8 de Junio
Lunes X Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 8 junio 2026
Meditación
El mensaje de las bienaventuranzas de hoy concentra lo más genuino de la enseñanza de Jesús. Así lo han visto muchos exegetas y comentaristas del evangelio. Porque se trata de una enseñanza de carácter moral ligada a una promesa de felicidad, como reconoce el mismo evangelista cuando dice: Y él se puso a hablar, enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Si las bienaventuranzas recogen el pensamiento de Jesús sobre la actitud que hay que tener en la vida para ser felices, la 1ª de ellas sintetiza el mensaje de todas las demás, pues pobres son también los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed, los perseguidos por causa de la justicia, los insultados y calumniados... Pues bien, Jesús declara dichosos a todo ese tipo de pobres.
La declaración, en su simplicidad, resulta paradójica, porque poner la dicha en la pobreza (carencia de bienes o de medios, según el diccionario) no deja de ser paradójico. Más bien, tendríamos que decir que la dicha está en tener salud, cultura, bienestar familiar... y no en carecer de salud, o de cultura o de cariño familiar.
Pero leamos con detenimiento, y en su integridad, la formulación de la 1ª bienaventuranza, porque la intención de Jesús no es poner la dicha en la carencia de bienes materiales o espirituales. De hecho, el evangelista Mateo añade, como queriendo aludir a una correcta interpretación de Jesús, la coletilla "en el espíritu" (o "pobres de espíritu", como dicen otras traducciones).
La pobreza a la que se refiere Jesús, por tanto, no es un simple factum, o un simple status social, o una situación en la que uno ha nacido o en la que uno vive porque las circunstancias de la vida le han llevado a ella. Sino que es un estado anímico y una actitud (en este caso, de desprendimiento
) que tiende a la pobreza efectiva a través de la renuncia personal, del desprendimiento de los bienes y del cuidado preferencial de los pobres.Esta es la actitud que hizo de Francisco de Asís el poverello di Asisi, o de Antonio el abad Antonio. Luego para merecer la bienaventuranza de Jesús no basta con ser o haber nacido pobre (sobre todo, si en el fondo están ambicionando las riquezas y el lujo de los ricos), sino que hay que serlo "en espíritu" (es decir, de corazón y con una decidida voluntad de serlo). De ser así, estaríamos hablando de esos bienaventurados de Jesús, y que de ellos es el reino de los cielos.
Como vemos, el premio prometido por Jesús (el reino de los cielos) es una posesión de incalculable valor, y casi lo más valioso que se pueda poseerse en este mundo. Con ello, la dicha de los pobres está en esta posesión, en que de ellos es el Reino de los Cielos. Y lo es ya, aunque todavía no estén en él porque no han conocido la muerte.
En efecto, el premio otorgado por Jesús a los pobres no se pospone para el futuro, sino que es otorgado en el ya presente de la vida. Y eso es lo que los hace dichosos: que ya han recibido esa dicha (no sin sufrimiento ni incertidumbres) en el presente.
Por lo que se ve, entre la pobreza de espíritu y la posesión del Reino hay una estrecha correlación. En realidad, sólo los pobres de espíritu, es decir, los que se desprenden de este mundo y de sus ofertas, están en disposición de acoger la oferta traída por Jesús.
Es verdad que la pobreza de espíritu puede convertirse en una estratagema para encubrir un apego efectivo a los propios bienes, o para soslayar la llamada a la solidaridad y al desprendimiento efectivo en bien de los miserables de este mundo. Pero también lo es que hay muchos pobres en situación de miseria que no tienen opción para desprenderse de nada, porque no tienen nada.
Entre los ricos, en cambio, la pobreza de espíritu exige un mayor acto de desprendimiento, y no por el camino del hastío de bienes materiales ni por la imperiosa caridad hacia sus convecinos.
Lo que realmente es dichoso es que el cielo pueda bajar a la tierra, y que gracias a ello se pueda vivir en paz, justicia y amor. Ése es el verdadero reino de Dios, y encaminarse hacia ello debe ser la actitud entre los humanos. Sin esta actitud, ni pobres ni ricos podrán entrar ni poseer ese Reino, pues la pobreza de espíritu es un requisito imprescindible.
La dicha de los sufridos, y los que lloran, y los que tienen hambre y sed de la justicia, y de los misericordiosos, y de los limpios de corazón, y de los que trabajan por la paz, y de los perseguidos, insultados y calumniados, también radica en lo que obtendrán con su paciencia, con su misericordia y con su limpieza de corazón. En este caso, su dicha será la tierra, el consuelo, la saciedad, la misericordia, la filiación divina y la visión de Dios. En suma, el Reino de los Cielos.
Ésta es siempre la recompensa, una recompensa que será completada en el cielo, pero que ya está presente y operante en la tierra (para ser disfrutada y puesta en práctica).
Es verdad que la saciedad nunca será completa en este mundo, ni la misericordia debidamente correspondida. E incluso que para ver a Dios cara a cara necesitaremos un cuerpo con otra capacidad de visión, e incluso transformado por la resurrección. Pero mientras tanto, ya podemos gozar de esta dicha que es realidad y promesa, presente y futuro, temporal y eterna.
Act:
08/06/26
@tiempo
ordinario
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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