25 de Mayo
María, madre de Iglesia
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 mayo 2026
Meditación
La Iglesia es semejante en todo a María. Dio a luz a la cabeza de la Iglesia, y ésta engendra constantemente hijos que forman el cuerpo místico de la cabeza. Engendra y da a luz sus hijos por medio de la predicación de la palabra y la administración de los sacramentos.
La fuente bautismal es el fecundo seno materno del que constantemente brotan nuevos hijos. En una inscripción del baptisterio de Letrán se dice: "En esta fuente la Iglesia, nuestra madre, de su seno virginal da a luz los hijos que ha concebido bajo el aliento de Dios". En la bendición del agua bautismal se dice esta oración:
"Mirad, Señor, a vuestra Iglesia y multiplicad en ella nuevos hijos, Vos, que con el torrente de vuestra gracia alegráis vuestra ciudad y en todo el mundo abrís hoy las fuentes del bautismo para renovar las gentes, a fin de que, con el imperio de vuestra majestad, reciban la gracia de vuestro Hijo unigénito por virtud del Espíritu Santo. El cual, con la secreta intervención de su divinidad fecunde este agua destinada a la regeneración de los hombres, para que, habiendo recibido esta fuente divina la santificación vea salir de su seno purísimo la nueva generación, heredera del cielo".
Aún con más firmeza y perfección resuenan las alabanzas de la Iglesia madre-virgen en la liturgia oriental. María concibe y da a luz en el Espíritu Santo, y también la Iglesia concibe y da a luz en el Espíritu Santo. María da a luz para una nueva creación, y la Iglesia da a luz a los nuevos hombres.
Pero la relación entre María y la Iglesia va más allá del mero paralelo. Es una relación de origen, pues los alumbramientos de la Iglesia están condicionados por el parto de María. Lo nacido de María vino al mundo como cabeza de una nueva humanidad. Su parto está ordenado a los alumbramientos de la Iglesia, como la cabeza al cuerpo.
A la inversa, los partos de la Iglesia se reflejan en el de María, consuman en cierto sentido lo que comenzó por aquél. De esta manera, el parto de María y los de la Iglesia forman un todo único. Sólo por su concurso nace el "Cristo total", o sea, el Cristo que se compone de cabeza y cuerpo. María tiene en esto importancia fundamental. La Iglesia recibe lo que ella realizó y lo continúa como corresponde al plan divino de salvación. María dio a luz al Uno.
De este 1º nacimiento se siguen el nacimiento de muchos por la Iglesia, resulta ser María madre de muchos. La Iglesia da a luz a muchos. Pero por ser todos ellos miembros de un cuerpo, se puede también decir de ella que da a luz a uno, siendo madre de la unidad. "El cuerpo de la Iglesia, como su cabeza, nace del Espíritu Santo y de la Iglesia virgen; y de todas las gentes, como de diversos miembros, se constituye un solo hombre nuevo", dice Guitmundo de Aversa.
La estrecha relación entre María y la Iglesia justifica un intercambio de afirmaciones, de manera que se puede decir de una lo que en primer lugar se afirma de la otra, y a la inversa. Existe una especie de perichoresis y una comunicación de idiomas, como dice Scheeben. Así se llama a María "madre de la Iglesia", por dar a luz al Cristo asociado a su cuerpo místico.
Ocasionalmente, algunos padres llaman a la Iglesia "madre de Cristo", incluso "madre de Dios" por engendrar al cuerpo vivificado por la cabeza, Cristo. Se podían alegar las palabras de Cristo de que quienes creen en él son su madre y hermanos.
Dice así San Gregorio en una homilía: "Debemos saber que quien es hermano y hermana de Cristo en la fe, es su madre por la predicación, pues, como quien dice, da a luz al Señor engendrándole en el corazón de los oyentes. Es su madre, pues por su palabra se engendra el amor del Señor en el espíritu del prójimo".
De modo parecido declara Haymon: "El mismo Señor dice en el evangelio: Quien quiera que cumpla la voluntad de mi Padre, la Iglesia es considerada como madre y como hijo. Porque cuando conduce a alguno a la fe es madre, o sea, le reengendra en la fuente bautismal. En aquellos, en cambio, que se acercan al bautismo y confiesan creer en Cristo, es hijo".
San Agustín explica que, como se dice de la Iglesia que es madre de Cristo, se puede decir de Cristo también que es hijo de la Iglesia. Es más, Cristo nace de nuevo todos los días, es decir, siempre que un hombre se hace cristiano.
El monje Anastasio del Sinaí explica hasta el saludo del ángel aplicándolo a la Iglesia: "Bendita eres entre las mujeres tú, vida única, tú, madre vivificante de los fieles, excelsa madre de Cristo, tú, Iglesia santa; y bendito es el fruto de tu vientre, el pueblo único de todas las naciones vivas".
Cuán estrechamente se corresponden el parto de María y los alumbramientos de la Iglesia, se deduce del hecho de que María dio a luz a su Hijo corporalmente, pero alumbró espiritualmente a todo el género humano a una nueva vida; mientras que la Iglesia da a luz espiritualmente a sus hijos a la vida celeste, pero ejerce en la eucaristía una especie de función maternal con relación a Jesucristo. Feckes lo expresa así:
"Como María engendra al Cristo terreno, así la Iglesia al Cristo eucarístico. A la manera como la vida de María gira en torno a la educación y custodia de Cristo, la vida y preocupación más íntima de la Iglesia giran en torno al don eucarístico; como María regala al mundo el Cristo terreno para que su santa carne lo redima y nazcan hijos de Dios, así la carne y sangre eucarísticas de la Iglesia forman los hijos vivos de Dios. Como María coofrece el sacrificio junto a la cruz, también lo hace la Iglesia toda, por su parte, en cada misa. Como María concibe el tesoro total de las gracias de la redención para administrarlo espiritualmente como abogada, también la Iglesia lo ha concebido y lo concibe en cada santo sacrificio de nuevo, como si dijéramos, para administrarlo y repartirlo ministerialmente. Como María es la celestial y auténtica abogada cerca de su Hijo, así también la Iglesia tiene la fuerza auténtica y poderosa de la oración por sus hijos".
María y la Iglesia se unen en el modo virginal de su alumbramiento pues ambas conciben y dan a luz en el Espíritu Santo, no a la manera biológica de la generación natural. Por la virtud del Espíritu Santo concibió María a su Hijo y le dio a luz a la vida terrena. Por la misma virtud engendra la Iglesia a sus hijos a una nueva vida en el Espíritu Santo.
Los padres ven en su fe lo que tienen de común en la virginidad. Por la fe en el Señor, María y la Iglesia son una misma cosa. Por la fe se entregó María a Dios sin reservas. Ya antes de concebir corporalmente había concebido a Dios por la fe.
Por esta fe permanece María fiel a su vocación hasta la hora de la cruz. Su fe se mantiene inconmovible también el día de viernes santo. Si la Iglesia es la comunidad de los fieles cristianos, en aquel día la vida del cuerpo místico se recoge en María. El sábado santo era ella la única en quien se representaba la Iglesia, pues en todos los demás la fe se apagó u oscureció.
Según San Buenaventura, María es aquella en quien permaneció firme e inconmovible la fe de la Iglesia. Por la misma fe se entrega la Iglesia a Jesucristo. Según San Agustín, la fe incorrupta es la virginidad del corazón. Para Pedro Damiano, la Iglesia es virgen porque guarda incólume e inviolable la fe.
Hemos de suponer que María al pie de la cruz aprendió lo que el Resucitado hizo presente a los discípulos de Emaús que en Cristo se cumplieron las antiguas profecías y que él debía sufrirlo todo para entrar así en su gloria. Miró la cruz con inteligencia de creyente en nombre de la Iglesia, y reconoció en ella la voz unánime de todas las Escrituras del AT y del NT y el sentido último de todo acontecer. Su corazón fue traspasado entonces por la espada del dolor, como había profetizado Simeón. Aceptó el dolor en nombre de la Iglesia, que hasta el fin de la tiempos participa por la fe en la cruz del Señor.
María es también el prototipo de la Iglesia en cuanto a la plenitud de gracia y santidad. Está llena del Espíritu Santo y vive en su atmósfera celestial, como también la Iglesia. Es, como ésta, la virgen fiel, inmaculada, el jardín cerrado, la fuente sellada, el tesoro escondido, la torre de David, la casa de oro, la tierra bendita, el santuario del Paráclito, el trono de Dios, la vid mística, la luz inextinguible, el centro de la ortodoxia, la aurora de la mañana que anuncia la salvación. Las letanías marianas son a menudo letanías de la Iglesia, y a la inversa.
Si la Iglesia es el ámbito en que nace la nueva humanidad, María es la célula germinal y su plenitud. En efecto, ella ha llegado ya a esa plenitud, hacia la que marcha el pueblo de Dios en peregrinación larga e incansable. María dio cabida en su corazón, conservó en él y recibió, en la venida del Espíritu Santo, lo que atestigua la predicación eclesiástica.
En María se ha realizado, de manera única e irrepetible en plenitud total, lo que participa cada miembro de la Iglesia. Por eso, para dar el fruto de la fe, tiene que morar en cada uno el alma de María que glorifica al Señor, y su espíritu, que se regocija en Dios. Cada fiel cristiano, en su entrega al Señor, es marial, como la Iglesia entera lo es en su fe.
Act:
25/05/26
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ordinario
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A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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