31 de Mayo
Santísima Trinidad
Equipo de LiturgiaMeditación
Leemos hoy en el evangelio que tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único. Según esto, el Dios que se ocupa del mundo (porque es suyo, porque es su obra creada y porque lo ama) tiene Hijo e Hijo único, aquel Hijo a quien el Padre entregó y envió al mundo. ¿Y por qué lo envió? Porque el mundo estaba enfrascado en las vías de perdición. ¿Y para qué? Para que el mundo no pereciera, para que pudiera salvarse por medio de él y para que los que crean en él obtengan vida eterna.
Esto es lo que Jesús nos da a conocer en su evangelio: que él es históricamente ese Hijo enviado por el Padre para la salvación del mundo. Y que el Dios creador del mundo, en el sentido más estricto del término, es su Padre. Por tanto, alguien que comparte (sin dividirla) su misma naturaleza divina. Por eso los judíos entendieron que Jesús blasfemaba al proclamarse Hijo de Dios, porque se hacía igual a Dios (es decir, Dios con Dios). Pero Dios, la grandeza suprema, no podía tener igual.
La proclamación de Jesús como Hijo (único) de Dios se exponía, pues, a una doble censura y a la acusación de diteísmo (un tipo de politeísmo), puesto que se presentaba como un segundo Dios (Hijo) al lado de Dios (Padre). O también a la de regresar de nuevo a la mitología pagana, que encumbraba a una multiplicidad de dioses emparentados por lazos de consanguinidad, una mitología por otro lado ya superada por antiguas filosofías que entendían la divinidad como una mónada (= entidad única) indivisible e incorruptible.
Pues bien, tras la resurrección, la proclamación de Jesús como Hijo de Dios fue acogida por sus seguidores como parte esencial de la confesión de fe de un cristiano, que no sólo cree en el Dios del Sinaí, el Dios compasivo y misericordioso de Moisés que se pone de parte de su pueblo, sino también en su Hijo Jesucristo, venido al mundo en carne para salvarlo.
Esta es la fe trinitaria que reflejan salutaciones tan familiares a los primeros cristianos como las que usa San Pablo: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros.
Ellos hablaban del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (y bautizaban en su nombre) con toda normalidad y sencillez. Hablaban de ellos en plural, pero no por eso se sentían politeístas, pues no dejaban de entender que Dios es uno, el ser supremo, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de la tradición profética.
Pero también tenían conciencia de que con Jesucristo este Dios se había manifestado como Padre de ese Hijo singular. Entre ellos había una misteriosa comunión paterno-filial, una comunión indestructible que sólo pálidamente había dejado sus reflejos en la historia.
Sólo más tarde empezarán a hacerse problema (teológico) de esta confesión. ¿Cómo pretender seguir siendo monoteístas tras reconocer en Jesús a un (segundo) Dios (Hijo) tras el Dios (primero) Padre del que tiene su origen? Es el problema del Dios uno y trino: uno en esencia y trino en personas.
Y aquí tuvo principio la especulación teológica, pero difícilmente tendrá fin. Entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hay distinción: uno es el que engendra y el otro, el que es engendrado. Pero el que engendra no tiene más poder que el engendrado. Son personas distintas, pero no separadas ni en el espacio, ni en el tiempo, ni en el rango, ni en la constitución natural. La una no es posterior ni inferior a la otra, sino iguales en naturaleza y dignidad.
La Iglesia, en su transcurrir histórico, ha ido descartando opiniones heréticas (sabelianismo, arrianismo, modalismo) y precisando la formulación dogmática. No obstante, el misterio sigue ahí, infranqueable para la mente humana, aunque sumamente elocuente para el que desea oír y entender la realidad del amor de Dios.
Dios es amor en sí mismo. Por eso es realidad interpersonal en la que cabe la relación amorosa y se hace necesaria la reciprocidad del amante y el amado y la fecundidad presente no sólo en la generación, sino también en la espiración del Amado común, el Espíritu Santo.
Y porque Dios es amor interpersonal en sí mismo, puede amar a otros, fuera de sí, aunque le sean inferiores por ser sus criaturas, puede amarnos a nosotros y constituirnos en personas desde ese amor originante y constitutivo de la personalidad.
Santo Tomás de Aquino, para no hablar de las personas divinas como substancias individuales y de naturaleza espiritual, habló de ellas como relaciones subsistentes. Con este concepto aludía no a las relaciones que hay entre las personas (paternidad, filiación, amistad, hermandad...), sino a relaciones que constituyen a las mismas personas, de modo que la paternidad (relación) de Dios es formalmente la persona del Padre, como la filiación constituida es la persona del Hijo.
De esta manera, ponía de manifiesto que el constitutivo de la persona (divina) es la relación o que la relación es esencial para la constitución de la persona divina. Y la relación en Dios es siempre el amor, ya tenga éste la modalidad de la paternidad o de la filiedad. Pero se trata siempre del amor.
No debe extrañar que desde este abismo de amor insondable, que es Dios, brote nuestra historia de salvación, la historia a la que pertenece como clave de bóveda la encarnación del Hijo, la cual no tiene otro objetivo que la salvación de ese mundo en el que toma carne humana.
La encarnación es, pues, comunión del Dios-Hijo (y con él, del Dios uno y trino) con la humanidad, a fin de que, por la fe, la humanidad concernida acabe entrando en esa comunión de amor de las personas divinas. Estamos, pues, ante una unidad que no diluye la pluralidad, y ante una pluralidad que no destruye la unidad.
Este milagro es el que hace posible el amor divino, porque la relación (paternidad) que distingue al Padre del Hijo, constituyéndoles en distintos (personas distintas), es la misma relación que les une; y la relación que les une es también la que les distingue.
A mayor relación, mayor unidad; pero también mayor distinción. Tal es el misterio de la comunión trinitaria, al que sólo nos puede acercar la fe, sin descartar la ayuda de la razón. Y sólo la incredulidad nos puede alejar de este misterio de comunión, sumiéndonos en la soledad de una vida sin comunión con Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Act: