5 de Noviembre
Jueves XXXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 5 noviembre 2026
Meditación
El evangelio de hoy nos muestra la cara más tierna y entrañable de Dios, que va tras la oveja descarriada y se felicita cuando la encuentra. Refiere el evangelista que esta parábola surgió a propósito de la murmuración de los letrados y fariseos, ante la constatación de que Jesús acogía a publicanos y pecadores, sin hacer nada por evitar su contagio.
Realmente, el trato de Jesús con las gentes de mala reputación resultó escandaloso para estos defensores de la moral judaica. Y del escándalo brotó la acusación: Ese acoge a los pecadores y como con ellos. Es decir, que pasan de la constatación a una auténtica acusación, pues comer con ellos era una clara señal de acogida.
Pues bien, la Parábola de la Oveja Descarriada es la respuesta de Jesús a esta crítica, y en ella implica a los propios oyentes: Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?
Jesús supone que ese es el comportamiento que se espera de cualquier pastor que se precie de tal, que sienta verdadero aprecio por todas y cada una de sus ovejas. Y según él, aquellos fariseos ni eran verdaderos pastores ni consideraban a los pecadores ovejas de su rebaño (pues los habían expulsado de su redil, sin sentir para nada su pérdida).
Jesús sí se siente pastor de esos pecadores, y por eso siente su pérdida y trata de remediar la situación yendo a buscarlos. Y cuando los encuentra, se llena de alegría y alborozo, con una alegría desmesurada.
Esa alegría de Jesús, buen pastor, es la que habrá en el cielo por la conversión de un solo pecador, y la alegría de Dios al recuperar a sus hijos extraviados). Y esto justifica todos sus contactos, acogidas y búsquedas incesantes, pues Jesús no da a ningún ser humano por irremediablemente perdido, como hacen los garantes de la ley.
Ante un Dios tan misericordioso no cabe la desesperación, aunque el pecado sea muy grande o muy honda la degradación moral. "Todo tiene remedio salvo la muerte", dicen en Castilla. Y también para la degradación moral, si ésta no ha caído antes en la más oscura desesperanza.
Para Jesús, cualquier estado humano es susceptible de redención, y Dios es capaz de perdonar lo humanamente imperdonable, así como transformar a ese pecador empedernido y convertir el corazón más empecatado. Puede y quiere.
Por eso Jesús busca a los pecadores, a los que tienen conciencia de serlo y a los que no la tienen pero lo son. Y les llama a la conversión, y cuanto ésta se produce desborda en una alegría desbordante y jubilosa (como la de aquella mujer que, tras dar vueltas por la casa, encuentra finalmente la moneda que se le había extraviado, y reúne a sus vecinas para que la feliciten, pues merece ser felicitada por este hallazgo que le ha hecho tan feliz). Pues así Dios.
Si nos dejamos encontrar por Dios, le daremos la mayor alegría que cabe imaginar. Él sigue saliéndonos al encuentro y buscándonos en nuestro extravío, y al encontrarnos sigue experimentando la misma alegría, porque ha recuperado algo que era suyo (las ovejas de su rebaño), en lo que había concentrado todo su amor.
Act:
05/11/26
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ordinario
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A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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