12 de Marzo
Jueves III de Cuaresma
Tertuliano
Sobre la Oración, XXVIII-XXIX
Oficio, II
La oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. "¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios?", dice el Señor, que continúa diciendo: "Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de cebones", y: "La sangre de toros, corderos y machos cabríos no me agrada".
Lo que Dios desea, nos lo dice Jesús, es esto: que "los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad". Sí, Dios es espíritu, y desea un culto espiritual.
Nosotros somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes. Sobre todo cuando oramos en espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como una víctima espiritual, propia de Dios y apta a sus ojos.
Esta víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la verdad, intacta y sin defecto, íntegra y pura, coronada por el amor, hemos de presentarla ante el altar de Dios. Hemos de presentarla entre salmos e himnos, acompañada del cortejo de nuestras buenas obras, seguros de que ella nos alcanzará de Dios todos los bienes.
¿Podrá Dios negar algo a la oración hecha "en espíritu y verdad", cuando es él mismo quien la exige? ¡Cuántos testimonios de su eficacia no hemos leído, oído y creído!
Ya en el Antiguo Testamento la oración liberaba del fuego, de las fieras y del hambre, y eso que por entonces aún no había recibido toda la eficacia de Cristo. ¡Cuánto más eficazmente actuará, pues, la oración cristiana!
No coloca la oración un ángel para apagar con agua el fuego, ni cierra las bocas de los leones, ni lleva al hambriento la comida de los campesinos, ni aleja ningún sufrimiento. No obstante, sí enseña la paciencia y aumenta la fe de los que sufren, para que comprendan lo que Dios prepara a los que padecen por su nombre.
En el pasado, la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira divina, implora a favor de los enemigos y suplica por los perseguidores. ¿Qué tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios, pues Cristo la quiso incapaz del mal y todopoderosa para el bien.
La oración sacó a las almas de los muertos del seno de la muerte, fortaleció a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie.
Los ángeles oran también, así como oran todas las criaturas, los ganados y las fieras, cuando se arrodillan al salir de sus cuevas y miran al cielo (pues no hacen vibrar en vano el aire con sus voces). Incluso las aves, cuando levantan el vuelo, y se elevan al cielo, extienden sus alas, como si fueran manos, y hacen algo que también se parece a la oración.
¿Qué más decir en honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor, a quien corresponde el honor y la fortaleza por los siglos de los siglos.
Act:
12/03/26
@tiempo
de cuaresma
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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