18 de Agosto
Martes XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 agosto 2026
Meditación
La experiencia del encuentro de ayer de Jesús con el joven rico sirvió a Jesús para extraer una enseñanza moral muy útil para sus discípulos. Es lo que hoy les dice: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras de Jesús, que parecían dificultar enormemente la entrada en el Reino de los Cielos a los ricos. Y por eso Jesús precisa aún más: Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios.
Esta comparación sorprende todavía más a los discípulos, y provoca su espanto. Y por eso comentan: Entonces, ¿quién puede salvarse?
El interrogante es pertinente, pues si la exigencia es ésta, ¿quién puede salvarse o entrar en el Reino de los Cielos? ¿Qué rico puede salvarse? ¿El que no ponga su confianza en el dinero? Pero ¿es posible ser rico, tener dinero, y no poner la confianza en él?
Quizás sea esto imposible para los hombres, pero no para Dios, pues Dios lo puede todo y puede hacer que un rico deje de poner su confianza en el dinero. Basta con hacerle pasar por una experiencia de ruina para hacerle tomar conciencia de que el dinero no sirve para todo, sino tan sólo para los cuidados paliativos.
Nos podemos hacer, por tanto, una pregunta: ¿Por qué esta incompatibilidad entre el dinero (o la confianza en el dinero), y el reino de Dios? Probablemente, porque tras el afán por el dinero hay una idolatría al dinero, que resulta incompatible con el verdadero culto a Dios.
Es lo que dice Jesús en otro pasaje del evangelio: No podéis servir a Dios y al dinero. Y es que el dinero se convierte fácilmente en un pequeño reyezuelo, un amo que reclama servicio, atención, culto y adoración. Y con ello deja de ser un medio (de adquisición de ciertos productos, más o menos indispensables para la vida) para convertirse en un fin (un ídolo que absorbe todas nuestras energías, y por el que uno arriesga y sacrifica aspectos tan importantes como la amistad, la armonía familiar, la paz social y la estabilidad personal).
El que pone su confianza en el dinero, frecuentemente deja de ponerla en los demás e incluso en Dios. Y este es el gran peligro del dinero: que somete a esclavitud, que despierta la codicia, que genera una espiral de efectos imprevisibles, que nunca se ve saciado, que aparta de Dios, que provoca la engañosa imaginación de que aporta seguridad.
La dificultad que Jesús ve en el dinero está en su poder encadenante y en su capacidad para atar, hasta el punto de encadenar nuestra voluntad y dejarnos sin libertad para actuar conforme al dictado de nuestra recta conciencia. Esto es lo que le sucedió a aquel joven rico: que sus posesiones le tenían tan aprisionado y le impedían seguir a Jesús, cuando éste parecía ser su verdadero deseo.
Ante semejante panorama ¿qué queda sino pedir al Señor que nos libere de nuestras posesiones (reales o imaginarias) y de ese falso espejismo que nos lleva a creer que son una base firme en la que poner nuestra seguridad?
Es en este preciso instante en el que Pedro reacciona y le dice: Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?
El efecto, el joven rico no había sido capaz de romper el lazo que le tenía atado a sus riquezas, pero los discípulos sí habían sido capaces, y por eso habían dejado casa, trabajo, familia y posesiones por seguir a Jesús. Realmente habían dejado muchas cosas (todo, dice Pedro) por embarcarse en esa incierta aventura con este singular Maestro de atracción irresistible.
Jesús valora
esta actitud, y les hace saber que no quedará sin recompensa: Creedme, cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de la gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.El seguimiento del Hijo del hombre lleva aneja una promesa de participación en su propio destino glorioso
, y por eso sus apóstoles podrán compartir con él trono y regencia. Pero no en un marco terreno, sino celeste. No obstante, la recompensa prometida será incrementada ya en este tiempo, respecto a las posesiones dejadas cien veces más.No hay que esperar a la vida futura
, por tanto, para obtener la recompensa con la que Dios premia a sus seguidores, o a esos que han dejado tantas cosas valiosas por Jesús y por el evangelio, no por desprecio a lo mundano sino por el aprecio a la persona y la causa de Jesús.Pues bien, Jesús promete recompensarles con más
(cien veces más) casas, hermanos, padres, hijos y tierras, estando aún en esta vida y tiempo. ¿Y por qué en esta vida? Porque llegada la edad futura, recibirán no cien veces más, sino un premio que no tiene equivalencia con nada de este mundo. Es decir, recibirán la vida eterna.En el tiempo presente
serán multiplicadas las posesiones y afectos, pero la recompensa futura no será una multiplicación de las cosas dejadas, sino un bien de rango distinto e infinitamente superior, con carácter intemporal: la vida eterna, algo que no es comparable a ningún estado temporal.La promesa de Jesús para los que han dejado cosas por él habla a las claras de la generosidad de Dios
, que paga con creces la siempre limitada generosidad humana. A Dios, fuente suprema de toda bondad, no podemos ganarle en generosidad. La misma generosidad que hallamos en nosotros procede de él, que nos ha creado así, con capacidad para amar y para gozarnos en el amor con que nos donamos.
Act:
18/08/26
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ordinario
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R C A B A
M U R C I A
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