22 de Abril
Miércoles III de Pascua
Nicolás Cabasilas
Vida en Cristo, II, 150
Oficio, II
Tienen acceso a la unión con Cristo los que pasan por todo lo que él pasó, los que hacen y padecen todo lo que él hizo y padeció. En su eternidad, él había marcado con su divinidad lo que más tarde asumirá (es decir, la naturaleza humana). Más adelante, Cristo aceptó una carne y una sangre limpias de todo pecado. Finalmente, gracias a esa carne sufrió la muerte para poder resucitar la vida.
Por tanto, quien desee estar unido a Cristo, lo que debe hacer es esto: participar de su carne, comulgar con su divinidad y acompañarle en la sepultura y en la resurrección.
Esta es la razón por la que nos sumergimos en el agua del bautismo, para morir con su muerte y resucitar a una vida nueva. Esta es la razón por la que somos ungidos, para comulgar con la regia unción de su deidad. Comiendo el sagrado pan y bebiendo la divinizante bebida, participamos de la carne y de la sangre que él asumió. De esta suerte, existimos en quien por nosotros se encarnó, murió y resucitó.
¿Cómo sucede esto? ¿Seguimos tal vez el mismo orden que él? Todo lo contrario, ya que nosotros comenzamos donde él terminó y terminamos donde él comenzó. En efecto, él descendió para que ascendiéramos nosotros. Por ello, ambos recorremos el mismo camino, nosotros subiendo y él bajando.
El bautismo es un alumbramiento o nacimiento. La unción o crisma se nos confiere con miras a la acción y al progreso. El pan de vida y el cáliz de la eucaristía son alimento y bebida verdaderos. Ahora bien, nadie puede moverse o alimentarse sin antes haber nacido. Por eso, el bautismo reintegra al hombre en su amistad con Dios, el crisma lo hace digno de los dones en él contenidos, la sagrada mesa tiene el poder de comunicar la carne y la sangre de Cristo.
Si a todo esto no precede la reconciliación, es imposible que todo esto surta efecto verdadero, o merecer los premios que son propios de los amigos. Así como es imposible que los malvados y esclavos del pecado coman de la carne y beban de la sangre reservadas a las almas puras, así nosotros somos primero lavados y luego ungidos. De esta manera, purificados y perfumados, es como nos acercamos a la sagrada mesa.
Act:
2/04/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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