6 de Agosto
Transfiguración del Señor
Pedro de
Blois
Sobre la
Transfiguración, CCVII
Introducción
Aquel que, aun manteniendo intacta la gloria de su divinidad, llevaba realmente la debilidad de nuestra naturaleza humana, pudo mostrar en su carne mortal la gloria de la verdadera inmortalidad. Y el que después de su resurrección pudo mostrar las cicatrices de las llagas en su cuerpo glorificado, con el mismo poder ha querido mostrar en su carne, todavía sujeta al dolor, la gloria de la resurrección.
Así pues, en la misma glorificación, conservaba siempre la capacidad de padecer el que, en medio de la debilidad de nuestra naturaleza mortal, era absolutamente inmortal. Pero no debemos pasar por alto el hecho de que, en esta transfiguración, la futura glorificación del cuerpo no se manifestó en su plenitud, sino de manera limitada. En efecto, la glorificación del cuerpo consta de cuatro cualidades: claridad, agilidad, sutileza e inmortalidad.
Aquí el Señor sólo apareció glorificado en cuanto a la claridad, y demostró la futura sutileza de los cuerpos cuando se apareció a sus discípulos entrando con las puertas cerradas; y la agilidad, cuando anduvo sobre las aguas a pie enjuto.
Su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De esta forma mostró en sí mismo aquel esplendor que un día comunicará a los justos. Dice efectivamente la Escritura: "Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre". Lo que ciertamente sucederá cuando Cristo transforme nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa.
El evangelista compara el Sol de Justicia con el sol natural, pues entre los elementos de la creación no existe criatura alguna que tan significativamente exprese a Cristo, quien, de tal modo supera el fulgor del sol y de la luna, con el esplendor de su gloria, cuanto el Creador debe superar a la criatura. Y si el trono de Cristo es parangonado con el sol, según lo que dice el Padre por el profeta: "Su trono, como el sol en mi presencia". ¿Cuánto más brillante que el sol no será el rostro del que está sentado en el trono?
Él es el sol del que dice el profeta: "Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua". Su esplendor es superior a cualquier esplendor y belleza. Es lo que leemos en el profeta Isaías, inspirado por el Espíritu Santo: "La cándida se sonrojará, el ardiente se avergonzará, cuando reine el Señor de los ejércitos en el monte Sión, glorioso delante de su senado".
Las vestiduras de Cristo son sus fieles, que se revisten de Cristo y son revestidos por Cristo, como afirma el apóstol: "Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo". Y así, lavados por Cristo mediante el baño del segundo nacimiento, superarán en blancura al resplandor de la nieve, como dice también el profeta: "Lávame, y quedaré más blanco que la nieve".
* * *
Pedro de
Blois
Sobre la
Transfiguración, PL, CCVII, 788-790
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y el apóstol recuerda que desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios son visibles para la mente que penetra en sus obras. De aquí que, si consideramos diligentemente lo que se hizo visible en la transfiguración, veremos claramente que en ella hizo acto de presencia toda la Santísima Trinidad.
En efecto, siendo Cristo Dios de Dios y Luz de Luz, lógicamente se apareció envuelto en luz, según lo que está escrito: Y tu luz nos hace ver la luz. En cambio, el Espíritu Santo apareció en la nube, él que en otro tiempo sacó de Egipto a los hijos de Israel guiándolos con una columna de fuego y bautizándolos en la nube y en el mar. Por eso, el Hijo resplandece en la luz, mientras que el Espíritu Santo cubre con su sombra en la nube.
Para que no te quepa la menor duda de que toda la Trinidad está aquí presente, he aquí que se deja oír la voz del Padre. Vino, en efecto, una voz desde la nube: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto (yo que rechacé a Adán). Escuchadlo".
Esta es la palabra que un día empleó Moisés, cuando dijo: "Dios suscitará un profeta de entre vuestros hermanos: lo escucharéis como si fuese yo en persona. Quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, será exterminado de en medio de mi pueblo".
La profecía de Moisés acerca del Hijo viene confirmada por el Padre, de modo que la Escritura concuerde consigo misma, y todos caigan en la cuenta de que allí se hablaba de Cristo y no de un segundo Moisés. De hecho, Cristo explica lo que de él había dicho Moisés, cuando dice: "Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él".
Fijémonos bien, porque dice "mi Hijo" no por adopción, sino por naturaleza; y no nacido en el tiempo, sino coeterno; y no de otra sustancia, sino consustancial; y amado desde toda la eternidad, y predilecto de un modo singular. De él dijo por el profeta: "Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero". Con razón es llamado amado, pues de él dice la esposa en el Cantar de los Cantares: "Yo soy de mi amado y mi amado es mío".
Nada tiene de extraño que se le llame predilecto del Padre, puesto que es el Unigénito del Padre. El Padre ama al Hijo, el eterno al coeterno, el excelso ama a su igual, el amante al que le corresponde con amor. Y como el Hijo es amado por el Padre, así Cristo ama al Padre.
Es lo que indica el evangelio cuando dice que el Padre glorifica al Hijo y es glorificado por el Hijo. El evangelio recuerda la mutua glorificación del Padre y del Hijo, para alejar la idea de que el Hijo es inferior al Padre, y para descartar la sugestión de que el Hijo no es dueño de la propia gloria, como si fuese inglorioso.
Pide el Hijo ser glorificado con aquella gloria que él tenía antes de que el mundo existiese. Lo cual significa que la gloria del Hijo no es posterior a la gloria del Padre, pues lo mismo que es igual al Padre por la naturaleza divina, así también le es coeterno en la claridad de la gloria.
* * *
Anastasio del
Sinaí
Homilía de
la Transfiguración, 6-10
El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos.
Era como si les dijese: El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria de su Padre.
El evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: "Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él".
Estas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí (así me atrevo a decirlo) como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen y, como él, transfigurados continuamente, y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos, como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra. Despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: "Señor, ¡qué bien se está aquí!".
Ciertamente, Pedro, en verdad que se está muy bien aquí con Jesús, y aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz?
Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a Cristo Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: "Hoy ha sido la salvación de esta casa", donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.
Act:
06/08/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()