14 de Diciembre

Domingo III de Adviento

San Ambrosio de Milán
Sobre el evangelio de Lucas, V, 93-102

Introducción

         Juan envió a dos de sus discípulos a preguntar a Jesús: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?". No es sencilla la comprensión de estas sencillas palabras, o de lo contrario este texto estaría en contradicción con lo dicho anteriormente.

         ¿Cómo, en efecto, puede Juan afirmar aquí que desconoce a quien anteriormente había reconocido por revelación de Dios Padre? ¿Cómo es que entonces conoció al que previamente desconocía mientras que ahora parece desconocer al que ya antes conocía?

         "Yo no lo conocía", dice también Juan, mas el que le envió a bautizar con agua le dijo: "Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu Santo". Juan dio fe al oráculo, reconoció al revelado, adoró al bautizado y profetizó al enviado diciendo: "Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el elegido de Dios".

         ¿Cómo aceptar, por tanto, la posibilidad de que un profeta tan grande haya podido equivocarse, hasta el punto de no considerar aún como Hijo de Dios a aquel de quien había afirmado: "Éste es el que quita el pecado del mundo"?

         Así pues, ya que la interpretación literal es contradictoria, busquemos el sentido espiritual. Juan (lo hemos dicho ya) era tipo de la ley, precursora de Cristo. Y es correcto afirmar que la ley (aherrojada materialmente en los corazones de los sin fe, y constreñida por entrañas fecundas en sufrimientos e insensatez) era incapaz de llevar a pleno cumplimiento el testimonio de la divina economía sin la garantía del evangelio. Por eso, Juan envía a Cristo dos de sus discípulos, para conseguir un suplemento de sabiduría, dado que Cristo es la plenitud de la ley.

         Además, sabiendo el Señor que nadie puede tener una fe plena sin el evangelio (ya que la fe comienza en el Antiguo Testamento, pero no se consuma sino en el Nuevo Testamento), a la pregunta sobre su propia identidad, responde no con palabras, sino con hechos. Id, dice, y "anunciad a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia".

         Sin embargo, estos ejemplos aducidos por el Señor no son aún los definitivos, pues la plenificación de la fe es la cruz del Señor, su muerte, su sepultura. Por eso, completa sus anteriores afirmaciones añadiendo: "Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí".

         Es verdad que la cruz se presta a ser motivo de escándalo incluso para los elegidos, pero no existe mayor testimonio de una persona divina, ni hay nada más sobrehumano que la íntegra oblación de uno solo por la salvación del mundo. Así que este solo hecho (la crucifixión) lo acredita plenamente como Señor.

         Por lo demás, así es cómo Juan lo designa: "Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". En realidad, esta respuesta no va únicamente dirigida a aquellos dos discípulos de Juan, sino a todos nosotros, para que creamos en Cristo en base a los hechos.

         Años después, Jesús dirá a esos mismos discípulos del Bautista: "¿A qué salisteis al desierto? ¿A ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta". Pero, ¿cómo es que querían ver a Juan en el desierto, si estaba encerrado en la cárcel?

         El Señor propone a nuestra imitación a aquel que le había preparado el camino, no sólo precediéndolo en el nacimiento según la carne, y anunciándolo con la fe, sino también anticipándosele con su gloriosa pasión. Juan era, por tanto, algo más que profeta, y cierra la serie de los profetas.

 Act: 00/00/25     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A