19 de Agosto

Miércoles XX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 agosto 2026

Meditación

         Hablar del Reino de los Cielos es siempre hablar de Dios y de su relación con nosotros, pues ese propietario de la parábola que escuchamos hoy, que al amanecer sale a contratar jornaleros para su viña, no puede ser otro que Dios. Él es ese propietario que pide colaboración a sus criaturas, y que se compromete a retribuirlos con un denario por jornada. Tal es el jornal ajustado previamente. No obstante, otros se incorporarán más tarde al trabajo, a media mañana, al mediodía, a media tarde y a la caída de la tarde.

         Tras la jornada laboral, nos dice Jesús, llegará el momento de la paga. En el caso de la parábola, será el momento en que el dueño diga al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Es decir, en orden inverso a los méritos contraídos y a las energías derrochadas. De esta manera, los que menos han trabajado en la viña (apenas 1/3 de jornada, o ni siquiera eso), son los primeros en recibir el jornal. 

         Respecto a lo pactado, Dios (el dueño de la viña) es exquisitamente justo (un denario por jornada), pero ¿por qué han de ser los primeros en recibir la paga los que se han incorporado más tarde al trabajo? No lo sabemos, pero quizás porque así se pone de manifiesto la bondad del dueño.

         Este modo de actuar hace surgir de inmediato la protesta contra el dueño, por parte de los que creen haber hecho más méritos que los demás. Y al recibir ellos también el denario ajustado, se sienten injustamente tratados y protestan: Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros que hemos aguantado el peso del día y del bochorno.

         A pesar de haber recibido el precio convenido (un denario por jornada), los que han trabajado todo el día se quejan de la desigualdad en el trato, pues piensan que su trabajo no ha sido valorado del mismo modo que el de los demás, y reclaman que ellos han aguantado el peso de la jornada y del bochorno.

         Pero atendamos a las razones del propietario: ¿No nos ajustamos en un denario? Es decir, si la paga que recibes es lo convenido en el contrato (por cierto, una millonada por día), no te hago ninguna injusticia. Toma lo tuyo y vete. Si a este último quiero darle lo mismo que a ti, ¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a impedirme tú que yo haga regalos a quienes crea conveniente?

         Es la respuesta que merece el que pretende juzgar la conducta de Dios desde sus mezquinos criterios, sin caer en la cuenta de que sus caminos y planes están en un nivel muy superior a los nuestros. Y es que la protesta de aquellos jornaleros no estaba inspirada en motivos de justicia (una justicia alterada, que había que restablecer), sino en la envidia (porque otros, con menor esfuerzo, habían conseguido lo mismo).

         La envidia es la causante de muchas de nuestras protestas, tanto del estudiante (que no recibe la misma nota que otro) como del pobre (que no vive en la misma casa que el rico) o del enfermo (que no disfruta de la salud del sano). En definitiva, el envidioso termina diciendo que no es justo este mundo, y que tampoco es justo Dios.

         Nuestras protestas se parecen mucho a la de los jornaleros de la viña, y revelan que todavía no hemos descubierto el amor de Dios para con todos los vivientes. El que así protesta tan sólo experimenta el trabajo por el Señor como fatiga y cansancio, y no como gozosa y gratificante labor en beneficio del hombre. Y no es capaz de advertir las penalidades y miserias soportadas por amor a Dios y a los hermanos.

         Nuestras envidias, por su parte, son las que nos llevan a esos mezquinos criterios de justicia, calificando rápidamente de injusto aquello que no cuadra en nuestra propia justicia. Y por supuesto, acaban calificando a Dios de injusto.

         Lo interesante no es la paga de Dios sino el poder trabajar por Dios. Ésa debería ser nuestra única paga, como ya descubrió San Pablo. Si Dios nos ofrece una paga es para que tomemos conciencia de estar haciendo algo meritorio a sus ojos, pero siempre como regalo (por pura gracia) y no por los méritos adquiridos (aunque éstos sean importantes).

         Si queremos compartir los sentimientos de Jesucristo, tenemos que alegrarnos de aquello de lo que se alegra Jesucristo, en este caso de aquellos que han colaborado mínimamente con él.

 Act: 19/08/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A