27 de Enero

Martes III Ordinario

San Clemente de Roma
Carta a los Corintios, XXIV,1-5; XXVII,1; XXIX,1

Oficio, II

         Consideremos, amadísimos hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la esperanza de una futura resurrección, de la que nos ha dado ya las primicias al resucitar de entre los muertos a nuestro Señor Jesucristo.

         Estemos atentos, por tanto, al mismo proceso natural de la resurrección, que es el que contemplamos todos los días. La noche duerme, el día se levanta, el día termina y la noche le sigue. Así, el día y la noche ponen ya ante nuestros ojos como una imagen de la resurrección.

         Pensemos también en nuestras cosechas. ¿Qué es la semilla, y cómo la obtenemos? El sembrador arroja en tierra unos granos de simiente, y lo que cae en tierra se descompone. Más adelante, de su misma descomposición, ese grano resucita, y de un solo grano salen muchos, y cada uno de ellos lleva su propio fruto.

         Tengamos, pues, esta misma esperanza, y unamos con ella nuestras almas a Aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. Quien nos prohibió mentir, ciertamente no mentirá. Nada es imposible para Dios, fuera de la mentira. Reavivemos, pues, nuestra fe en él, y creamos que todo está realmente en sus manos.

         Con una palabra suya Dios creó el universo, y con una palabra lo podría también aniquilar. ¿Quién puede decirle "qué has hecho", o "resistir la fuerza de su brazo"? Él lo hace todo cuando quiere y como quiere, y nada dejará de cumplirse de cuanto él ha decretado.

         Todo está presente ante Dios, y nada se opone a su querer, pues "el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos, el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra". Así, "sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón".

         Siendo así que todo está presente ante él, y que él todo lo contempla, temamos ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio.

         ¿Quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a un desertor de Dios? Dice en cierto lugar la Escritura: "¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro". ¿En qué lugar, pues, podría alguien refugiarse para escapar de Aquel que lo envuelve todo?

         Acerquémonos al Señor, por tanto, con un alma santificada, levantando hacia él nuestras manos puras e incontaminadas. Amenos con todas nuestras fuerzas al que es nuestro Padre amante y misericordioso, que ha hecho de nosotros su pueblo de elección.

 Act: 27/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A