7 de Noviembre

Sábado XXXI Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 7 noviembre 2026

Meditación

         No podéis servir a Dios y al dinero, nos dice hoy Jesús, tras ir equiparando y describiendo esas dos cosas que aparentemente son desiguales: Dios (ser personal y único) y el dinero (medio de cambio/cosa).

         Jesús equipara ambas cosas porque ambas tienen poder, a ambas se las puede servir como a amos, y una vez que adquieren esta categoría de amos (algo o alguien a quien se sirve) no es posible servir a los dos a la vez. Servir a Dios es estar dispuestos a cumplir su voluntad, y servir al dinero no puede significar otra cosa que convertirle en dueño de nuestras vidas. ¿En qué modo?

         Se me ocurre apuntar estas modalidades: dedicando a su consecución la mayor parte de nuestro tiempo y energías, estando dispuestos a vendernos (a perder la salud, a hacer barbaridades por conseguirlo...), no dejando de pensar en él y en el modo de aumentar su caudal, apreciándole por encima de su valor real y convirtiéndole en el motor principal de todas nuestras acciones y emprendimientos.

         Si el dinero es lo único que nos mueve a trabajar (a desplazarnos, a elegir entre un oficio u otro...), o es lo que realmente nos turba (nos quita la paz o nos proporciona alegría), entonces es que lo hemos convertido en nuestro amo.

         Si eso sucede, ya no nos estamos sirviendo del dinero como un medio para obtener determinados fines, sino que servimos al dinero como bien supremo, como dios. Lo hemos convertido en un ídolo al que rendimos culto, reconociendo su poder soberano. Ya lo dice el refrán castellano: "Poderoso caballero es don dinero", sobre todo si con él nos es posible conseguirlo casi todo.

         Es verdad que lo que de ordinario se persigue no es el dinero en sí, sino lo que el dinero puede dar (placeres, prestigio, posesiones, estatus social, mejores prestaciones sanitarias...). Es decir, no el dinero en sí, sino el poder del dinero. Y no es extraño que, siendo tan poderoso, se le entronice y se la adore, subordinándole hasta las amistades, amor, deberes o familia.

         Si esto es así, y si la codicia del dinero provoca tales efectos, ¿cómo no hablar del él como dios (ídolo) al que se subordina al mismo Dios? Y si convertimos al dinero en nuestro dios, porque le servimos a él como suprema divinidad, dejamos de servir a Dios, para servirnos de él para nuestros intereses.

         En una sociedad en que se privilegia el dinero, y se vive sólo para tener más y disfrutar más, la persona acaba perdiendo todo su valor, o vale únicamente por lo que tiene. Ello explica que acabe desechándose a los ancianos, a los enfermos irrecuperables, a los mendigos... buscando más y más razones para su abandono, reclusión y eliminación.

         En definitiva, nos invita Jesús a proceder en las cosas del Reino sirviéndonos del dinero, del vil dinero e incluso del dinero injusto (o injustamente adquirido) para que os reciban en las moradas eternas.

         ¿De qué modo? Tal vez ganándonos a los pobres mediante la reducción de su deuda, o granjeándonos su amistad. O tal vez sirviéndonos del dinero para remediar injusticias o hacer obras de caridad. Porque cuando nos falte el dinero, o éste ya no nos sirva para nada, podremos acogernos a esos amigos para que nos avalen en la eternidad.

         El dinero es muy poderoso en este mundo, pero llegada la muerte perderá todo su valor. Y es que el dinero no es Dios (aunque lo parezca), y por eso no puede salvar. Y si no fuisteis de fiar en el vil dinero (porque lo habéis usado mal, y os habéis dejado seducir por él, y lo habéis convertido en vuestro dios) ¿quién os confiará lo que vale de veras?

         Ya se ve que, para Jesús, el dinero no es lo que vale a la hora de la verdad, y lo que de veras vale son las personas y sus valores personales, empezando por la vida. Dios nos confía la vida de los demás, y de los débiles, y el cuidado de la tierra. Y no sólo lo ajeno, sino también lo nuestro (nuestra propia vida, nuestra fe). ¿Qué hemos hecho de estas fianzas? Porque somos administradores de unos bienes que Dios ha puesto en nuestra manos, y tendremos que responder de ellos.

 Act: 07/11/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A