20 de Agosto
Jueves XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 agosto 2026
Meditación
Jesús se suele presentar como el que ha venido a instaurar el Reino de los Cielos de parte del Padre. Por eso, no es extraño que hable tanto y de tan diversos modos de esta realidad, y que lo haga en parábolas. Es lo que hoy nos dice: El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. De nuevo el rey, y al mismo tiempo Padre. Tampoco falta el hijo, y en este reino se celebran unos desposorios.
Habrá, por tanto, celebración. Pero no una celebración sin celebrantes (invitados) ni motivos, pues aquí el motivo es la boda misma, la cual hay que sentir (como propia) y compartir, tanto por la alegría de los contrayentes como por la alegría del que invita a la boda.
Pues bien, nos dice Jesús que, para esta boda, habrá invitaciones personalizadas. Y que algunos de los invitados la rechazarán, poniendo la excusa de tener otros intereses (tierras y negocios) más importantes para ellos. El es caso de los que se auto-excluyen del Reino, y por eso mismo se hacen indignos (no se la merecían) de una segunda invitación.
Pero el banquete está ya preparado, y por eso el rey convoca a unos nuevos invitados: a todos los que encuentren en los cruces de los caminos.
Este carácter masivo de la invitación no significa que los nuevos invitados puedan presentarse de cualquier manera (sin condiciones) a la boda, sino que han de ir vestidos con traje de fiesta (es decir, con el hábito celebrativo de la virtud y la alegría). Sólo así podrán participar del banquete, pues de lo contrario serían expulsados o excluidos.
En aquellos primeros invitados podemos ver al pueblo de Israel (los judíos), cuyo rechazo atrajo la bendición y la salvación para otros nuevos invitados (los gentiles), universalizándose la llamada a la salvación. Los cristianos seríamos, históricamente, de esos a quienes se hizo extensiva la invitación a participar de las bodas del Hijo.
Una vez invitados, y después de haber respondido afirmativamente a la invitación, los cristianos hemos de ir revistiéndonos de Cristo, con ese traje de fiesta bautismal que hemos de conservar blanco (en su estado bautismal) para el banquete. Por supuesto, seguirá habiendo muchos que rechacen la invitación por desprecio o menosprecio, atraídos por sus tierras y negocios. Y volverá a repetirse la misma historia.
En cualquier caso, el rechazo a la invitación de Dios es siempre un menosprecio de lo que Dios nos ofrece (misa, palabra, catequesis, espacios y tiempos para la oración, experiencia comunitaria...) y un sobreprecio de lo que el propio hombre se proporciona (lujos, comodidades, dinero...).
Los que acojan la invitación personalizada de Dios podrán decir con el profeta: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Celebremos y gocemos con su salvación. Pero también habrán de ir manteniendo debidamente el traje de fiesta o disposición como invitados: disposición para celebrar, para compartir, para comulgar, para escuchar, para responder a los compromisos de la fe, para asumir las consecuencias de su amistad con Jesucristo.
Sólo esta disposición interior hará merecedores a los candidatos a participar en el banquete definitivo del Reino de los Cielos. Sólo revestidos de Cristo, de sus actitudes y sentimientos, podremos compartir con él su vida gloriosa, y recibir con él la herencia prometida.
Act:
20/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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