31 de Octubre

Sábado XXX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 31 octubre 2026

Meditación

         El pasaje evangélico de hoy nos propone una enseñanza sumamente ilustrativa. Jesús se encuentra entre fariseos (sus más acérrimos adversarios), en un banquete al que ha sido invitado (y al que Jesús acude, sin rehuir el contacto con ellos), y allí propone a los convidados lo que él está viendo y lo que debería hacerse al respecto.

         Los fariseos están observando con detenimiento a este singular rabí que ha sido invitado. Por su parte, también Jesús observa con atención la conducta de los convidados, que van buscando los primeros puestos.

         Jesús se dispone a corregir este comportamiento de los convidados, al considerarlo de todo menos ejemplar. Y lo hace con un ejemplo, en su intento por dar lecciones a ese foro de maestros: Cuando te conviden, no te sientes en el puesto principal, porque puede que te obliguen a ceder ese puesto y, avergonzado, vayas a ocupar el último lugar.

         ¿No sería mejor ocupar el último puesto, para que el anfitrión venga y te diga sube más arriba? Entonces, lo que para el descendido de puesto sería vergüenza, para el ascendido sería honra y honor. Con este simple ejemplo, Jesús toca el orgullo de aquellos fariseos que no soportaban la vergüenza de la humillación, y que tanto presumían del honor del encumbramiento.

         Pero Jesús quiere llegar más lejos de lo que revela el ejemplo, y por eso añade: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Humillado con una humillación mayor que el sonrojo del descendido, y enaltecido a una altura superior a aquella en que le coloca el honor de haber sido ascendido de puesto.

         Esto que vale para cualquier situación humana (como la del banquete), en la que cabe tanto el proceder humilde como el soberbio (e incluso el proceder soberbio, bajo capa de humildad), vale también para el Reino de los Cielos y su anfitrión (Dios), que humilla a los que se enaltecen y enaltece a los que se humillan, sobre todo si se humillan porque son humildes.

         Es lo que hizo el mismo Jesús, que aparte de ser manso y humilde de corazón se humilló haciéndose humus (lit. tierra) y hombre. Se humilló porque era humilde, transparente a sí mismo, verdadero e íntegro.

         En realidad, sólo Dios puede humillarse, pues sólo él puede bajar de su escalafón. En nuestro caso, nosotros no podemos caer más bajo de lo que ya somos, y por mucho que nos humillemos no dejaremos de ser hombres empobrecidos, envilecidos, explotados, despreciados, esclavizados y sometidos. Es decir, meras criaturas de Dios, e imágenes del Creador.

         Es a lo que alude Jesús: a que los humildes humillados (los que se humillan) pueden ser enaltecidos a la dignidad de hijos de Dios (divinizados), recibiendo esta dignidad y conservándola.

         Ello explica que los que han tenido muy presente esta dignidad, los santos, hayan soportado con gran serenidad todo tipo de humillaciones, y que lo que a otros humillaría en su orgullo (un menosprecio, una mala contestación, una falta de reconocimiento...) a ellos apenas les afecta. A mayor humildad, siempre habrá mayor capacidad para encajar la humillación, y eso que al afectado le supone un rebajamiento de su propia valía o escalafón.

         Pero ¿cómo medir nuestra valía? ¿Valemos por lo que somos capaces de hacer? ¿Y por lo que dan a entender nuestros conocimientos? ¿Valemos más por lo que tenemos, o por lo que somos?

         Las personas valemos por lo que somos, y lo que somos es en esencia algo que hemos recibido. Somos hombres (criaturas de Dios equipadas para el conocimiento) e hijos de Dios (dotados para amarle con amor filial), y nuestro valor radica en que hemos sido redimidos (a precio de sangre) por el Hijo de Dios. Teniendo este valor, no hay humillación, ni rebajamiento humanos que nos puedan arrebatar nuestra valía.

         En realidad, sólo nosotros nos podemos humillar, si consentimos perder la dignidad a la que hemos sido levantados. Y eso sí es algo que puede acontecer, por la vía del auto-enaltecimiento. Se trata de ese hombre que, por querer ocupar el puesto de Dios, acaba perdiendo su dignidad de hijo de Dios.

         Tanto la historia como la experiencia nos sorprenden muchas veces afanados en la búsqueda de pequeños pedestales, como si tuviéramos necesidad de ellos para no perder la necesaria autoestima. Pero nos estimaríamos mucho más, y mejor, si lo hiciéramos con la estima de Dios, y no con la de aquellos que nos rodean de forma falaz y engañosa.

         Para encaramarse a los más altos pedestales, muchos trepadores se ven obligados a derribar a otros, y así entramos en la vorágine de la competitividad y de la búsqueda frenética de los mejores puestos, exponiéndonos una y otra vez a la humillación de la vergüenza, las heridas sangrantes, las lágrimas y las enemistades.

 Act: 31/10/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A