6 de Noviembre
Viernes XXXI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 6 noviembre 2026
Meditación
Jesús se dirige hoy a sus discípulos con una nueva parábola: Un hombre rico tenía un administrador y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: "¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido".
Ya en otras parábolas, Jesús había recurrido a los mismos personajes para significar que la vida humana consiste en gestionar unos bienes que pertenecen a otro, y que ante ése habrá que dar cuenta de semejante gestión. En el caso presente, la parábola de hoy introduce la idea de la administración.
Por lo visto, al propietario de la parábola le llega la denuncia de que sus bienes están siendo mal administrados por parte de uno de sus empleados. El dueño da crédito a esa denuncia, y por eso pide a su empleado el balance de la gestión (por anticipado, y no al final de sus días), porque ha decidido despedirle. Y aquí viene la estrategia de aquel injusto administrador, que merece la felicitación de su amo por haber procedido con tal astucia.
El administrador, sorprendido por su mala gestión, reflexiona sobre su nueva situación, y calcula que se quedará sin empleo, sin fuerzas para trabajar y sin la desvergüenza necesaria para vivir pidiendo limosna.
Ante panorama tan sombrío, idea entonces una estrategia para ganar amigos, o al menos personas que le reciban en su casa cuando él se vea en la calle. Va llamando uno por uno a los deudores de su amo, les reduce el tamaño de la deuda en un porcentaje considerable (el 50%, el 20%...) y así se va granjeando su hospitalidad.
La actuación del administrador no deja de ser injusta, y por eso el amo no cesa de tacharlo de injusto. Con todo, el amo felicita al administrador por la astucia con que había procedido, esa astucia que brilla más entre los hijos de este mundo que entre los hijos de la luz. Ciertamente, concluye Jesús, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz.
La actuación del administrador es ciertamente injusta, porque se sirve de un dinero que no es suyo para ganarse amigos, y eso es recurrir a medios injustos. Pero también es lúcida e inteligente (astuta), porque lo que consigue es abrirse puertas muy útiles para el futuro (el cual ignora, porque el futuro es algo que nadie conoce).
Se trata de un proceder, por tanto, propio de un hijo de este mundo (injusto), pero que al final consigue el fin buscado por los hijos de la luz (el elogio del amo). Y eso merece ser elogiado, por lo menos por su lucidez.
Una inteligencia similar a ésta tendrían que emplear los hijos de la luz, si también quieren ellos ser recibidos en las moradas eternas (como lo fue este administrador injusto), aunque para ello tengan que servirse del injusto medio llamado dinero. Es lo que concluye Jesús: Ganaos amigos con el vil dinero, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas.
Si logramos dar al dinero, nunca ni del todo justamente adquirido, esta utilidad, habremos hecho una cosa muy importante en nuestro favor. Nos habremos ganado amigos que intercederán por nosotros a la entrada de las moradas eternas, y no nos cerrarán la puerta por desconocidos. Pero ¿cómo hacer amigos con el dinero, ya sea justo o injusto?
No creo que la amistad pueda comprarse con dinero, pero sí puede conseguirse con la limosna, porque ésta nos irá llevando por el camino de la caridad y la compasión. Luego hasta el vil dinero es capaz de transformarse en limosna, y de transformarnos a nosotros en más compasivos.
Si los pobres son los predilectos de Dios, y nosotros hemos socorrido a esos pobres, y esos pobres están en el cielo, por lo menos ya tenemos a alguien en el cielo que nos conoce, y que sabe (ellos, por lo menos) en lo que invertimos nuestro vil dinero: no en banquetes, y sí en limosnas. Y puede que nos abran las puertas de las moradas eternas.
Seamos inteligentes, pues, en el uso de los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos, para hacer de ellos una justa y adecuada gestión, conforme a su voluntad y a las necesidades ajenas, y no sólo a las propias. No dar a nuestros bienes este uso es defraudar o malversar, porque esos bienes no son nuestros aunque nosotros los administremos.
Act:
06/11/26
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ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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