4 Abril
Sábado Santo
Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 abril 2026
Introducción
Hoy, Sábado Santo, no hay 1ª lectura ni evangelio para meditar, porque todo desemboca en lo que hoy recordamos: la entrega de Jesús a la muerte, para redimirnos.
Hoy la Iglesia no se separa del sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte. No celebramos la eucaristía hasta que haya terminado el día. Hoy es día de silencio, de dolor, de tristeza, de reflexión y de espera. Hoy no encontramos la reserva eucarística en el sagrario. Hay sólo tenemos el recuerdo y el signo de su "amor hasta el extremo", la santa cruz que adoramos devotamente.
Hoy es el día para acompañar a María, la madre. La tenemos que acompañar para poder entender un poco el significado de este sepulcro que velamos. Ella, que con ternura y amor guardaba en su corazón de madre los misterios que no acababa de entender de aquel Hijo que era el Salvador de los hombres, está triste y dolida, porque "vino a los suyos y los suyos no le recibieron" (Jn 1, 11).
Hoy es día de tristeza también para la otra madre, la Santa Iglesia, que se duele por el rechazo de tantos hombres y mujeres que no han acogido a Aquel que para ellos era la luz y la vida.
Hoy, rezando con estas dos madres, el seguidor de Cristo reflexiona y va repitiendo la antífona de la plegaria de laudes: "Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre" (Flp 2, 8-9).
Hoy el fiel cristiano escucha una homilía antigua sobre el Sábado Santo que la Iglesia lee en la liturgia del Oficio de Lectura. Oigámosla: "Hoy hay un gran silencio en la tierra. Un gran silencio y soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra se ha estremecido y se ha quedado inmóvil porque Dios se ha dormido en la carne y ha resucitado a los que dormían desde hace siglos. Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los del abismo".
Preparémonos con María de la Soledad para vivir el estallido de la resurrección y para celebrar y proclamar (cuando se acabe este día triste)) con la otra madre, la Santa Iglesia: "Jesús ha resucitado, tal como lo había anunciado" (Mt 28, 6).
Joan Busquets
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Ayer se cubrieron de luto los montes, a la hora de nona. El Señor rasgó el velo del templo, a la hora de nona. Dieron gritos las piedra en duelo, a la hora de nona. Y Jesús inclinó la cabeza, a la hora de nona. Levantaron sus ojos los pueblos, a la hora de nona. Contemplaron al que traspasaron a la hora de nona. Del costado salió sangre y agua, a la hora de nona. Quien lo vio es el que da testimonio, tras la hora de nona.
Hoy
¿Mañana? ¿Despertará del sepulcro el Maestro? Así nos lo dijo Jesús. ¿Cantarán su victoria las piedras? Si los hombres callan, ¿vendrá el con trompetas y flautas? Vendrá en el silencio. ¿A qué hora estaré vigilante? A ninguna, mientras duermas.
Compartamos espiritualmente en el transcurso de este Sábado Santo, los sentimientos, anhelos, dudas y esperanzas que probablemente ocuparon el corazón y la mente de los discípulos de Jesús, de su madre y de los arrepentidos por haber traicionado al Señor.
No es muy difícil reconstruir aquellas horas en que, turbados y perseguidos, o cobardes y huidizos, muchos discípulos abandonaron al Maestro, simulando que no lo conocieron.
Sólo en su madre, inconmovible en su fe y amor, tenemos la seguridad de que ocupó lugar de privilegio la segura esperanza de la resurrección, lo mismo que lo ocupó en la segura esperanza de la encarnación.
Tiene que estar ya a punto de volver. Y yo tengo que ser la primera en descubrirlo. Yo he renunciado a demasiadas cosas en mi vida. ¿Habré de privarme también de esta vanidad? Ya no puede tardar.
Me voy hacia el huerto de José de Arimatea, donde lo sepultaron, y allí, escondida, para que nadie note mi impaciencia, apuraré la espera. Y me llevaré el frasco con el bálsamo que sobró del festín en casa de Simón. Pero esta vez no lo gastaré en lavarle los pies, sino que esta vez se lo derramaré por la cabeza apenas lo vea resucitado.
Joaquín Ortega
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Hoy es Sábado Santo, día de silencio, de espera, de acallar las voces de fuera... y las de dentro, para que pueda sonar la nueva melodía que Dios está a punto de estrenar.
Junto al cadáver del Crucificado sólo esperan María, algunas mujeres, el discípulo amado. El resto parecen haber tirado la toalla. Es comprensible. El panorama es de cierto desahucio. El diagnóstico sobre la situación es de pronóstico reservado. Guerras, injusticias, abusos, deterioro medioambiental... Priman los poderes fácticos. Dicen que quieren tenernos distraídos para que no nos enteremos de lo que pasa realmente. Y hay quien sospecha que lo están consiguiendo.
Hasta que Dios levanta su voz y hace justicia con el Crucificado. Su vida y su palabra se levantan como la nueva referencia, desde su lugar resucitado al lado de Dios. Ya no necesitamos 10.000 canciones, ni 1.000 agendas, ni 100 bombarderos, ni 10 planes de jubilación. ¿Para qué tantas cosas, si falta lo esencial?
Quizás bastara con tener en el corazón la canción más bonita del mundo, la canción de la vida que dice: "Yo he venido para que tengáis vida, y la tengáis en abundancia" (Jn 10, 10). Y la boca bien abierta para cantarla. Y la cabeza despierta para ser lúcidos y que no nos engañen. Y las manos libres, para emplearlas en lo que merece la pena: las cosas pequeñas, trabajar con otros, vivir en honradez, orar desde la vida, agradecer cada cosa recibida.
La herida de la vida no se cura atiborrándonos de cosas, sino viviendo como él vivió. En agradecimiento por el propio ser, en apertura a la humanidad, en confianza con Dios. Alentando, a cada paso, las semillas de vida que Dios va poniendo en el camino. Esa es la cuestión: ponerse en camino. No lo dejes para pasado mañana, como los de Emaús, que también ellos "iban de vuelta".
¿Quién dijo que todo está perdido? Deja que te nazca el hombre nuevo que llevas dentro. Y ofrece tu corazón. Todo está en nuestras manos y en las de Dios, afortunadamente. En el camino de la Pascua, que es el camino de la vida, también hay un sitio para ti.
Luis Manuel Suárez
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Después de 3 horas de agonía Jesús ha muerto. El cielo se oscureció, pues era el Hijo de Dios quien moría. El velo del templo se rasgó de arriba abajo, significando que con la muerte de Cristo había caducado el culto de la Antigua Alianza (Hb 9, 1-14). Ahora, el culto agradable a Dios se tributa a través de la humanidad de Cristo, que es sacerdote y víctima.
Uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua (Jn 19, 33). San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos y la misma Iglesia del costado abierto de Jesús.
Esta herida que traspasa el corazón es de superabundancia de amor que se añade a las otras, y María, que sufre intensamente, comprende ahora las palabras de Simeón ("una espada traspasará tu alma"). Bajaron a Cristo de la cruz con cariño y lo depositaron en brazos de su madre. Miremos a Jesús como le miraría la Virgen Santísima, y le decimos: "Oh buen Jesús, óyeme, dentro de tus llagas escóndeme, no permitas que me aparte de ti".
Cuando todos los discípulos, excepto Juan han huido, José de Arimatea se presenta a Pilato para hacerse cargo del cuerpo de Jesús ("la más grande demanda que jamás se ha hecho", según Luis de Palma). Y aparece Nicodemo, el mismo que había venido a él de noche, trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de 100 libras (Jn 19, 39). ¡Cómo agradecería la Virgen la ayuda de estos 2 hombres: su generosidad, su valentía, su piedad!
El pequeño grupo junto a la Virgen y las mujeres que menciona el evangelio, se hace cargo de dar sepultura al cuerpo de Jesús. Lo lavaron con extremada piedad, lo perfumaron, lo envolvieron en un lienzo nuevo que compró José (Mc 15, 46), lo depositaron en un sepulcro nuevo excavado en la roca propiedad de José, y finalmente cubrieron su cabeza con un sudario (Jn 20, 5-6). ¡Cómo envidiamos a José de Arimatea y a Nicodemo!
No sabemos dónde estaban los apóstoles aquella tarde. Andarían perdidos, desorientados y confusos. Pero acuden a la Virgen. Ella protegió con su fe, su esperanza y su amor a esta naciente Iglesia, débil y asustada. Así nació la Iglesia: al abrigo de nuestra madre.
Si alguna vez nos encontramos perdidos por haber abandonado el sacrificio y la cruz como los apóstoles, debemos acudir enseguida a esa luz continuamente encendida en nuestra vida que es la Virgen Santísima. Ella nos devolverá la esperanza. Junto a ella nos disponemos a vivir la inmensa alegría de la resurrección.
Francisco Fernández
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Hoy, Sábado Santo, contemplamos la tumba de Jesús. No decimos nada, no celebramos nada y estamos inundados de silencio. Una parte de nosotros mira a la noche de la muerte. La otra intuye lentamente la alborada.
Nuestra vida entera es un sábado santo. Nos habitan los recuerdos de todas las muertes que anticipan la nuestra. Nos reclaman todas las primaveras que anuncian nuestra resurrección.
No es fácil vivir un día como hoy. Algunas comunidades prolongan el gran ayuno de ayer. De esta manera se preparan para el gozo de la Vigilia Pascual. En muchos lugares, el Sábado Santo se ha convertido en un día de reposo tras la intensidad litúrgica de los días pasados.
Donde quiera que nos encontremos, hay 3 preguntas que pueden ayudarnos a templar nuestro ánimo en este día, en esta celebración de ese extraño artículo del Credo que reza: "Fue sepultado". ¿Qué esperanzas he ido sepultando a lo largo de mi vida? ¿Qué preguntas me repito con más frecuencia en el último tiempo? ¿Qué anhelos anidan todavía en mi corazón?
Hoy es un no-día, una noche que dura 24 horas, una jornada no litúrgica. La Iglesia vela junto al cuerpo sepultado de Jesús. Es difícil entender esto porque hoy, precisamente hoy, es cuando muchos aprovechan la jornada para salir al campo, divertirse, descansar un poco después de la intensidad del jueves y del viernes. ¿En qué consiste, pues, ese velar junto al Cristo sepultado? ¿No estaremos viviendo un abismo insalvable entre la liturgia y la vida cotidiana?
Hoy Cristo está missing, como dicen a veces los jóvenes. Está desaparecido y "no sabemos dónde lo han puesto". Hoy, día no litúrgico, celebramos la liturgia del Cristo desaparecido del mapa. Hoy es el día de todos aquellos que hace tiempo que no saben/no contestan cuando se preguntan por su fe en Jesús.
"No sabemos donde lo han puesto", dicen hoy las culturas que han tenido a Cristo como centro y que hoy no saben dónde lo han escondido. Es el día de quienes a menudo nos lavamos las manos cuando tenemos que arriesgarnos por él. Es el día de los que ya no se preguntan por la fe sino que simplemente están asentados en la indiferencia.
¡Cuántas evocaciones en este Sábado Santo! ¡Cuántos deseos de que en esta noche, rotas las tinieblas, emerja esa luz matutina que es Cristo resucitado! Pero no precipitemos las cosas. Frente a los que vivirán el día de hoy en la total indiferencia, aprendamos a vivir en un silencio expectante.
Gonzalo Fernández
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Contemplemos hoy el corazón de la Santísima Virgen (dolorido en la pasión) en las lamentaciones del profeta Jeremías. El profeta está refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, pero en esta poesía, que es la lamentación, hay muchos textos que recogen el dolor de una madre, el dolor de María. Como dice el profeta, "un Dios que rompe las vallas y entra en la ciudad".
Podría ser interesante el tomar este texto desde el cap. 2 de Lamentaciones, e ir viendo cómo se va desarrollando este dolor en el corazón de la Santísima Virgen, porque puede surgir en nuestra alma una experiencia del dolor de María, por lo que Dios ha hecho en ella, por lo que Dios ha realizado en ella; pero puede darnos también una experiencia muy grande de cómo María enfrenta con fe este dolor tan grande que Dios produce en su corazón.
Un dolor que a ella le viene al ver a su hijo en todo lo que había padecido; un dolor que le viene al ver la ingratitud de los discípulos que habían abandonado a su hijo; el dolor que tuvo que tener María al considerar la inocencia de su hijo; y sobre todo, el dolor que tendría que provenirle a la Santísima Virgen de su amor tan tierno por su hijo, herido por las humillaciones de los hombres.
María, el Sábado Santo en la noche y domingo en la madrugada, es una mujer que acaba de perder a su hijo. Todas las fibras de su ser están sacudidas por lo que ha visto en los días culminantes de la pasión. Cómo impedirle a María el sufrimiento y el llanto, si había pasado por una dramática experiencia llena de dignidad y de decoro, pero con el corazón quebrantado.
María, no lo olvidemos, es madre, y en ella está presente la fuerza de la carne y de la sangre y el efecto noble y humano de una madre por su hijo. Este dolor, junto con el hecho de que María haya vivido todo lo que había vivido en la pasión de su hijo, muestra su compromiso de participación total en el sacrificio redentor de Cristo.
María ha querido participar hasta el final en los sufrimientos de Jesús, y por eso no rechazó la espada que había anunciado Simeón, y aceptó con Cristo el designio misterioso de su Padre. Ella es la primera partícipe de todo sacrificio. María queda como modelo perfecto de todos aquellos que aceptaron asociarse sin reserva a la oblación redentora.
¿Qué pasaría por la mente de nuestra Señora este sábado en la noche y domingo en la madrugada? Todos los recuerdos se agolpan en la mente de María: Nazaret, Belén, Egipto, Nazaret de nuevo, Canaán, Jerusalén... Quizás en su corazón revive la muerte de José, o la soledad tras la muerte de su esposo, o el día en que Cristo se marchó a la vida pública, o la soledad durante los tres últimos años. Una soledad que, ahora, Sábado Santo, se hace más negra y pesada.
Son todas las cosas que ella ha conservado en su corazón. Y si conservaba en el corazón a su Hijo en el templo diciéndole: "¿Acaso no debo estar en las cosas de mi Padre?". ¡Qué habría en su corazón al contemplar a su Hijo diciendo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu, todo está consumado"!
¿Cómo estaría el corazón de María cuando ve que los pocos discípulos que quedan lo bajan de la cruz, lo envuelven en lienzos aromáticos, lo dejan en el sepulcro? Sería un corazón bañado e iluminado por la única luz que hay, que es la del Viernes Santo. Un corazón en el que el dolor y la fe se funden. Veamos todo este dolor del alma, todo este mar de fondo que tenía que haber necesariamente en ella. Apenas hacía veinticuatro horas que había muerto su hijo. ¡Qué no sentiría la Santísima Virgen!
Junto con esta reflexión, penetremos en el gozo de María en la resurrección. Tratemos de ver a Cristo que entra en la habitación donde está la Santísima Virgen. El cariño que habría en los ojos de nuestro Señor, la alegría que habría en su alma, la ilusión de poderla decir a su madre: Estoy vivo.
El gozo de María podría ser el simple gozo de una madre que ve de nuevo a su hijo después de una tremenda angustia. No obstante, la relación entre Cristo y María es mucho más sólida, porque es la relación del Redentor con la primera redimida, que ve triunfador al que es el sentido de su existencia.
Cristo, que llega junto a María, llena su alma del gozo que nace de ver cumplida la esperanza. ¡Cómo estaría el corazón de María con la fe iluminada y con la presencia de Cristo en su alma! Si la encarnación, siendo un grandísimo milagro, hizo que María entonase el Magníficat. ¿Cuál sería el nuevo Magníficat de María al encontrarse con su hijo? ¿Cuál sería el canto que aparece por la alegría de ver que el Señor ha cumplido sus promesas, que sus enemigos no han podido con él?
¿Por qué no repetir con María, junto a Jesús resucitado, ese Magníficat con un nuevo sentido? Sobre todo, con el sentido no ya simplemente de una esperanza, sino de una promesa cumplida, de una realidad presente. Yo, que soy testigo de la escena, ¿qué debo experimentar?, ¿qué tiene que haber en mí?
Deben brotar en mí, por tanto, sentimientos de alegría. Alegrarme con María, con una madre que se alegra porque su hijo ha vuelto. ¡Qué corazón tan duro, tan insensible sería el que no se alegrase por esto!
Tratemos de imitar a María en su fe, en su esperanza y en su amor. Fe, esperanza y amor que la sostienen en medio de la prueba; fe, esperanza y amor que la hicieron llenarse de Dios. La Santísima Virgen María debe ser para el cristiano el modelo más acabado de la nueva criatura surgida del poder redentor de Cristo y el testimonio más elocuente de la novedad de vida aportada al mundo por la resurrección de Cristo.
Tratemos de vivir en nuestra vida la verdadera devoción hacia la Santísima Virgen, Madre amantísima de la Iglesia, que consiste especialmente en la imitación de sus virtudes, sobre todo de su fe, esperanza y caridad, de su obediencia, de su humildad y de su colaboración en el plan de Cristo.
Cipriano Sánchez
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Mientras sucedían estas cosas, Jesús permanece muerto en el sepulcro. Es el momento de mayor desolación de los apóstoles, que no terminarían de creer que su Maestro había muerto. Aunque no tenemos noticias de dónde se encontraban este día los discípulos del Señor (sólo sabemos que Juan permaneció junto a María al pie de la cruz hasta el final), nos los imaginamos completamente abatidos por la tristeza.
Tal vez los pensamientos de los discípulos irían del remordimiento por haber abandonado a Jesús en el Huerto de los Olivos, con lo que comenzó su pasión, al recuerdo nostálgico de tantos prodigios vividos de cerca con el él y de tantas palabras suyas retenidas (de vida eterna, como confesó Pedro), que habían llenado sus vidas de una esperanza inigualable.
Un dolor imposible de describir hizo presa en ellos, viéndose vacíos y culpables. Un dolor que se afianzaba con el paso de las horas, que les hacía más y más patente la muerte de Jesús, para ellos tan inesperada. Por otra parte, el miedo por el que huyeron dejándolo solo la noche de Getsemaní aún les afectaba.
Pedro había negado conocer al Señor por no correr la suerte de su Maestro. Los demás, si no de palabra, le habían negado también de verdad, con las obras. Como explica Juan, estaban escondidos por miedo a los judíos.
Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos se habían hecho fuertes después de conseguir la condena de Jesús. Hasta lograron que Pilato pusiera a su disposición soldados para guardar el sepulcro. Ser de los de Aquel hombre crucificado y muerto, era peligroso en ese momento. De ser reconocidos, sus vidas no estaban seguras: lo mejor era esconderse.
Sin embargo, no todos se acobardan. Nicodemo y José de Arimatea (discípulos ocultos de Cristo) interceden por el desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio... entonces dan la "cara audacter" (Mc 15, 43), la valentía heroica.
No nos interesa establecer comparaciones entre los que dieron la cara en aquellas horas difíciles por el Señor y los que entonces fueron cobardes, pero, recuperados por acción de la gracia, supieron dar toda su vida para que se extendiera en el mundo el reino de Cristo.
Nosotros deseamos serle fieles siempre y le pedimos fortaleza, lealtad, para los momentos de cobardía y de flojera, que vendrán. Nosotros no somos perfectos, y por eso le decimos: Perdón, Señor. Ayúdame más, que quiero serte siempre fiel.
Que no nos importe reconocernos débiles y por eso pecadores. Lo hemos sido en otro tiempo: bien claras tenemos nuestras traiciones pasadas; y lo seremos en el futuro, aunque sea de ordinario en asuntos menudos, a los que queremos dar importancia, sin embargo, porque son faltas de amor con el Señor.
Dolidos de nuestras debilidades, tal vez no tan antiguas, nos proponemos rectificar con un propósito bien determinado. Querríamos no sentir más la necesidad de pedir perdón, querríamos no ofender más al Señor, aunque deseamos ardientemente reconocerlo arrepentidos (como Pedro) inmediatamente después de cada ofensa.
El dolor de los pecados es dolor por haber ofendido a Dios, es verdadero dolor, pero no es un dolor triste, no puede serlo. Es un dolor optimista, esperanzado, porque Dios lo acoge si contempla que es sincero con el deseo de no apartarnos más de su lado.
"Tú no desprecias un corazón contrito y humillado", le decimos con el salmo de la liturgia. Por eso el momento del dolor es también el de la paz, el de la seguridad, el del optimismo; e inmediatamente el momento de la gratitud y de la alegría.
Quiere el Señor manifestar su bondad y su poder en sus hijos los hombres y lo hace muchas veces perdonándonos y sanando nuestras heridas, para que llenos de su fortaleza venzamos en la lucha contra nosotros mismos una y otra vez, aunque también de vez en cuando seamos vencidos. Bastará entonces con volver los ojos nuevamente a Dios, que comprende la flaqueza nuestra y quiere otra vez ayudarnos, porque no nos ha dejado de querer.
Y ¿qué decir de nuestra madre? De continuo, ella nos contempla como a hijos siempre pequeños, rebeldes y dignos de compasión, porque somos suyos. Así se lo decimos cada uno: "Mírame con compasión, no me dejes madre mía".
José Aldazábal