18 de Febrero
Miércoles de Ceniza
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 18 febrero 2026
Meditación
Jesús previene hoy a sus discípulos sobre el riesgo de hacer ciertas cosas buenas delante de los demás, con el único fin de ser vistos por ellos y obtener así la debida recompensa. En concreto, lo que les dice es: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial.
A esas prácticas de la justicia (resp. bondad), a las que alude Jesús, pertenecían la limosna, la oración y el ayuno. Es decir, que nuestras prácticas cuaresmales eran ya observadas frecuentemente en la tradición judía: la limosna, como relación inmediata al prójimo al que se socorre; la oración, orientada al Dios a quien se ora; y el ayuno, como una práctica ascética referida al sujeto que la lleva a cabo.
Jesús no desaprueba este tipo de prácticas, pero sí ciertos modos de ejecutarlas. Y de ahí que diga: Cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles con el fin de ser honrados por los hombres, porque os aseguro que ya han recibido su paga. Haz, por tanto, limosna, viene a decir Jesús, pero no la hagas hipócritamente, convirtiendo este acto de misericordia en un acto de enaltecimiento de la propia imagen.
Obrar así sería desvirtuar la limosna, puesto que el fin del acto ya no es socorrer al indigente, sino fomentar la propia gloria personal. Lo que se presuponía como un ejercicio de misericordia se ha convertido en un ejercicio de vanagloria. Para eso ha bastado con cambiar la finalidad, si se quiere oculta, de la acción.
Pero la trompeta que encabeza el cortejo ya es suficientemente elocuente del fin que se pretende. Ha dejado de ser limosna para convertirse en otra cosa, en un acto de ostentación que persigue el encumbramiento personal o del estamento.
Evidentemente, como refrenda Jesús, ya han recibido su paga, que no es otra que la gloria (vana) obtenida. También resulta manifiesta la hipocresía que esconde semejante comportamiento. Bajo capa de misericordia (la que se supone en la limosna) se oculta un refinado deseo de grandeza.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará. Es una buena medida para evitar intenciones taimadas. La limosna hecha en secreto queda libre del riesgo de buscar una recompensa ajena a la propia satisfacción de hacer el bien o de agradar a Dios.
Normalmente es difícil que el que recibe la limosna no se entere de su procedencia, pero hasta al destinatario se le puede ocultar el origen de ese beneficio. Uno puede ocultar su acción bajo el manto del anonimato. Siempre ha habido donantes anónimos. En cualquier caso, parece muy conveniente que nuestra limosna permanezca lo más secreta posible; sólo así evitaremos tentaciones de vanidad y búsquedas solapadas de algún tipo de correspondencia o de paga. No por eso quedaremos sin recompensa.
Jesús nos garantiza la paga del Padre que ve en lo secreto y que no dejará sin recompensa las buenas acciones de sus hijos. Esta paga divina no hay por qué descartarla ni ignorarla. Jesús la incluye siempre como promesa de salvación o de vida eterna.
Nuestras buenas obras han de ser desinteresadas, pero no hasta el punto de renunciar a la promesa de felicidad que les es inherente. Despreciar esta recompensa sería un desprecio del don divino y, por tanto, del Donador de los dones, además de una pretensión contraria a la misma naturaleza humana que busca intrínsecamente la propia satisfacción en la posesión del Bien supremo.
Y lo que se dice de la limosna es aplicable también a la oración y al ayuno. Tampoco hay que rezar como los hipócritas, de pie en las sinagogas y en las esquinas, para que los vea la gente. Si rezamos para que nos vea la gente, estamos haciendo de la oración un espectáculo.
La oración es oración y sólo eso: plegaria, súplica, acción de gracias en la presencia del Señor. Y para hacer oración sólo necesitamos de este interlocutor. Es verdad que en la oración comunitaria nos verán otros: los que oran con nosotros y los que nos ven reunirnos para la oración. Pero el fin de este acto comunitario no es que otros nos vean, sino presentar a Dios nuestras peticiones y alabanzas.
También es verdad que la oración litúrgica puede convertirse en un espectáculo en el que se escenifican ciertos misterios y actúan ciertos personajes y coros; pero no deja de ser un espectáculo que invita a la participación a los mismos espectadores, que deben convertirse también en actores.
Si es un espectáculo que invita a la oración, no pierde su finalidad (que es precisamente la de orar), ni deja por tanto de ser oración. Lo que hay que evitar es que la oración persiga un fin distinto del que tiene en cuanto tal. Si sucede esto dejaría de ser lo que es para convertirse en otra cosa, en un acto público en el que se busca el aplauso o la admiración de la gente, en un simple espectáculo.
Por eso es muy conveniente atender a la consigna de Jesús: Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. El comportamiento al que invita Jesús a sus discípulos es radicalmente contrario al que adoptan los fariseos, y lo es porque quiere evitar los vicios en que incurren los hipócritas.
El modo de evitar la tentación de querer ser vistos por la gente es encerrarse en el propio cuarto para rezar al Padre que ve en lo escondido. De cualquier modo, lo que se busca es que se ore con la pretensión única y exclusiva de hacer oración, y no de obtener otros réditos asociados a esa práctica. No hemos de buscar otra recompensa que la que viene de Dios Padre.
Tampoco hemos de hacer del ayuno un espectáculo, como el de los farsantes que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan, pues lo único que hay aquí es una farsa o demudación del rostro, para aparentar algo que no se es ni se hace.
El ayuno hay que practicarlo, pero intentando evitar que la gente lo note. O mejor, procurando que la gente no lo note. De ahí que se aconseje perfumarse la cabeza y lavarse la cara, precisamente para que la gente no lo note. Y ello para que en nuestra actuación no vivamos pendientes del juicio de los demás, sino sólo del juicio de Dios, que será quien recompense nuestros méritos.
Luego si queremos evitar deformaciones, hemos de practicar la limosna, la oración y el ayuno. Y no de cara a los hombres y pendientes de su juicio, aprobación o alabanza, sino de cara a Dios y pendientes exclusivamente de su juicio y recompensa. La Iglesia nos invita durante la cuaresma que iniciamos a mantener este tipo de prácticas que nos disponen a la obra de misericordia (limosna) desde la privación y el despojamiento (ayuno) y desde la motivación religiosa (oración).
Para socorrer al prójimo hay que despojarse de aquello que está en nuestra posesión. Y tanto para una cosa como para la otra hay que tener motivos: hacer lo que Dios quiere (lo que le agrada), y hacerlo por amor de Dios (con la certeza de que él nos recompensará con una paga infinitamente superior a lo que se nos pide). Limosna, oración y ayuno están de tal manera entretejidos que no es posible su práctica individual e inconexa.
Sólo el que ayuna puede hacer limosna y oración. Sólo el que ora tiene fuerzas para ayunar y motivos sobrenaturales para hacer limosna. Sólo el que hace limosna puede orar de verdad y sin avergonzarse de presentarse ante Dios. Pero para ayunar, orar y hacer limosna no hay que pretender otra cosa que eso: ayunar, orar y practicar la misericordia.