotes).

         La curación de los leprosos había sido una experiencia gratificante para todos ellos, y eso llevó a uno de ellos (un samaritano) a una explícita profesión de fe en el Dios de Israel. Con la curación vino la acción de gracias, y con la acción de gracias el reconocimiento de la soberanía de Dios.

         Según el evangelio, ninguno de los otros 9 leprosos llegan a este reconocimiento ni a la acción de gracias, sino tan sólo el samaritano (de quien menos cabía esperarlo). En efecto, al verse éste curado, se vuelve alabando a Dios y agradeciendo su curación a Jesús.

         Al parecer, la acción misericordiosa de Dios sólo ha logrado su efecto en uno de los 10 leprosos, porque sólo de él ha arrancado la alabanza, la acción de gracias y el reconocimiento de su soberanía. Y eso es algo que Jesús echa en falta: ¿Dónde están los otros nueve? ¿No han sido también ellos curados? ¿Por qué no vuelven para agradecer el beneficio y dar gloria a Dios? ¿Tan pronto se han olvidado de su benefactor?

         Así de pronto nos olvidamos nosotros de los beneficios de Dios, porque hasta que no carecemos de algo (salud, comida, bienestar...) no caemos en la cuenta de que, si lo tenemos, es porque lo hemos recibido, y lo mismo que lo tenemos lo podemos perder en cualquier momento.

         Si Dios reclama el reconocimiento no es con el fin de cobrarse el beneficio otorgado. De hecho, Jesús no exige nada al leproso que vuelve agradecido, sino que se limita a despedirle y a recordarle que es su fe la que le ha salvado. Ni siquiera le recuerda que es él quien le ha curado, sino su fe, como dándole todo el mérito a esa fe que tiene.

         Tu fe te ha salvado, oye el leproso que vuelve para dar gracias a Jesús. Y no sólo porque ha obtenido la salud corporal (como los demás), sino porque esa fe le ha abierto a una salud muy superior, a esa salud que llamamos salvación y vida eterna sin posible deterioro. La ingratitud acaba sepultándonos en nuestro propio egoísmo. Demos, pues, gracias al Señor, y a todos aquellos por cuyo medio nos llegan sus dones.

 Act: 11/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A