25 de Julio
Santiago Apóstol
San Basilio
Magno
Comentario del salmo 115, IV
Introducción
¿Cómo pagaré al Señor? No con sacrificios ni holocaustos, no con la observancia del culto legal, sino con la totalidad de mi vida. Por eso dice el salmista: "Alzaré la copa de la salvación", entendiendo por copa la fatiga en la lucha sostenida por el amor de Dios, y la constancia con que ha resistido al pecado hasta la muerte.
Esto sucederá como el mismo Salvador enseñó en el evangelio: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz", y también a sus discípulos: "¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?".
Con esto último se refería a la muerte que iba a sufrir por la salvación del mundo. Por eso dice "alzaré la copa de la salvación". Es decir, como un sediento, anhelo la consumación del martirio, porque los suplicios que me han infligido en esta lucha por la piedad no los considero como dolores, sino como un descanso del alma y del cuerpo.
En definitiva, Jesús viene a decir: Yo mismo me ofreceré como víctima y holocausto, pues considero que todas las demás cosas son inferiores a la grandeza y dignidad del donante. Y estoy dispuesto a mantener esta promesa delante de todo el pueblo: "Cumpliré al Señor mis votos, en presencia de todo el pueblo".
En otro momento, exhorta la Escritura a no temer la muerte, diciendo: "Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles", que es como si dijera: No os mostréis, oh hombres, renuentes en esta noble batalla; no tengáis miedo a morir. No se trata de ir al encuentro de la muerte, sino de una magnífica ocasión de conquistar la vida; no es una destrucción total, sino un paso a la gloria. Además, los avaros acostumbran a llamar preciosas a ciertas piedras, resplandecientes de hermosos colores. A los ojos del Señor, lo que es de gran precio es la muerte de sus fieles.
Cuando el alma, libre de las miserias de la carne, después de una vida pura, sin mancha ni arruga, haya obtenido la gloria como recompensa a las fatigas sufridas por el amor de Dios, y, ceñida con la corona de la justicia y, en consecuencia, resplandeciente con la belleza de todas las virtudes, se presente al Señor y juez universal revestida del esplendor de la gracia, más refulgente que cualquier gema preciosa, ¿cómo no ha de ser de gran precio en presencia del Señor la muerte de una tal persona?
Así pues, no estamos aquí para llorar la partida de los santos de esta vida, sino más bien su nacimiento y su ingreso en el mundo. La entrada del hombre en esta vida acontece, de hecho, en un contexto de circunstancias humillantes; mientras que la partida de esta vida es preciosa y noble. Bien es verdad que no para todos los hombres, sino tan sólo para quienes han llevado una vida justa y santa. Preciosa es, pues, la muerte, y no el nacimiento de los hombres.
Cuando se moría bajo la ley judaica, los cadáveres eran considerados como cosa abominable. Cuando, por el contrario, se muere por Cristo, las reliquias de los santos son preciosas. El que toque un cadáver quedará impuro hasta la tarde. En cambio, el que ahora toca los huesos de un mártir, de la virtud que reside en aquel cuerpo recibe una cierta participación en su sacralidad. Concluyamos, pues: "Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles".
Act:
25/07/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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