5 de Diciembre
San Sabas de Cesarea
Cirilo de
Escitópolis
Vida de Sabas, XXVIII
Oficio, II
Tenía nuestro padre Sabas un espíritu equilibrado, un modo de hacer dulce y simplicísimo y estaba lleno de una prudencia espiritual. Amaba con un amor no simulado, sino sincerísimo al santo abad Teodosio, quien le correspondía con la misma sincera caridad. Ambos eran ciertamente hijos de la luz, hijos del día, hombres de Dios, siervos fieles, columnas y bases de la verdad, hombres de los grandes deseos.
Ambos guiaban a todo el orden monástico al remo de los cielos. Teodosio era el jefe, el guía, el archimandrita de todo el santo ejército de los cenobitas; Sabas fue el iniciador, el jefe y el legislador de toda la vida anacorética (es decir, de todos los que habían optado por vivir en celdas solitarias). Todo reagrupamiento de estas celdas se denominaba «laura».
El arzobispo Salustio, por deseo expreso de todos los monjes, eligió como archimandritas a estos dos siervos de Dios porque eran eremitas y totalmente pobres, expertos en sumo grado en las cosas divinas, habían vivido dignísimamente la disciplina y el fervor de la vida monástica, y habían conducido a muchos al conocimiento de Dios.
De vez en cuando se visitaban el uno al otro, entreteniéndose en conversar con afecto totalmente espiritual y con la libertad de una mutua confianza. El padre Sabas decía al venerable Teodosio: "Señor mío, abad, tú eres el superior de un ejército de discípulos, mientras que yo soy el superior de muchos superiores. Cada uno de mis súbditos tiene plena potestad sobre sí mismo, es el superior de la propia celda".
Sabas fundó un cenobio, y puso sumo cuidado de acoger en él a hombres maduros por la edad y eminentes por el fervor de la vida monástica.
Cuando recibía seglares deseosos de renunciar al mundo, no les permitía habitar en aquel cenobio ni siquiera en las celdas de la laura, sino que construyó un pequeño monasterio al norte de la misma laura, donde colocó a hombres austeros y prudentes. Los postulantes debían habitar en aquel lugar, aprender el salterio y las reglas de la salmodia, y recibir de los ancianos una completa formación en la disciplina monástica.
Sabas repetía siempre que el monje ermitaño debía ser un hombre de gran discernimiento, diligente, animoso, sobrio, vigilante, equilibrado, apto para enseñar y no carente de doctrina, capaz de controlar todos los miembros del cuerpo y de custodiar con seguridad su alma.
Un hombre de este talante es considerado por la Escritura como uno de aquellos que son capaces de habitar en un mismo lugar, con un mismo espíritu y un mismo corazón: "El Señor dio una misma casa a los que poseen un mismo espíritu".
Act:
05/12/26
@tiempo
de adviento
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A L
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M U R C I A
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