8 de Septiembre

Natividad de María

Ruperto de Deutz
Sobre la Trinidad, XXXIII, 4-5

Introducción

         Ábranos ahora él mismo el libro de su genealogía, para que nos sea dado ver cuál es y por qué razón se escribió dicha genealogía, y a qué se debe el enunciado de "libro de la genealogía". En efecto, en el Génesis leemos: "Este es el libro de la genealogía de Adán", y "cuando el Señor creó al hombre, lo hizo a su propia imagen, varón y hembra los creó", los bendijo y los llamó hombre al crearlos.

         Éste es el libro de la genealogía de Adán, libro terreno, libro de una genealogía terrena, de una genealogía escrita en la tierra, según aquello: "Los que se apartan de ti serán inscritos en el polvo". Y efectivamente, el hombre se había apartado de Dios, y, al apartarse, mereció ser inscrito en el polvo, pues Dios le había dicho: "Hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás".

         En cambio, el hombre Cristo Jesús, rey noble, rey grande, hombre celestial, hombre nuevo, si nació y se nos ha dado como rey ha sido para escribir el nombre de sus súbditos en el libro de la vida, para inscribir el nombre de sus ciudadanos en el registro del cielo.

         Por consiguiente, éste es el libro de la genealogía selecta, de la genealogía cristiana escrita en el cielo, libro ampliamente distinto de la genealogía de Adán, pues en éste aparece indiscriminada la genealogía de los hijos de los hombres y la de los hijos de Dios.

         En cambio, este libro sólo da cabida a la genealogía de los hijos de Dios, hermanos y coherederos de Jesucristo. De no ser así, ¿cuál sería la razón de prolongar la serie genealógica hasta José, que no engendró a Jesucristo?

         Por eso el santo evangelista, cual convenía a la dignidad evangélica, se preocupó menos de la genealogía de Jesucristo según la carne, que afectaba a unos pocos y que por sí sola no les bastaba para la salvación, centrando su atención en la genealogía de la gracia, que afectaba o era susceptible de afectar a una muchedumbre y que por sí sola les bastaba para la salvación.

         Apoyando esto con su autoridad, aquel de cuyo árbol genealógico se trata, al decirle una mujer levantando la voz de entre el gentío "dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron", replicó, rectificando esta alabanza imperfecta en sus motivaciones: "Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen".

         Esto es lo que hizo, oh Cristo, aquel dichoso vientre que te llevó, pues dio crédito a la palabra de Dios, creyó al ángel que le anunciaba la omnipotencia de Dios, y dio una temprana prueba de su fe diciendo: "Hágase en mí según tu palabra".

         Esto es lo que hizo Abraham, quien, teniendo una esposa que era estéril, dio fe a Dios que le decía: "Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia". Apoyado en esta fe y seguro del premio prometido, Abraham emprendió aquella su inacabable peregrinación. Por eso también él es dichoso con el testimonio de la alabanza evangélica, que ha quedado esculpida aquí al comienzo del "libro de Jesucristo, hijo de Abraham".

         Por lo que a David se refiere, había sido rey, y se le había hecho una promesa real, diciendo: "A uno de tu linaje pondré sobre tu trono". Más aún, con sus gestas había prefigurado los misterios del reino de Cristo, su Hijo, y los cantó de palabra. Toda la Iglesia canta sus palabras, y, cantándolas, celebra el reino de Cristo. Así, por ejemplo, en aquel rey que fue David, habla este rey, que es Cristo: "Yo mismo he sido establecido rey por él en Sión, su monte santo, para proclamar el decreto del Señor".

         Con razón, pues, aquí, en el árbol genealógico, el evangelista ha dado la precedencia al rey, padre del Rey, sobre el otro padre que la Escritura presenta como padre únicamente de la descendencia (es decir, del hombre), diciendo: "Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham".

 Act: 08/09/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A