14 de Diciembre
Domingo III de Adviento
San Agustín
Comentario del Salmo 118, XX
Oficio, II
"Me consumo ansiando tu salvación, esperando en tu palabra". Bueno es este consumirse, pues indica deseo del bien que aún no se ha conseguido, y lo anhela avidísima y vehementísimamente. ¿Quién dice esto? Lo dice "el linaje elegido, el sacerdocio real, un pueblo de santos". Lo dice desde el origen del género humano hasta el fin de los siglos, en aquellos que en su respectivo tiempo vivieron, viven y vivirán deseando el cielo.
Testigo de esto fue el anciano Simeón, que tras tomar en sus manos al niño Jesús dijo: "Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto tu salvación". En efecto, Dios le había vaticinado que "no moriría antes de ver al Cristo Señor".
El mismo deseo que tuvo este anciano fue el que tuvieron todos los santos de los tiempos pasados. De hecho, el mismo Señor dijo a sus discípulos: "Muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron", de suerte que también de ellos es esta voz: "Me consumo ansiando tu salvación".
Con ello no cesó el deseo de los santos, ni cesa ahora ni cesará hasta el fin de los siglos. No cesará en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, "hasta que venga el Deseado de todas las gentes", como se prometió por el profeta Ageo. Por eso dice el apóstol: "Sólo me resta la corona de justicia, la cual me dará el Señor, justo juez, en aquel día. Y no solamente a mí, sino también a todos los que aman su manifestación".
Este deseo procede del amor de su manifestación, de la cual dice Pablo: "Cuando aparezca Cristo, nuestra vida, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en la gloria".
En los primeros tiempos de la Iglesia, antes del parto de la Virgen, ya hubo santos que desearon la venida de su encarnación. En los tiempos actuales, contados a partir desde que subió al cielo, hay santos que anhelan su manifestación o aparición, en la que ha de juzgar a los vivos y a los muertos.
Este deseo de la Iglesia no ha cesado ni por un momento desde el principio de los siglos, ni cesará hasta el fin de ellos, ni fuera del tiempo en que el Verbo, hecho hombre, permaneció en este mundo tratando con sus discípulos. Por eso, en las palabras del salmo, se oye la voz de todo el cuerpo de Cristo que gime en este mundo: "Me consumo ansiando tu salvación, espero en tu palabra". Esta palabra es la promesa, y la esperanza que hace aguardar con paciencia lo que los creyentes no ven todavía.
Act:
14/12/25
@tiempo
de adviento
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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