8 de Marzo
Domingo III de Cuaresma
San Bernardo de Claraval
Sobre la Humildad y Soberbia, III, 6
Oficio, II
Puesto que en el conocimiento de la verdad se dan tres grados, voy a intentar distinguirlos, para que así aparezca más claro a cuál de los tres corresponde el grado XII de humildad.
Como es sabido, buscamos la verdad en nosotros, en nuestros prójimos, en sí misma. En nosotros, juzgándonos a nosotros mismos; en nuestros prójimos, compadeciéndonos de sus males; en sí misma, contemplándola con puro corazón. Ten presente tanto el número como el orden. Que la verdad te enseñe lo que debes buscar en el prójimo antes que en sí misma, aunque no lo comprendas sino más tarde.
En la enumeración de las bienaventuranzas que el Señor detalló, en el Discurso de la Montaña, colocó a los misericordiosos antes que a los limpios de corazón.
Los misericordiosos captan en seguida la verdad en sus prójimos, y los cubren con su personal afecto, y se acoplan a ellos con caridad, hasta el punto de sentir como propios sus bienes y sus males. Sí, ellos enferman con los enfermos, y se abrasan con los que sufren escándalo.
Los misericordiosos se han acostumbrado a "estar alegres con los que ríen y a llorar con los que lloran". Purificada por la caridad fraterna la mirada del corazón, se deleitan contemplando la verdad en sí misma, por cuyo amor toleran los males ajenos.
Los que no se identifican de este modo con los hermanos, sino que insultan a los que lloran o envidian a los que están alegres (ya que al no experimentar en sí mismos lo que los otros sienten, no pueden tampoco compartir sus sentimientos), ¿cómo podrían detectar la verdad en el prójimo? Con razón puede aplicárseles el dicho popular: "Ignora el sano lo que siente el enfermo, o el harto lo que sufre el hambriento".
Tanto más familiarmente se compadece el enfermo del enfermo, y el hambriento del hambriento, cuanto más cercanos estén en el sufrimiento. Al igual que la verdad pura sólo el corazón puro es capaz de contemplarla, así también la miseria del hermano es sentida con mayor realismo por un corazón sensible a la miseria.
Para tener un corazón sensible a la miseria ajena es necesario reconocer la miseria propia. Mirándote a ti, descubrirás los sentimientos del prójimo y aprenderás en ti mismo cómo prestarle ayuda.
Nuestro Salvador quiso padecer para aprender a compadecer, quiso vivir la miseria para saber ser misericordioso. No es que antes no supiera ser misericordioso Aquel cuya misericordia no tiene ni principio ni fin, sino que aprendió por experiencia temporal lo que ya sabía por naturaleza desde la eternidad.
Act:
08/03/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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