21 de Agosto
Viernes XX Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 21 agosto 2026
Meditación
En cierta ocasión, nos dice hoy el evangelista, se acercó a Jesús un fariseo con una pregunta que no parecía esconder ninguna intención aviesa: ¿Qué mandamiento es el más importante de la ley? No obstante, Mateo subraya la causa maliciosa de la pregunta: Para tapar la boca a los saduceos.
Evidentemente, se trata del más importante en los órdenes expositivo y estimativo. Es decir, el primero en importancia, aquel que debe ser tenido más en cuenta y el que sostiene todos los demás. Probablemente era una cuestión planteada en las discusiones escolares mantenidas por los rabinos.
La respuesta de Jesús es, en sus comienzos, la que cabía esperar de un rabino familiarizado con los escritos de la ley (Pentateuco): Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente.
A esta formulación deuteronómica del 1º mandamiento, tomada en su literalidad, añade Jesús: El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Para un judío, nada es más importante que Dios. Por eso el mandamiento primero, para el que forma parte del pueblo de Dios, es el reconocimiento de este Dios como único Señor. Y en cuanto único debe ser apreciado y amado de manera única, por encima de todo y con todo nuestro ser, alma, mente y corazón.
Jesús también reconoce la primacía de Dios, y coincide con el Deuteronomio en calificar este mandamiento como primero. Pero hay un mandamiento segundo que, siendo 2º, es equiparable al 1º en importancia, pues estos dos mandamientos sustentan la ley entera y los profeta
s. En realidad, ambos están tan estrechamente unidos que constituyen las dos caras de la misma moneda. El mandamiento segundo también consiste en amar, pero el destinatario de este amor no es ahora Dios, sino el prójimo.En su formulación, Jesús ofrece, siguiendo el dictado de la antigua Regla de Oro, la medida del amor al prójimo: Como a ti mismo. Desear para el prójimo el bien que deseamos para nosotros mismos es una buena medida, aunque pueda estar expuesta al error, dado que podemos confundir un bien con un mal. Por eso en otros lugares se nos ofrecerá una medida superior: Como yo os he amado. Esta es la medida suprema del amor: como Cristo nos ha amado (y nos ama), que es el mejor reflejo del amor de Dios en la tierra.
Amar es un verbo en activa que implica acción: la acción de dar y de darse en bien de los demás. El que ama busca el bien de la persona amada. Supone, por tanto, una actitud benevolente y benéfica que debe traducirse en obras o en actos; sólo éstos demuestran la verdad o la seriedad de las actitudes.
Al prójimo amado y necesitado le podemos colmar de bienes materiales o tangibles (comida, vestido, vivienda, dinero...) y espirituales o intangibles (educación, consuelo, afecto, apoyo, ánimo...). Pero a Dios, ¿con qué bienes le podemos enriquecer? ¿Qué le podemos dar que no hayamos recibido antes de él? ¿O en qué modo le podemos demostrar nuestro amor?
Es evidente que, en cuanto perfecto, Dios no necesita nada de nosotros, y tan sólo podemos demostrarle nuestro amor reconociéndole como lo que es respecto de nosotros (como único Señor). Esto debe generar en nosotros actitudes de adoración y de alabanza, pero también de obediencia amorosa. Porque no se trata sólo de decir "Señor, Señor", sino de cumplir su voluntad. En definitiva, porque reconocemos en esa voluntad una voluntad benéfica, que quiere el bien para sus criaturas y sus hijos, pues se trata de la voluntad de un Padre que es suprema bondad.
En relación con Dios, amar es esencialmente dejarse amar o dejarse fecundar por el amor de Dios. Y así, fecundados, amaremos todo lo que Dios ama, al mismo Dios y a cualquiera de sus criaturas que son hechura de sus manos. Especialmente a esas criaturas que conservan la imagen y la semejanza de Dios en sí mismas, y que han sido elevadas a la dignidad de hijos. En último término, amar a Dios es amar, desde Dios, todo lo que Dios ama.
Esto no significaba hacer del 1º mandamiento (el amor a Dios) segundo y del 2º (el amor al prójimo) primero, pero sí hacer del amor (tanto a Dios como al prójimo) algo más valioso que esos actos de culto (hechos de sacrificios) que podían estar fácilmente faltos de amor y, por tanto, vacíos.
Pero la misericordia sólo se puede tener con el prójimo, pues Dios carece de miserias para poder tener misericordia de él. Es decir, que Dios manifiesta tener más aprecio por la misericordia con que remediamos las miserias de nuestros hermanos que por los sacrificios que podamos ofrecerle a él.
¿Qué es, pues, más importante: amar a Dios o al prójimo? Sin duda, amar a Dios cuya voluntad es que amemos al prójimo, incluso al que se nos presenta menos amable. No hay posibilidad, por consiguiente, de separar lo que Dios ha unido: el amor a Dios y al prójimo, pues en el prójimo estaremos amando a ese Dios que reclama nuestro amor al prójimo.
Act:
21/08/26
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