17 de Agosto
Lunes XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 17 agosto 2026
Meditación
En cierta ocasión, nos dice hoy el evangelista, se acercó a Jesús uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna? La formulación de la pregunta denota estima y respeto, y muestra aprecio a esa enseñanza de Jesús que él espera aplicar, de inmediato, a su propia vida. De hecho, la pregunta se sitúa en el nivel del hacer: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar esa meta y esa herencia?
Lo que aquel interlocutor espera es una directriz práctica, una doctrina moral a seguir. Así lo entiende Jesús, y por eso le responde: Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.
El Maestro le indica, por tanto, el camino de esos mandamientos que integran la ley de Dios. Los que aquí se enuncian hacen referencia al prójimo, al respeto que merece su vida, sus bienes, su mujer, su fama y sus padres. Tales mandamientos son voluntad de Dios, y el que los cumple cumple la voluntad de Dios y se hace merecedor de la herencia eterna. Aquel muchacho le respondió: Maestro, todo eso lo he cumplido. ¿Qué me queda por hacer?
Si esto era realmente así, no había más que añadir: se había hecho merecedor de la herencia prometida a los cumplidores. Pero Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres (así tendrás un tesoro en el cielo) y luego sígueme. Le muestra, por tanto, un camino complementario: el camino hacia la perfección, pues cumplir los mandamientos no lo es todo.
Con ello, alude Jesús a que hay una conducta superior al hecho de no matar, no robar o no adulterar. Y que esa conducta superior consiste en entregar lo que uno tiene en bien de los demás, vender las propias posesiones, y con el dinero obtenido socorrer a los pobres. Al tiempo que les hacemos un bien a ellos, nos liberamos nosotros y nos hacemos más aptos para el seguimiento de Jesús.
Pero la acción de desprenderse
no es fácil, sobre todo cuando uno está apegado a esos bienes en los que pone su "siempre insegura" seguridad. Y al parecer, ésta era la situación anímica de aquel joven rico, porque a las palabras de Jesús frunció el ceño y se marchó pesaroso. Y es que era muy rico, precisa el evangelista, y por eso no estaba dispuesto a renunciar a sus riquezas, ni a su bienestar ni a sus seguridades.
Act:
17/08/26
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ordinario
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A L
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R C A B A
M U R C I A
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