4 de Noviembre
Miércoles XXXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 4 noviembre 2026
Meditación
Jesús se encuentra hoy en medio de mucha gente, y en semejante situación les habla de su seguimiento y discipulado: Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.
Dentro del magisterio de Jesús, el seguimiento e imitación implica un discipulado personalizado y radical, pues el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Esto es, no puede imitarle del todo, puesto que él está dispuesto a renunciar a todo, incluyendo la propia vida. Se trata de un maestro dispuesto a renunciar a la propia vida, luego ser verdadero discípulo suyo implica imitarle en la renuncia de la propia vida.
Las exigencias del seguimiento de Cristo son realmente extremas, y de ahí que Jesús, a todo aquel que quiera ser discípulo suyo, le proponga un camino de renuncias, posponiendo (del término griego μισέω, lit. aborrecer) no sólo cosas (posesiones, habilidades, trabajos...) sino también personas, y personas muy queridas como el padre, la madre, la mujer, los hijos y los hermanos (las más próximas, afectivamente), e incluso a sí mismo.
Es decir, que para llegar a ese extremo del seguimiento, el imitador/seguidor de Jesús tendría que estar dispuesto a renunciar a lo que de ordinario está más ligado afectivamente, y a aquello que más le cuesta separarse.
Emprender el seguimiento de Jesús implica, pues, saber posponer, y posiblemente renunciar, a estas personas tan queridas, con las que estamos tan apegados por los lazos de sangre y de afecto. Jesús no dice que no haya que querer al padre (o a la madre, o a los hijos), pero sí que hay que estar dispuestos a renunciar a su amor, por él y por la misión que Dios nos tiene encomienda.
Ser su discípulo de Jesús implica ir detrás de él, siguiendo sus pasos y recorriendo su camino, y con la cruz que nos haya tocado en suerte.
Ningún camino en la vida está exento de cruz, pues ¿quién no se encuentra en la vida con la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la incomprensión o la ingratitud? Pues bien, el camino que recorrió Jesús tampoco lo estuvo, y también en su vida hubo sufrimiento, como opción personal para la misión que realizó sobre la tierra. ¿Qué son, si no, los sufrimientos de su pasión y muerte? Pues lo mismo, o parecido, puede sucedernos a nosotros, sobre todo si le imitamos como discípulos.
No seríamos los primeros en sufrir algo parecido, pues Jesús ha tenido muchos imitadores. Pensemos en los santos y mártires que forman parte de nuestra tradición, como aquel San Ignacio de Antioquía que decía: "Cuando sea trigo molido entre los dientes de las fieras, entonces seré de verdad discípulo suyo".
En cualquier caso, ser discípulos de Jesús no es algo intranscendente y sin consecuencias, sino que es una tarea de gran envergadura, como la construcción de una torre o la preparación de una batalla. En dicha construcción o batalla, lo 1º que hay que hacer es calcular las fuerzas y los medios que se tienen, antes de ponerse manos a la obra. Y en 2º lugar calcular el alcance de la empresa, para no quedarse a medio camino y convertirse en un fracasado.
Que el Señor nos dé fuerzas para mantenernos firmes en su seguimiento y no ahorrar energías, hasta concluir la obra emprendida. Que él nos conceda el don de la perseverancia, especialmente en estos tiempos de fragilidad y de apostasía.
Act:
04/11/26
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ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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